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  • José Ramón Ampuero Guzmán

Motivación deportiva: porque un clásico, es un clásico

Por Eduardo Pino viernes 17 de mayo del 2019

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Mañana se jugará el Clásico N°232 de nuestro balompié criollo, que favorece a Colo Colo tanto en las cifras globales como en los últimos años. Hace 5 años se registró el último triunfo de Universidad de Chile en su recinto de Nuñoa, y para qué decir la casi veintena de calendarios que el equipo laico no logra ganar en Macul. Por si fuera poco, al que los albos dicen llamar el clásico más desigual del fútbol mundial, se suma la inédita campaña que tiene a la escuadra azul en el sótano de una tabla que se acerca al Ecuador del campeonato.

Más allá del amplio favoritismo de un equipo sobre su tradicional adversario, de la crisis instalada en el Centro Deportivo Azul de La Cisterna o de las declaraciones de un bando sobre el otro (que ha sido más unidireccional que nunca); el análisis de un elemento central como la motivación que presenta un deportista ante un desafío como éste merece nuestra atención, en especial si se debe trabajar con el que se encuentra temporalmente a maltraer.

Los psicólogos deportivos destacan la importancia central de la motivación en la práctica de cualquier disciplina deportiva, pero cuando ésta reviste un carácter competitivo, su valor aumenta exponencialmente. Su naturaleza tiende a resultar bastante compleja, lo que dificulta su control muchas veces, pero debemos tener claro que la motivación es un estado interno que inicia, dirige y mantiene una conducta. Este proceso no podemos esperar que se provoque de manera natural o espontánea, ya que debemos poseer la capacidad de crearlo, renovarlo, incentivarlo y cuidarlo. Para quienes piensen que la motivación es como una magia que surge de la nada ante un estímulo del cual hay prácticamente un enamoramiento, sin esfuerzo, sin un trabajo de por medio; dependerá del entorno o de variables fuera de su control para que llegue esta motivación.

Si alguien aficionado a correr se despierta en una mañana fría y le da pereza salir a trotar, no pasará nada, los deseos vendrán más tarde u otro día en que el clima se presente más benigno. Pero el deportista profesional no puede darse ese lujo, debiendo vencer la rutina, las preocupaciones profesionales (lesiones por ejemplo) o personales (su familia y sus necesidades), la presión de obtener resultados y rendir de acuerdo a las expectativas de un riguroso y exigente entorno. La fortaleza mental ha ido ganando cada vez más importancia en la elite deportiva, donde antes sólo reinaban casi exclusivamente la fuerza y la técnica. ¿Cómo podemos explicar que jugadores que hace unos meses atrás jugaban como un engranaje aceitado y armónico, hoy no puedan obtener resultados mínimos? ¿Dejaron simplemente de “ser buenos para la pelota”?

Renovar la motivación de deportistas de alta competición que se encuentran sumidos en “hoyos” de mal rendimiento es uno de los desafíos más complejos (más aún si es un trabajo de equipo), ya que la emoción positiva que debe ser uno de los combustibles más importantes que impulsen este motor motivacional, se encuentra dominada por la ansiedad e incluso a veces la angustia, que tienden a bloquear los esfuerzos, bajan las defensas y la resistencia, entorpecen la fineza de la coordinación visomotriz y entregan las condiciones perfectas para que se produzca cada vez más el llamado “pánico escénico”.

Retroalimentarse en el éxito resulta altamente gratificante, pero no reviste prácticamente ningún desafío. Pero hacerlo en el fracaso, en la ausencia de refuerzos positivos contrastada con la abundancia de crítica y hostilidad, es uno de los aprendizajes más enriquecedores a los que un deportista puede optar, aunque no es un desafío para cualquier tipo de personalidad. Un concepto interesante es la activación de la conducta ideal a través de la programación mental dirigida, que es cuando antes de la competencia se observan a algunos jugadores agitados, arengando o estimulando a sus compañeros, mientras otros presentan una actitud de introversión, se concentran y en silencio repasan una y otra vez sus pensamientos. Cada uno debe conocer cuál es el mejor  estado mental y físico que requiere para desarrollar al máximo la activación de su potencial, vencer a sus propios fantasmas antes que a su rival y sobre todo convencerse que está preparado para, más allá de ganar o perder, dar lo mejor de sí en un esfuerzo que considera y valora como trascendente.

Este trabajo mental, con la paciencia que requiere el autoconocimiento que lleva a un óptimo autocontrol, se debe realizar de manera sostenida, para que cuando se presente una situación como la de mañana, no sea interpretada como la peor profecía fatalista, sino como una instancia propicia para volver a la virtud que humanamente tenemos derecho a abandonar temporalmente debido a nuestros errores. Porque a final de cuentas, como dice el dicho: “en un Clásico, todo puede pasar”.