Necrológicas
  • Filomena Mayorga

Maravillosa y escasa alegría

Por Marcos Buvinic domingo 11 de agosto del 2019

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Caminando por la calle y viendo los rostros de las personas cuesta reconocer personas alegres; más bien, lo que abundan son caras preocupadas o irritadas, otras son inexpresivas, y otras muestran tristeza o dolor. De repente, por aquí, por allá, aparece un rostro alegre con el maravilloso poder de la sonrisa serena que revela un corazón en paz. Un rostro alegre es un encuentro maravilloso, pero escaso.

Pareciera que la alegría es un sentimiento que escasea bastante entre nosotros, también en los medios de comunicación cuesta encontrar noticias que alimenten la alegría, más bien abunda un sinfín de dramas violentos, de sinvergüenzuras y de querellas inútiles que generan una sensación de que estamos muy mal como personas y como sociedad, y todo eso aumenta la tristeza.

Además, es impresionante el desarrollo de la “industria de la entretención” que busca amortiguar el aburrimiento mortal en que muchos parecen estar sumergidos: todo tipo de juegos, de eventos y de actividades “entretenidas” que pretenden hacer que el tiempo pase sin tener que enfrentar el vacío interior. En el mercado de la entretención es mucho el dinero gastado en hacer algo divertido o -simplemente- pasarlo bien. El resultado es entretención y diversión comprada en el mercado y efímera como fuegos artificiales, pero poca alegría.

La alegría es el hermoso sentimiento de un bienestar general, que genera mucha energía y una disposición positiva para vivir y proyectarse al futuro. La alegría brota del interior de la persona -no se compra con la entretención y las diversiones- y se expresa en un rostro sereno que está atento a los demás, en una sonrisa que es capaz de transformarlo todo, comunicando cercanía, confianza y esperanza.

En esta crisis social de alegría es preciso volver a la raíz: todos tenemos experiencia, en modos diversos, de que el amor -la experiencia de amar y ser amados- es la raíz más honda de la verdadera alegría, por eso la alegría brota de un corazón en paz que se siente valioso, acogido y cobijado, y por eso puede dar de lo suyo. Esta verdadera alegría es como un tesoro inagotable, que mientras más da, más recibe.

Esta verdadera alegría no se compra ni se produce por esfuerzo personal, sino que es un regalo que Dios ofrece -no sólo para algunos privilegiados- sino para todos. Es la experiencia de sentirse acogido, valorado y cobijado en el amor del Padre Dios; así la raíz de la fe cristiana es una experiencia de alegría que Dios nos regala. La alegría que brota de la paz del corazón que se siente amado es como “la respiración del cristiano” ha dicho el Papa Francisco. Por eso, el apóstol Pablo animaba a los cristianos diciendo: “alégrense siempre en el Señor; se los repito, alégrense” (Filp 4,4).

En medio de la crisis social de la alegría que pone de manifiesto una crisis social del amor, de las relaciones de acogida, valoración, cobijamiento y reciprocidad, los cristianos estamos llamados a vivir lo que somos: hijos amados de Dios. Un hijo amado del Padre Dios es una persona que con su manera de vivir, con la sonrisa serena de su alma, con sus gestos, palabras y actitudes puede comunicar a otros la serena confianza de estar animados y cobijado en un amor fiel que no defrauda nunca: el amor del Padre manifestado en el Señor Jesús. Esta es, como dice el Señor Jesús, “una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn 16,22).

Desde esta experiencia de cobijamiento en el amor de Dios, vivimos en la alegría y la esperanza -ambas juntas-, pues una alegría sin esperanza es sólo diversión pasajera, y esperanza sin alegría es sólo optimismo pasajero. Esta alegría esperanzada de los cristianos no es un analgésico para los dolores de la vida -porque el dolor duele-, pero es el mejor modo de vivir el dolor, porque abre serenamente la puerta a un amor siempre mayor: el amor siempre fiel de Dios, fuente de toda verdadera alegría.