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Los niños, nuestros modelos

Por Marcos Buvinic domingo 13 de agosto del 2017
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Este domingo pasado se celebró el Día del Niño y -como se ha hecho habitual- fue una fiesta de consumo y de papás buscando satisfacer las demandas de sus hijos con regalos, muchos dulces y comida chatarra; eso, para alegría de los niños y de los comerciantes que -obviamente- hacen su “agosto” con la poca creatividad de tantos papás y mamás que reducen esta celebración a comprar y comer.

Escuché a un destacado economista decir que el promedio de gasto por niño para esta ocasión es de $ 60.000. Es un gasto desproporcionado y escandaloso, que hace de este día una delicia de los “malls” y muestra la poca creatividad y falta de conciencia social que nos invade.

Ojalá que los papás y mamás poco creativos que atiborran de regalos a sus hijos, se hayan acordado de otros niños que no tendrán regalos ni fiesta, y hayan compartido con ellos; pues, este año, la celebración del Día del Niño aconteció en medio de la dramática crisis del Sename -largamente arrastrada, en este gobierno y los anteriores-, que hace patente la violación de los Derechos Humanos de los niños que -se supone- están al cuidado del Estado para librarlos de algo peor, pero que no ha sido capaz de cuidarlos.

Estamos habituados a pensar y actuar creyendo que los adultos somos un modelo que los niños deben reproducir y, en cierto sentido, es así, pues a los adultos nos corresponde transmitir a los niños los valores y los modelos de socialización que hacen posible la vida en la comunidad humana. Cuando los adultos se quejan de ciertas conductas de los niños que afectan la convivencia social, la primera pregunta es por lo que les hemos transmitido como valores y actitudes de convivencia, qué normas y límites hemos puesto, y qué anhelos les hemos ayudado a cultivar.

Pero, además de esta fundamental tarea formativa, también hay otra mirada muy necesaria acerca de los niños, la cual es bastante poco cultivada por los adultos y es la de ver a los niños como nuestros modelos que -también- pueden enseñarnos mucho acerca de cómo vivir y relacionarnos.

Esta es la mirada que tiene el Señor Jesús sobre los niños, a quienes Él defiende con toda claridad y fuerza, precisamente porque son pequeños, frágiles y -con frecuencia- discriminados y maltratados. El Evangelio nos muestra que en una ocasión el Señor Jesús se enojó y severamente reprochó a quienes marginaban y maltrataban a los niños e impedían que se acercaran a Él; es decir, impidiendo que vivieran en el respeto y amor que merecen todos los hijos de Dios.

Pero más aún, el Señor Jesús pone a los niños como el modelo que debemos mirar y seguir los adultos para ser verdaderamente una persona humana y un discípulo de Él: “poniendo a un niño en medio les dijo: les aseguro que si no cambian y se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 18,3). Así, el Señor pone a los niños como el modelo de lo que significa conocer a Dios, el modelo de lo que es hacerse verdaderamente humano, y el modelo de lo que es seguirlo a Él como Señor y Maestro.

Pero, ¿en qué sentido los niños son el modelo que tenemos que mirar e imitar? Evidentemente no se trata de ninguna forma de infantilismo, sino que esas palabras el Señor Jesús las dijo a quienes compiten entre sí por ser grandes e importantes, a quienes avanzan por la vida dando envidiosos codazos a otros, a quienes no se les ocurre pensar que aprender a ser feliz es algo mucho más importante que tener éxito económico, laboral o social, también las dice a los agrios condenadores de los demás y a los corruptos de todos los tiempos y pelajes

El Señor Jesús nos invita a mirar a los niños como nuestros modelos en la inocencia y ausencia de malicia, en la confianza con que se entregan y acogen, en la solidaridad que tienen con otros sin fijarse en etiquetas o colores, en la creatividad con que recrean la vida, en la alegría que llevan a otros. Aprender a mirar a los niños como nuestros modelos es el camino para hacernos más humanos e ir conociendo al Dios que es Padre y que se hizo Niño.