Necrológicas

No es el 10%

Por Diego Benavente viernes 31 de julio del 2020

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La reciente disputa entre los parlamentarios y el Gobierno, por el uso de del 10% de los fondos de la AFP para aliviar la pandemia, no es precisamente el 10%, es algo más, es una queja que se arrastra, entre otros, contra la democracia insuficiente por su escasa participación, así como contra el centralismo exacerbado y un presidencialismo exagerado. Todo esto se ha ido acumulando, desde los inicios de una Constitución deslegitimada para muchos, lo que se ha  sumado a la pérdida de prestigio y legitimidad de la primera autoridad, es decir la figura presidencial por un lado, y por otro, la mayor o menor influencia de quienes han desempeñado el cargo de presidente, por sus debilidades en materia de liderazgo.

Esto ha hecho que ahora último el parlamentarismo se haya estado imponiendo a la fuerza, por parte de actores políticos, que si bien en un principio no aparecen muy relevantes, sí han sabido leer mejor el sentir de la ciudadanía frente a las injusticias e inequidades que tiene el modelo y, todo esto anunciado y detonado, bien podría decirse, por el estallido social.

Haciendo un paralelo con el llamado que convocara al estallido social, que no eran 30 pesos si no 30 años, algo similar se produce con este 10% de las AFP, lo que ha sido más bien un botón de muestra, de como no han hecho la pega estas instituciones en poder difundir los beneficios del sistema. Más bien se han aprovechado de su posición dominante y monopólica para seguir manteniendo a los chilenos como clientes cautivos y ordenaditos en sus distintos corrales.

Otro aspecto que se repite en distintos ámbitos de nuestra idiosincrasia nacional, es el enfoque bipolar tipo blanco o negro, cuando se mira todo desde el punto de vista del apruebo y el rechazo frente al Plebiscito o del neoliberalismo y una economía con más Estado, ya viene siendo hora de construir los consensos en los temas claves que deberán estructurar institucionalmente a nuestro país. Que tan presidencial y que tan parlamentarismo, qué tan urbano que tan descentralizado, cuál es el país que queremos, el país que todos anhelamos antes de aspirar a lograr el mayor consenso en lo principal, que vendría a ser la Constitución.

Basta de algunas conductas anticuallas, como el endiosar a la primera autoridad, es decir al presidente y que todo es obra de él, copiando esquemas de otro tipo de jerarquías eclesiásticas o militares, sometidas a los dioses o a una “obediencia debida”, los equipos de gobierno son equipos de trabajo conjunto y no individualidades encabezadas por un poderoso superhéroe, a quien además se le deba rendir pleitesía diaria en cada acción.

Al parecer ya se inició el camino hacia gobiernos sin tanto predominio intelectual y de gestión de los economistas, los políticos díscolos, que cruzan al frente y en distintos gobiernos, más la calle, son los que ahora dicen presente y comienzan a creerse el cuento. Estamos pasando, en los hechos de un presidencialismo exacerbado a un parlamentarismo en borrador, que irrumpe con la fuerza de los hechos o acciones. Pero también cautivando a sectores más conservadores que ven en su osadía, el germen de un liderazgo que bien puede apurar el paso en los cambios que muchos de ellos quieren para el país y su anquilosado Estado e institucionalidad.