Necrológicas
  • Matilde Cárdenas Santana

La política de los patipelados y la política del silencio

Por Carlos Contreras martes 11 de junio del 2019
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Las declaraciones de la senadora de la Octava Región Costa escandalizaron al mundo político al punto tal que sus propios aliados la criticaron y la dejaron sola afrontando las consecuencias de sus dichos. Sin perjuicio que la senadora Van Rysselberghe no me representa en lo absoluto, no puedo dejar de valorar que en un mundo de máscaras y disfraces, que es al fin de cuentas el político, tenga la claridad de decir exactamente lo que siente y enrostrar a quienes considera sus contrarios sus oscuras intenciones, en este caso, la de bajar la dieta parlamentaria. Al igual que Rafael Gumucio, en estos casos, aquellos en los cuales el político dice exactamente lo que piensa, aunque sea social o políticamente incorrecto, y yo no lo comparta, me genera mayor simpatía y hasta un reconocimiento, cuestión que no pasa cuando un profesional de la política dice lo correcto, pero se constata a mucha distancia que no es su verdadero pensamiento. Quizás este reconocimiento surge en mi cabeza al recordar la forma en que Arturo Alessandri Palma trataba a sus electores, hacia 1920, calificándolos como “chusma inconsciente”, con lo cual los ubicaba en una situación de evidente inferioridad a su respecto, cuestión que efectivamente no comparto, pero que respeto pues da cuenta de su sinceridad, valor primordial de la política.

De esta forma me coloco, entonces, en la otra vereda, aquella en la cual los protagonistas políticos se esfuerzan día a día a decir lo políticamente correcto, lo socialmente aceptado, en fin, lo que deben decir ocultando, omitiendo o disfrazando lo que efectivamente piensan y actúan. Un ejemplo de lo anterior es la regularidad con que los actores políticos de todos los sectores se refieren a la necesidad de respetar, conservar y fortalecer la República, al punto tal que se ha inscrito un Partido Republicano, pero actúan, precisamente, en sentido contrario: atacando con juicios desmedidos y groseros al actual presidente y a la ex presidenta; al despreciar a las personas porque piensen, se vistan o tengan gustos distintos; al presentar proyectos de leyes que derogan leyes recién aprobadas en el gobierno anterior; al denunciar desde el oficialismo conspiraciones, en las cuales antes el denunciante participaba cuando tenía la calidad de opositor; al argumentar en razón de una mayor y mejor convivencia, cuando efectivamente su trato denosta y maltrata al oponente; al exigir excelencia cuando con dificultad obtuvo una licencia de enseñanza media; o cuando se pretende incrementar exigencias a los ciudadanos de a pie, cuando ni siquiera concurren al cincuenta por ciento de sus sesiones en el Congreso.

No quiero que se me malinterprete como una columna de apoyo a la senadora, quiero que se destaque que siempre una persona debe agradecer la sinceridad y el ejercicio del derecho a decir lo que uno piensa, así como también uno debe rechazar las frases hechas y los lindos discursos cuando sus autores actúan de manera totalmente diversa, distinta a lo que dicen. Odio el silencio que oculta el pensamiento verdadero del supuesto servidor público, porque me siento engañado.       

De este modo, y sin entrar en la discusión semántica y conceptual de los términos, queda más claro que ningún patipelado, en el futuro, debería votar por la senadora, pues es evidente que ella no pretende representarlos.