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“Las Mujeres de la Independencia”, Vicente Grez 1ª parte

Por Marino Muñoz Aguero domingo 8 de septiembre del 2019

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El 18 de septiembre de 1810 en la ciudad de Santiago, se celebró el Cabildo Abierto, del cual surgió la Primera Junta Nacional de Gobierno, dando paso al periodo de la “Patria Vieja” que duró hasta 1814 cuando se inicia la reconquista española. Finalmente, el 12 de febrero de 1818 se proclamó la independencia de Chile. Este proceso comenzó antes de 1810 con una sucesión de hechos y, -en el plano de las ideas- con la llegada de preceptos que provenían fundamentalmente del movimiento de la ilustración surgido en Europa en el siglo XVIII. Este libro escrito por Vicente Grez Yávar (1842-1909) data de 1878 y es uno de los pocos referidos a las mujeres que tuvieron activa participación en la independencia de Chile. 

En el primer capítulo, Grez alude a la “Generación (femenina) de 1810”. Resalta entre las mujeres el sentido del deber, el amor a la patria, a la libertad y lamenta que a ellas no se les haya levantado estatuas, como se hiciera con los hombres: “¡Tal vez esas virtudes sólo se recompensan en los hombres, porque son más escasas entre ellos!”.

Luego, el autor se refiere al Fray de la Buena Muerte Camilo Henríquez, quien habría sido el primero en pronunciar la palabra “independencia” y destaca la influencia del Fraile en las mujeres, quienes confiaban en él, tanto por sus características personales, como por su condición de religioso. Además, su figura le otorgaba “cierto carácter sagrado a la revolución”, concluye.

Seguidamente señala que “Los salones de 1810” se constituyeron en “Academias Revolucionarias” y que las mujeres eran el alma de esas reuniones: “Tan apasionadas o más que los hombres, deseaban que las teorías revolucionarias se convirtieran pronto en hecho, querían ver formarse una gran patria, ser ellas las que dieran vida y aliento a los nuevos héroes”. Grez califica al salón de Doña Javiera Carrera como el “Verdadero hogar de la Revolución”, donde se desplegó por primera vez la bandera de la “Patria Vieja” y se prodiga en elogios: “Casada dos veces con hombres que le eran muy inferiores como talento y carácter ¡ella que hubiera querido ser la esposa de un héroe! reconcentró en sus hermanos todos sus sueños de predominio”, agregando la gran influencia que ejercía en aquellos (José Miguel, Luis y Juan José). El folclore popular recogió el legado de Doña Javiera. En 1963 el músico y profesor normalista Rolando Alarcón le rinde homenaje con la conocida resfalosa que lleva su nombre: “Doña Javiera Carrera su patria libre quería/ La independencia de Chile la soñaba noche y día”

El libro dedica un capítulo (“Las mujeres saben callar”) al papel que le cupo a aquellas para ayudar a Manuel Rodríguez, de quien el autor señala: “La mitad de la gloria del paso de los Andes se debe a Manuel Rodríguez”. A continuación, apunta lo inútil que resultaba que los soldados españoles interrogaran bajo amenaza a las mujeres sobre el paradero de Rodríguez, ni aún llevadas a las cárceles rompían su mutismo: “Todas las mujeres, señoras y plebeyas, se empeñaban en borrar con su pie la huella que dejaba en los caminos el infatigable guerrillero, y sin este admirable complot del silencio femenino la espada invisible de Manuel Rodríguez no habría podido señalar a los libertadores la senda de la victoria”. En este caso, citaremos nuevamente el cancionero criollo confirmando la tesis de Grez. En 1955 el compositor nacional Vicente Bianchi pone música a versos de Pablo Neruda y popularizan las “Tonadas de Manuel Rodríguez”: “Puede ser un obispo, puede y no puede, puede ser sólo el viento sobre la nieve/ sobre la nieve, sí, madre, no mires, que viene galopando Manuel Rodríguez”.

El próximo domingo entregaremos la segunda parte de esta reseña, donde repasaremos algunas de las semblanzas específicas que Grez dedica a mujeres que actuaron en el proceso de la independencia de Chile.