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Los ritos de la democracia

Por Marcos Buvinic domingo 11 de marzo del 2018

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Quienes han ensanchado su espíritu leyendo y releyendo ese maravilloso cuento infantil para adultos que es “El Principito”, recordarán la escena en que el zorro explica al pequeño príncipe cómo esperará y preparará cada encuentro que tengan, porque -le dice el zorro- “los ritos son necesarios”.

Recordé este pasaje al considerar los diversos actos del cambio de mando presidencial que se realiza hoy. Es todo un ritual en que el pueblo chileno reconoce el sentido y la continuidad de sus instituciones fundamentales.

Es destacable la sobriedad de los gestos y su hondo significado: la presidenta que se saca la banda presidencial y regresa a la vida civil como una ciudadana más, y un nuevo presidente que hace su juramento y revestido con la banda tricolor asume -por voluntad popular- la principal tarea de conducción pública. Todo esto, realizado en un ambiente en que los espacios físicos, la música, las vestimentas, las banderas, etc., hace que todos reconozcamos nuestra pertenencia a este pueblo que democráticamente se ha dado sus autoridades.

Es significativo constatar que cada vez que este rito se repite en la historia del país, se renueva su sentido: el poder reside en el pueblo, y es el pueblo quien se da a sí mismo sus autoridades, eligiéndolas libremente. De ahí que las autoridades sean mandatarias de la voluntad popular: un “mandatario” no es el que manda, sino aquel a quien se le ha encargado una tarea, un mandato. Y el presidente como “primer mandatario” no es el que manda más (mucho menos es el “mandamás”), sino que es aquel a quien los que mandan -es decir, la voluntad popular- le han confiado cumplir una misión de servicio público según un programa libremente elegido.

Así lo comprende también la doctrina social de la Iglesia: “El gobierno democrático se define a partir de la atribución, por parte del pueblo, de poderes y funciones, que deben ejercitarse en su nombre, por su cuenta y a su favor; es evidente, pues, que toda democracia debe ser participativa. Lo cual comporta que los diversos sujetos de la comunidad civil, en cuales quiera de sus niveles, sean informados, escuchados e implicados en el ejercicio de las funciones que ésta desarrolla” (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 417).

Entonces, es tarea de todos los ciudadanos velar por estas definiciones fundamentales del sistema democrático. Cuando el sentido se distorsiona, también los signos y los ritos pierden su sentido; así -por ejemplo- ¿qué sentido tiene que alguien use la banda presidencial si no fue elegido por voluntad popular?, o ¿qué sentido tiene que alguien actúe como “mandamás” en lugar de ser el encargado de cumplir la voluntad popular?, o ¿qué sentido tiene que alguien ejerza una  autoridad sin someterse al escrutinio público?, o ¿si toma decisiones que nos afectan a todos sin tener en cuenta el parecer de los ciudadanos?, ¿o si no promueve una plena información y participación de los ciudadanos en la misión que se le ha confiado?

La grandeza del sistema democrático reside, precisamente, en partir del hecho que el poder reside en el pueblo -no en persona alguna o institución-, y es el pueblo quien lo confía a sus autoridades, cuya grandeza como autoridades residirá en ser los humildes servidores del pueblo que confió en ellos. La gestión política se trata de proyectos sociales y democráticos de justicia y de orden, y las diversas autoridades políticas son servidoras del pueblo que representan, y no de los intereses de su partido y amigos, o de cualquier otro tipo de intereses particulares.

Por eso es que los ritos son necesarios y hay que cuidarlos, ya que expresan y renuevan el sentido hondo de lo que se allí se realiza; hay que hacerlos bien y hay que velar para que los signos externos expresen lo mejor posible su significado profundo.

Lo que sucede con los ritos de la transmisión de mando presidencial podríamos aplicarlo a muchos otros aspectos de nuestra vida, pues la vida de todo grupo humano se expresa en signos y ritos que constituyen identidad y generan pertenencia.

Nuestra vida está hecha de ritos, pensemos -por ejemplo- en el deporte, las fiestas, las expresiones religiosas, el trabajo.  Pensemos, particularmente, en nuestra vida familiar, como lo que acostumbramos hacer y el modo en que lo hacemos va dando a cada familia un sello que la hace ser “esa” familia. Casi sin darnos cuenta, del decir “en mi familia acostumbramos a hacer tal cosa” o “en mi familia lo hacemos así”, pasamos a decir “en mi familia somos así”. Esto es porque los ritos generan identidad y pertenencia, por eso son necesarios y por eso hay que cuidarlos, para que expresen y construyan su sentido, y no sean signos o gestos vacíos.