Necrológicas

¡No nos moverán!

Por Ramón Arriagada miércoles 12 de septiembre del 2018

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Hace algunos días mi amigo Francisco Abarzúa Lagos, ex funcionario de la antigua Compañía Teléfonos de Punta Arenas, me extendió una atenta invitación. En su correo me pedía sentarme junto a él y al presidente de los escritores puntarenenses en la testera, pues presentaría su libro “Cuentos de aquí y de allá”. El título correspondía con justeza a  vivencias en las tierras de nuestro Ñuble natal y su realización como ciudadano de esta región austral, donde ha tenido la responsabilidad de consolidar una familia, cuyos retoños han crecido afincándose como magallánicos.

Con Francisco Abarzúa nos conocimos en el curso militar de estudiantes del Regimiento de Alta Montaña de Chillán, en el año 1966, en tiempos en donde los jóvenes teníamos otra percepción de las instituciones armadas; aceptábamos gustosos irnos a algún recinto militar en los veranos calurosos para adiestrarnos en el uso de las armas y la defensa de nuestras fronteras. De lo anterior hice mención en la presentación del muy buen libro de Francisco. Recordé algunas anécdotas inolvidables como el compartir con un contingente de “remisos”, jóvenes campesinos, “cazados” por personal del Ejército en los contrafuertes cordilleranos; muchos de ellos jamás habían llegado a la ciudad, eran analfabetos y totalmente carentes de normas y usos sociales.

Los montañeses militarizados aspiraban a conducir un tractor, mientras nosotros al salir de la instrucción, partiríamos a las aulas universitarias o a terminar enseñanza media. Era el contraste del Chile pobre, donde además, éramos muy pocos los privilegiados que llegaríamos a estudiar una carrera universitaria. Estuvimos en un Ejército pobre, de comidas repetitivas y de uniformes sólo para soldados menesterosos. Ropa de alta montaña en un verano con 40 grados a la sombra. Al partir del cuartel, la despedida triste de aquel contingente que luchaba por incorporarse a la civilización, y el reconocimiento in situ a la labor del Ejército por ellos.

Al partir del cuartel, egresados con el grado de “Aspirantes” del Ejército, también una preocupación como ciudadanos pensantes. Los años que vivíamos a mediados de los sesenta del siglo pasado, eran tiempos de despertares y ebulliciones sociales en Chile y el continente. Mucho de ello, era producto de la Revolución Cubana, era inconcebible al lado del Imperio un grupo de jóvenes rebeldes, pudieran haber declarado su país Territorio Libre de América, rompiendo con la intervención de EE.UU. en sus asuntos internos.

Preocupado el gobierno norteamericano y para evitar la repetición del ejemplo en otros países de esta América morena; establece en Panamá en los años sesenta del siglo pasado, la Escuela de las Américas. Fue la razón de porqué a nosotros el contingente de estudiantes de ese caluroso verano chillanejo, del año 1966, nos llamaron a ser valientes para defender a Chile, no de un enemigo externo, que vendría a romper alambradas y quitar territorios. Liberaríamos al país de un enemigo interno. Los instructores ya habían internalizado los contenidos aprendidos en Panamá.

Nuestros instructores nada tenían que ver con aquellos de mostachitos, mostrados en las revistas Condorito; algunos llevaban boinas tipo  “Apocalipsis now”, muchas escarapelas en el pecho, que posibilitaban leer su carrera militar completa. El general Prats en su libro de memorias publicado en noviembre de 1973, señalaba que muchas de las ideas y estereotipos del Ejército de Chile del golpe militar fueron enseñados en esos cursos gringos, “cometieron atropellos y crímenes que pueden explicarse por su ingenuidad, su ignorancia y su visión política  de corto alcance”. Llegaron a confundir, decía el general mártir, los intereses nacionales con los de EE.UU.

Confieso, que uno de los episodios más tristes que recuerdo, es a pocos días del 11 de septiembre, haber escuchado a un apreciado matemático allendista -en un pasillo de la Universidad- que si había intentona golpista, estaba el Ejército constitucional para salvarnos. Yo, sabía que esa era una irresponsable fantasía difundida por Chile al ritmo del “No nos moverán”.