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La culpa del “modelo”

Por Abraham Santibáñez sábado 20 de agosto del 2016

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Chile sufre una avalancha de pesimismo.
El ex ministro Jorge Burgos fue categórico: “El país se ha descarrilado; hay que ponerlo otra vez en la vía”, indicó en una comentada entrevista en El Mercurio.
El ex Presidente Ricardo Lagos fue igualmente taxativo: “Creo que es la peor que ha tenido Chile desde que tengo memoria”, sostuvo en La Tercera.
Ambos pronunciamientos, sin el tono épico de Mario Vargas Llosa, recordaron su retórica pregunta: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. La frase, al comienzo de “Conversación en la catedral”, se ha convertido en un lugar común en América Latina. La explicación es simple: en cada país de nuestro continente se produce, de tiempo en tiempo, una crisis que obliga a preguntarse cuándo comenzó y si terminará alguna vez.
En las últimas semanas, en Chile se ha librado una ruda batalla verbal encabezada por el dúo Lagos-Burgos. Ellos y otros agoreros se han lanzado a competir en un juego de metáforas sombrías, incluyendo la interrogante de si se acabó o no la Nueva Mayoría.
El efecto acumulado deja en mal pie a buena parte del mundo político. Personalmente creo que es un error.
No fueron los hombres públicos quienes jodieron a Chile. Es la suma de todos los miedos pacientemente cultivados con tenaz entusiasmo en el último medio siglo. Chile se convirtió entonces en el escenario de una de las más grandes batallas de la Guerra Fría. Primero fueron simples panfletos (los tanques soviéticos frente a La Moneda y una serie de comics contra la revolución cubana), luego las diatribas radiales y escrita y, finalmente, el fuego y la sangre del golpe militar. La primera -reveladora- justificación del golpe se emitió a media mañana del 11 de septiembre de 1973 en que se denuncia:
1.º- La gravísima crisis económica, social y moral que está destruyendo el país;
2.º- La incapacidad del gobierno para adoptar las medidas que permitan detener el proceso y desarrollo del caos;
3.º- El constante incremento de los grupos armados paramilitares, organizados y entrenados por los partidos políticos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil.
A partir de entonces se impuso por la fuerza un modelo económico que para algunos ha sido exitoso pero que quedó marcado para siempre por el individualismo desenfrenado. El sistema de pensiones de las AFP, por ejemplo, se basó en una engañosa promesa que con el tiempo se ha traducido en que una mayoría recibe pensiones miserables mientras algunos privilegiados son premiados con cinco o más millones de pesos al mes.
No es el único caso. Los ejemplos se repiten a lo largo y lo ancho de nuestra sociedad.
Esta política del “sálvese quien pueda”, el “modelo” en que cada uno debe rascarse con sus propias uñas, es lo que fue matando la solidaridad entre los chilenos. No los dirigentes políticos democráticos.