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La crisis y el periodismo de ayer

Por Abraham Santibáñez sábado 9 de noviembre del 2019
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Al comienzo parecía un estallido sin precedentes pero fugaz. Después de tres semanas la crisis creció hasta amenazar la esencia de la convivencia social. Nuestra democracia, cuya recuperación nos llenó de esperanzas, está en riesgo. Es como si nunca hubiera existido la épica derrota de la dictadura sin más arma que un lápiz.

Hace treinta años la mayoría de los chilenos pensaba que era más importante la razón que la fuerza. Creíamos que la felicidad, como la alegría, había llegado o estaba en camino. No nos dimos cuenta de que el derecho a voto, que terminaría siendo relativizado, no era suficiente. 

Antes, en medio de la Guerra Fría se nos vendió la idea de que el peligro venía del otro lado de la Cortina de Hierro. Fue el pretexto para la dictación de una ley, bautizada irónicamente como de Defensa de la Democracia. Más tarde, tras el golpe de 1973 se agazapaba la campaña del terror de las elecciones de 1970, tanques soviéticos incluidos. Ahora sabemos, sin embargo, que el mayor peligro para la paz social no provenía de Moscú ni de Beijing (entonces Pekín) sino de la insensibilidad criolla. Peor aún, el crecimiento de la economía aumentó de manera exponencial el abismo entre pobres (muchos) y ricos (pocos). No es que antes no existiera la desigualdad, pero en las últimas tres décadas no sólo aumentó, también puso en evidencia nuestro lado más oscuro.

El rechazo al egoísmo, incubado en la idealización del “winner”, está en la raíz de la violencia. Porfiadamente se repudió el amor al prójimo, se desprestigió la solidaridad, reemplazados por la prédica de que tenemos que rascarnos con nuestras propias uñas. El ejemplo más claro es el sistema de pensiones en que nos concedió graciosamente la posibilidad de subirnos a un Mercedes Benz siempre que pagáramos la cuenta del combustible manejada por emprendedores privados.

No es cierto -como se insiste- que no hubo voces de advertencia. Fueron brutalmente descalificadas.

Como parte de una generación de periodistas que creíamos en la importancia de la libertad de expresión, quiero recordar a los periodistas de la Revista Hoy: mujeres (como María Paz del Río, Patricia Verdugo, María Olivia Monckeberg, Marcela Otero, Ana María Foxley, Odette Magnet, Carmen Ortúzar) y hombres (Emilio Filippi, Hernán Millas, Guillermo Blanco, Alfonso Calderón, Ignacio González Camus, Ascanio Cavallo, Antonio Martínez, Mauricio Carvallo, Hernán Vidal y Alejandro Montenegro). A ellos hay que sumar los profesionales de las otras revistas como Análisis, Cauce, Apsi, Mensaje, el Boletín de la Vicaría de la Solidaridad y las radios Cooperativa, Chilena y Balmaceda.

¿Su mérito?

Haber denunciado incansablemente la violación sistemática de los derechos humanos y la falta de humanidad del modelo económico y político de la dictadura.

Es sintomático que, después de la recuperación democrática, los dirigentes políticos que se mantuvieron vigentes gracias a estas publicaciones, no tuvieron remilgos en dejar que se cerraran.

Hay muchas lecciones en estos días de tormenta. Pero sería muy injusto olvidar a quienes, como decía Filippi, creíamos que nuestra misión era ser “una luz de esperanza”.

Es posible que su supervivencia hubiera evitado la crisis de estos días.