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La opinión pública en la Iglesia

Por Marcos Buvinic domingo 12 de agosto del 2018

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En medio de la compleja situación que vivimos como Iglesia Católica en Chile, he escuchado a algunas personas criticando que otros miembros de la Iglesia -sean laicos o sacerdotes- opinen públicamente y cuestionan las prácticas de los responsables de iglesias locales o de congregaciones religiosas ante lo que el Papa Francisco ha llamado una “cultura del abuso y del encubrimiento”.

Precisamente, la necesaria manifestación de esa opinión pública en la Iglesia es uno de los puntos importantes que el Papa Francisco ha señalado en el documento que entregó a los obispos en Roma y en su Carta al Pueblo de Dios en Chile, al pedir que los católicos se involucren y digan lo que piensan, lo que les parece bien y lo que no, “que nos digan lo que sienten y piensan”.

Más aún, uno de los aspectos de la crisis eclesial es la falta de comunicación y -a veces- la desconexión que acontece en la vida de la Iglesia, donde pareciera que unos tienen voz y capacidad de tomar decisiones, y otros sólo tienen que tener oídos para lo que les dicen. Esa actitud es una de las manifestaciones de ese clericalismo que el Papa ha llamado “la peste de la Iglesia”.

Sería largo exponer aquí todo lo que la Iglesia dice en sus documentos oficiales acerca de la necesidad de la opinión pública en la vida eclesial, desde que hace casi 70 años el Papa Pío XII señaló que “la Iglesia es un cuerpo vivo y le faltaría algo a su vida si la opinión pública le faltase; y esa falta caería sobre los pastores y sobre los fieles”.

Se trata de una necesidad que se funda en la naturaleza misma de la comunidad creyente; pues siendo una comunidad de fe, sólo hay comunión allí donde hay comunicación, y allí donde hay comunicación hay opinión pública en las materias que son opinables. No hay que extrañarse, entonces, que cuando se pierde la escucha que hace posible la comunicación verdadera, se pierda la empatía y el liderazgo pastoral. Más aún, la “cultura del abuso y del encubrimiento” denunciada por el Papa Francisco tiene una de sus raíces importantes en la pérdida de la capacidad de escucha ante los demás, especialmente la escucha de los débiles y vulnerables.

La necesaria manifestación de la opinión pública en la vida de la Iglesia, nos devuelve a unos de los rasgos más propios de la vida de los creyentes, como es la escucha: escuchar -en primer lugar- a Dios, escucharnos mutuamente y escuchar los dolores y sufrimientos del mundo en que vivimos. Sólo desde allí brota el diálogo de la fe con el Señor, el diálogo de la comunión en la vida eclesial y el diálogo de servicio a nuestro mundo.

Entonces, ¡bienvenida la opinión pública en la Iglesia! Es un signo providencial que los católicos se involucren en la vida de la comunidad creyente y digan lo que sienten y piensan, y ojalá fuesen muchos más. Es el camino que ha señalado el Papa Francisco cuando nos dice que la renovación de la vida eclesial significa “promover comunidades capaces de luchar contra las situaciones abusivas, comunidades donde el intercambio, la discusión y la confrontación sean bienvenidas”. Y más claro todavía cuando afirma que: “urge, por tanto, generar espacios donde la cultura del abuso y del encubrimiento no sea el esquema dominante; donde no se confunda una actitud crítica y cuestionadora con traición”.

En este necesario camino de renovación y de manifestación de la opinión pública en la Iglesia, nos orienta como regla de oro lo señalado por san Agustín hace mil quinientos años: “en lo esencial, unidad; en lo opinable, libertad; y en todo caridad”.