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La siutiquería

Por Jorge Abasolo lunes 26 de diciembre del 2016
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Llamamos siútico a quien no pertenece al estrato alto, culto o de gustos refinados, aunque lo imita y procura enquistarse en esa clase.
También, siútico es el que se viste de manera llamativa o el que emplea un lenguaje rebuscado y empalagoso.
Dejo en claro que el advenimiento de este vicio no llegó al país con la bonanza económica de los 80 como muchos creen. Es de muy antigua data.
Me sopla esa vieja cahuinera llamada historia que los primeros agricultores que habitaron en el Valle de Azapa, en el extremo norte de Chile, construyeron modestas habitaciones de junco y produjeron alimentos como el zapallo, la calabaza, el ají, la quínoa y el maíz.
La gente de Azapa, como se les conoce, tenía la costumbre de cubrirse la cabeza con gruesas madejas de lana que formaban verdaderos turbantes, los que contribuían a deformarles el cráneo, dejándolo alargado. Ello era un gesto de ostentación (siutiquería) considerada en esos tiempos un signo de belleza, además de representar estatus social o étnico.
Queda de manifiesto que hay gente que arriesga hasta su salud con tal de adquirir notoriedad. Y en este pecado, los chilenos solemos reincidir hasta el hartazgo.
Huelga decir que el siútico chilensis no tiene nada que ver con el cursi español ni el huachafo peruano. Como ya dije, arranca en Azapa y se intensifica en las viejas casas solariegas del siglo 19. Dicho de otra manera, el carácter español dio mucha importancia a las apariencias y al decoro externo del individuo. Hasta fomentó cierto orgullo por los linajes y los abolengos, cuestión que hasta el día de hoy se pueden percibir.
El hecho es que a aquellas personas que usaban voces demasiado melosas y exageradamente rebuscadas, las comenzaron a llamar siúticas. La voz proviene del tono atiplado de decir precioso, brutal, feroz o lindo, entre otras.
Al pronunciar alguna de estas u otras palabras, la persona pone la boca en forma de U, como la parte de atrás de las gallinas, queriendo significar que ella puede pronunciar la misma palabra pero de una forma que la disocie del roterío callamposo.
La aporreada clase media tampoco puede eludir su culpa. Si algún defecto ostensible se nota en ella es su carencia de orgullo, de originalidad, combinado con su arribismo y ese espíritu de imitación. La clase media chilena vive ajena a su conciencia y a su destino, al revés de lo que sucede en Francia y en Argentina, por poner un caso más cercano.
Carlos Vattier sostenía que existía el ácido nítrico, el ácido cítrico…y el ácido siútico.
Los políticos abusan del lenguaje emoliente para camuflar las cosas como son. Si los estudiantes se agarran a peñascazos con los pacos, ellos dirán:
– Se trató de un diálogo franco.
A algunos congresales de la Udi no les gusta hablar de Dictadura, sino de régimen militar. Y a la tortura le llaman aún apremios ilegítimos. Hasta hubo una época en que no se podía hablar de sífilis o gonorrea. Se optaba por decir: “enfermedades de trascendencia”.
Cierto. Somos siúticos los chilenos.