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Lara en Catalonia

Por Jorge Abasolo lunes 6 de agosto del 2018

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La historia de Chile está cuajada de mitos, leyendas, verdades a medias y de todo eso que la hace más interesante…para develar y desnudar esas cuasi verdades.

Ahí están los casos de la carta de Pedro de Valdivia a Carlos V que nunca existió. Jamás don Casimiro Marco del Pont fue un fleto declarado. Eso sí, era afectado en modales y se convirtió en el primer Gobernador del Reino de Chile preocupado de la higiene, por lo cual inauguró el wc…esa taza tan cómoda para hacer nuestras heces…y que la hizo traer desde España.

Digo esto para presentarles uno de esos libros que sería un disparate dejar de leer. Me refiero a “La Patria Insospechada” (Editorial Catalonia), del connotado periodista Rodrigo Lara. Son 195 páginas que se leen con entusiasmo de usurero cobrando intereses y nos deja atónitos y pensando…¿por qué no nos explicaron esto en la enseñanza secundaria?

El primer capítulo está destinado a Manuel Rodríguez, este chicoco revoltoso (medía 1.60 metro) rebelde con o sin causa, refractario a todo lo tocante con la Corona Española.

El estilo de Lara no apela al remilgo ni al lenguaje emoliente. Se va “directo a los bifes”…y es lo que gusta y atrapa. Aclaro esto porque nadie ha cambiado el curso de la historia tanto como los historiadores.

Y como Rodrigo Lara es periodista, escritor y dibujante, su pluma corre fácil, lejos de esa galimatía académica, tan rimbombante que terminan hastiando al lector.

El capítulo 14 nos habla del Chile recién emancipado de España, mas no así de las malas costumbres. Lara nos retrata ese país en barbecho, frágil…en ciernes, donde las pulsiones cavernícolas asomaban sin restricción alguna.  El hecho de que O’Higgins haya tenido que prohibir las riñas de gallo, es una minucia frente a la forma de divertirse del Chile de aquellos años.

Nos cuenta Rodrigo Lara que en la época… campeaban las corridas de toros…¡y eso que no queríamos nada con España!

¿Cómo se divertía la chusma? El autor comenta que se llevaban a la plaza toros a los que se les aplicaba banderillas de fuego y se les soltaba para que bramaran y se retorcieran de dolor para regocijo del público.

De esta forma finalizaba una jornada cualquiera en la plaza de toros de Santiago. Corría el año 1812 y cerca de 3 mil imbéciles asistían a esta “diversión a costa del sufrimiento ajeno”.

¡Qué manera más infame de buscar esparcimiento!

Cuando un hombre mata un toro…eso es deporte.

Cuando el toro mata al hombre (torero) eso es salvajismo.

Sin duda, un expediente huero, un subterfugio barato para justificar la brutalidad del ser humano…el más deleznable de los seres vivos.

El capítulo 13, destinado a Valparaíso, entretiene más que un espía en un camarín de coristas o modelos.

Pero es el capítulo 13 con el que más aprendí… y me divertí. Es el que hace referencia a Antonio José de Irisarri, un guatemalteco más falso que factura de gitano, que se dio vida de pachá a costa del erario nacional.

Se supone que puso su voluntad al servicio de la causa independentista…pero en estricto rigor resultó ser más pillo que gato de campo.

“La Patria Insospechada”, de Editorial Catalonia es una iniciativa que no podemos dejar pasar.

¡A leerlo llaman!