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Me tropecé con un árbol

Por Alfredo Soto martes 12 de marzo del 2019

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En nuestra región es muy común ver en la inmensidad de las llanuras algunos viejos árboles inclinados por la fuerza del viento, y siempre está en el gusto de rescatar una fotografía de su solitaria presencia y curiosamente desde los ángulos que se asoma pareciera que lo hace llamando la atención o reclamando quizás que su individualidad en aquel lugar refleja ser testigo de eventos del pasado que implicaron su sola y afortunada sobrevivencia, quizás la tala inconsciente de ganaderos que les interrumpía tener libre acceso a los campos de pastoreo para sus animales, incendios premeditados por las mismas razones anteriores, o la desmedida actividad forestal viendo sólo el panorama y estímulo productivo de su manejo.

Debo reconocer que algunos campos de nuestra región se aprecia la buena intención de sus propietarios de mantener aquellos árboles que ya llevan mucho tiempo y es más fácil desviar el volante del tractor que diezmar el tronco de un árbol que tiene una misión muy particular en este planeta justamente llamado Tierra. Hoy día se cuenta con mucha más información acerca de los árboles y lo que sabíamos, nos sorprenderemos ante un gran vuelco que se nos presenta. Me entristece un poco ver esos árboles solitarios en nuestra región, porque las actuales informaciones y con base científica determinan que estos funcionan más como entes sociales que como entes individuales. En mis actividades con alumnos, sobre todo los más pequeños, incentivarlos a ser como los árboles que estamos viendo en una excursión en el bosque logramos descubrir que ellos a simple vista y en conformación del bosque se ven como unidades…todos juntos…pero fácilmente podemos reconocer que ellos no están unidos estrechamente a nuestra simple mirada, sino que se encuentran altamente conectados por debajo del suelo, a través de sus innumerables conexiones en sus raíces.

Definitivamente los árboles trabajan en redes y comparten recursos para así aumentar sus potencialidades y su resistencia a los cambios ambientales. Por razones aún desconocidas también son capaces de mantener vivos durante siglos los restos de árboles ya caídos, alimentándolos a través de las raíces y  con una solución de azúcar, y sobre este árbol caído se encarama toda un microcosmos de otros seres vivos que aprovechan este circuito de la vida. Todo lo que vemos en los bosques es una ínfima parte de su vida, la verdad que el gran bosque es lo que no vemos de ellos, que está debajo de los mismos, bajo nuestros pies, sustentando la tierra en la que nos desplazamos. Decirles a los alumnos que los árboles tienen familia…! es increíble como en sus pequeñas mentes va cambiando su mirada hacia un boque pleno de verdor como así también de colores en nuestro próximo y acelerado otoño. Los árboles tienen un lenguaje…cuesta un poco decir que tienen sentimientos y que pueden sentir dolor y miedo….con toda esta información no debe ser ajeno tener la oportunidad de abrazarlos, tocarlos suavemente, hablarles y agradecerles, aunque sea tropezando con ellos, el contacto lo tendrás y recibirás una respuesta que si no estás conciente no te darás cuenta. A veces somos capaces de razonar que de verdad ellos tienen un vínculo entre sus pares y alguna vez nos dijeron que eran competitivos, y no es así, ellos juegan a crecer para que sus copas alcancen la luz del sol, pero en la verdad y en la inocencia, lo que ellos hacen es cuidarse mutuamente y se apoyan para lograr esas condiciones, está comprobado que si alguno de ellos les pasa algo, sea una peste, un insecto invasor, ellos rápidamente se comunican advirtiendo de lo que está ocurriendo.

Quien no ha visto un par de árboles abrazándose, que nos produce risa y comparamos al “abrazo” como un accidente del árbol. No es así, son amistosos y tienen vínculos estrechos con algunos en particular y el vuelco más grande de las informaciones es que nosotros los seres humanos formamos parte del bosque, debemos poner más atención, perder el rubor de acercarnos a ellos, conocerlos, visualizar todo su potencial, quienes le rodean, identificar los más antiguos, los más nuevos, acariciar sus rugosidades, detectar sus compañías más directas, aves, insectos, otros vegetales que deciden vivir en comunidad, saber cómo se llaman, etc. Y finalmente abrazarlos y agradecer este intercambio de soplos de la vida, aunque “te tropieces con él”.