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El poeta Henry Longfellow

Por Marino Muñoz Aguero domingo 2 de diciembre del 2018

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Transcurría el verano de 1975, estación en medio de la cual cumplíamos quince años de edad. Como se estilaba en esos tiempos, los amigos y amigas del sector se “dejaron caer” en casa con regalos y comida y bebidas en cantidades más que suficientes para alimentar un regimiento. Era una de esas operaciones subrepticias llamadas “Malones”, que significó transformar en un minuto la biblioteca familiar en salón de baile (promediando las tres de la tarde debido al toque de queda vigente).

Una de las muchachas del barrio llegó con el último disco (Long-Play de entonces o Vinilo de ahora) del gran cantante y compositor estadounidense Neil Diamond; “Serenade”. Y…nuevamente; como era costumbre en los cumpleaños cuando se recibía este tipo de obsequios, nuestro antiguo y aun vigente tocadiscos Puma TMB de fabricación nacional, giró emitiendo los acordes iniciales de “Longfellow Serenade”, el primer “surco” del lado A del Long Play CBS de etiqueta naranja.

Recuerdo entonces a mi padre con la carátula del disco en la mano abriéndose paso entre bailarines, canapés de huevo, strudel y bandejas con “refresco” “Yupi” diciéndome: “¿Longfellow?, hubo un gran poeta estadounidense llamado Henry Longfellow, ¿tendrá algo que ver con el disco?”. Aquella conversación nos despertó la inquietud juvenil por el mentado poeta. Eran tiempos sin internet, pero con libros, recurrimos entonces al tomo II del “Diccionario de autores” de la editorial Montaner y Simón, S.A. de Barcelona, 1963 y a distintos tomos del “Diccionario Literario” (1960) del mismo sello.

Gracias a nuestra incursión bibliográfica supimos que Henry Wadsworth Longfellow (1807, Portland, Maine – 1882, Cambridge, Massachusetts) fue o “llegó a ser el poeta más venerado y citado en la Norteamérica del siglo XIX y el poeta laureado siquiera no oficialmente y una institución nacional” (“Diccionario de autores”, t.II, pág. 672). Hijo de un rico abogado vivió una existencia relativamente sin sobresaltos, sólo trastocada por la trágica muerte de sus dos esposas (la primera por un aborto espontáneo y la segunda en un incendio).

El poeta, traductor, dramaturgo, narrador y profesor Henry Longfellow estudió entre los seis y catorce años de edad en la Academia de Portland y luego en el Bowdoin College, donde nació su férrea amistad con el novelista y cuentista Nathaniel Hawthorne (la novela “La letra escarlata” es considerada su obra cumbre). Después de terminar el ciclo secundario, estuvo tres años en Europa y al regresar enseñó Lenguas modernas en Bowdoin durante media década. Luego de un segundo viaje a Europa, se desempeñó como profesor de Literatura europea moderna por un lapso de dieciocho años en Harvard, en cuyo ambiente pudo desarrollar su potencialidad poética. Surgieron entonces sus primeros trabajos: “Voces de la noche” y “Baladas y otras poesías” que lo hicieron popular en todo el país. Más adelante vendrán extensos poemas narrativos como “Evangeline” o “El canto de Hiawatha”, este último inspiraría al dibujante Walt Disney para crear el personaje “El pequeño Hiawatha” y al músico checo Antonín Dvorak en la composición del segundo movimiento de su Sinfonía Nº9, conocida como “Sinfonía del Nuevo Mundo”. La imaginación de los lectores encontró en estos poemas narrativos (en especial “El canto de Hiawatha”) una fuente de mitología norteamericana, en ellos Longfellow rescata la figura de los indios norteamericanos, en tanto seres civilizados y valientes, alejándolos de la imagen de sanguinarios y salvajes.

En sus últimos años de vida, Longfellow escribió la trilogía dramática “Christus” y las narraciones “Cuentos de una hostería”. Su estilo, de escritura sencilla y de temática cotidiana es fundamentalmente sentimental, quizá demasiado simple para los eruditos actuales.

Con el paso de los años, y esta vez con la ayuda de internet, logramos descifrar el vínculo de la composición de Diamond con el poeta: el cantante usó uno de los poemas de Longfellow para conquistar durante su juventud a una mujer que lo superaba en edad.

Así conocimos a Longfellow, transitando de lo “popular” a lo “culto” (y a veces “oculto”). Han transcurrido poco menos de cinco décadas desde 1975, en ese periodo algo hemos leído del poeta y de tanto en tanto el disco gira en nuestra memoria y retornamos a ese verano cuando cumplimos quince años en medio de canapés de huevo, strudel y “refrescos” “Yupi”, ese verano de 1975 en el que soñábamos con eternas y mejores primaveras, como la que hoy estamos viviendo y nos permite compartir estos recuerdos.

P.D.: al pasar de los años compramos el cassette y luego el CD del álbum “Serenade”…pero nada igualará el sonido del viejo LP de etiqueta naranja.