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La cultura del abuso y las paradojas sociales

Por Marcos Buvinic domingo 17 de junio del 2018

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En estos días continúa la misión de los enviados del Papa en Osorno, buscando manifestar la cercanía de Francisco a esa comunidad herida y dividida, cercanía que se expresa en su petición de perdón, en la acogida de las víctimas de diversos tipos de abusos, en la salida del obispo Barros, en el intento por iniciar un proceso de reconciliación que restaure la unidad eclesial tan hondamente herida, y restablezca la justicia superando -lo que el Papa ha llamado- “una cultura el abuso y del encubrimiento que es incompatible con la lógica del Evangelio”. En este proceso es, también, muy valorable que la justicia civil esté asumiendo un rol más activo en la investigación de los actos abusivos, pues los pecados pueden ser perdonados, pero los delitos deben ser sancionados. 

Mientras ocurre ese proceso doloroso, necesario y esperanzador para la Iglesia en nuestro país, la vida de nuestra sociedad nos sigue poniendo ante los ojos diversas paradojas que exigen profundos cambios de mentalidad y de formas de organización social.

Veamos, por ejemplo, el caso del “Día del Padre” que se celebra hoy. Es casi un lugar común señalar que vivimos una “sociedad del padre ausente”, para refrescar la memoria recordemos que en Chile más de un tercio de las familias tienen a una mujer sola como jefa de hogar, y eso significa que hay más de un millón de hogares a cargo de una mujer sola. Además, habría que agregar las familias donde el papá está físicamente presente, pero emocionalmente distante. ¡Es una cifra impresionante de hogares en que la figura del papá está ausente o distante, según sea el caso y las circunstancias que generaron esa situación familiar! 

Una de las lamentables consecuencias de los padres ausentes o que renuncian a vivir -de verdad- su paternidad es que, en la carencia de la figura paterna, los hijos dejan de ser niños antes de tiempo y, -lo que es más complicado- dejan de ser niños sin la madurez necesaria para ser adultos; así, en lugar de ser varones que se proyectan a vivir el gozo de la misión de ser papás, terminan proyectándose hacia el macho que domina y no se compromete.

Entonces, con el machismo, se pone de manifiesto la paradoja de que en medio de una creciente toma de conciencia acerca de la dignidad de la mujer, en esta semana hubo en el país cinco mujeres que fueron asesinadas por sus parejas. El machismo ocurre en todos los ambientes y allí las mujeres no son respetadas en su dignidad de personas, son discriminadas, acosadas, o violentadas, llegando hasta el horror de los femicidios.

La penosa inhumanidad de la cultura del machismo se potencia con el hecho de que esta cultura no logra asumir su carácter abusivo, violento y discriminador, produciéndose el quiebre con los cambios que implica el nuevo rol y protagonismo de la mujer en la sociedad. El machismo no es -simplemente- una “mala costumbre”, sino que es una actitud que pisotea los derechos humanos de las mujeres, introduciendo el abuso, el acoso y la violencia como una clave de la relación entre hombres y mujeres; esta forma de relación es una de las vergüenzas de nuestra sociedad.

Quisiera, desde la valoración que la fe cristiana hace sobre él, señalar otra dimensión de la perversión machista, pues hombres y mujeres hemos sido creados en una relación de complementariedad; con una capacidad de encuentro y diálogo, con capacidad de comunión y donación mutua en el amor; somos la imagen y semejanza del Dios Amor que nos ha creado: “y creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó; varón y mujer los creó” (Gén 1, 27). Entonces, el machismo no es simplemente una mala costumbre o un serio delito, sino que en la fe cristiana es un atentado contra el plan de Dios manifestado en la creación; es decir, es un pecado contra el Dios creador de hombres y mujeres, como lo recordó el viernes el Papa Francisco comentando el Evangelio de ese día.

Podríamos continuar con una larga lista de paradojas de nuestra sociedad, pero se nos acaba el espacio de esta columna. Ir tomando conciencia de las paradojas que manifiestan una cultura abusiva, nos pone ante la urgencia de salir de la inercia de una vida individualista que -simplemente- gira en torno al bienestar del consumo, y nos urge a los cambios de mentalidad y cambios en las formas de organización social para que la vida sea buena y justa para todos, como el Padre Dios quiere para todos sus hijos e hijas.