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¿Monjas en extinción?

Por Jorge Abasolo lunes 25 de abril del 2016

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Conozco un vecino cuya fe católica no conoce límites.

Lo envidio, porque yo me manejo entre el escepticismo y el agnosticismo, dos buenos compañeros a la hora de razonar, aunque pésimos consejeros cuando uno anda atribulado y con más problemas que un  pelícano con paperas.

Un día le pregunté a mi vecino acerca del por qué no se había hecho sacerdote. Me respondió con calma sanforizada y benedictina:

-Jorge…me decepcioné cuando me dijeron que tenía que trabajar los días domingo.

Hay gente para todos los gustos en la fauna humana.

Traigo esto a colación, pues me acabo de enterar que en Europa, Estados Unidos y varios países latinoamericanos (Chile incluido) cada vez hay menos jóvenes interesadas en ser religiosas. Al igual que los cóndores, los radicales y los pudúes, tal parece que las monjas han pasado a ser una especie en extinción.

Confabula contra esta noble vocación el empoderamiento femenino y el lugar harto secundario que ocupan las mujeres al interior de la Iglesia Católica. La consecuencia es muy obvia: cierre en muchas obras sociales, comunidades que desaparecen o colegios que quedan a cargo de los laicos.

Como esta columna pretende a veces ser algo pedagógica, permítanme una digresión. Aunque coloquialmente se les dice monjas a todas las mujeres que tienen una vida religiosa, entre las congregaciones hacen la diferencia. Suele denominarse monjas a quienes llevan una vida contemplativa y más relajada que una tortuga con Valium. Es el caso de las carmelitas.

El término religiosas rige tanto para las que llevan una vida de claustro, como las que tienen  una vida de apostolado.

Huelga decir que muchas congregaciones dieron la opción para dejar de usar el hábito después del Concilio Vaticano II.

Y no está de más recordar que el período de formación para ser religiosa varía según cada congregación, pero son alrededor de nueve años, desde la parte de postulante, noviciado, votos temporales y votos perpetuos.

Y para que esta columna no parezca extraída de una revista episcopal, permítanme recordar un hecho acaecido en Collipulli, en la Novena Región del país, en una iglesia muy a mal traer.

El cura de Collipulli tenía un hermoso canario, y cierta mañana descubrió con desazón su jaula vacía. Pensó que podía haber volado o que alguien lo había sustraído, y como el pueblo era chico, optó por preguntar con suma delicadeza y tino por el pajarraco en la misa del día domingo.

En la homilía de nueve de la mañana, el sacerdote preguntó:

– ¿Alguno de ustedes vio un hermoso pájaro?

Todas las mujeres levantaron la mano. El cura vio que no habían entendido la pregunta y fue más directo.

– No. Digo si alguno de ustedes tiene un hermoso pájaro.

Todos los hombres levantaron la mano. El cura se percató que la pregunta era muy imprecisa y volvió a plantearla:

– No, no, no. Les preguntó si alguno de ustedes ha visto mi hermoso pájaro.

Y la respuesta no se dejó esperar…