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No siempre tuvimos «Low Cost»

Por Marino Muñoz Aguero domingo 7 de julio del 2019

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A propósito de la invasión de turistas (en especial connacionales) a quienes vemos con sus maletas en Zona Franca o por las calles de nuestra ciudad y que han podido llegar hasta estas lejanías gracias a las tarifas aéreas más convenientes, debemos reconocer que los magallánicos tenemos hartas horas de vuelo en el cuerpo. Nuestra condición de aislamiento geográfico, talvez haya sido más rigurosa que un par de años de escuela de aviación, y por lo tanto, podemos hablar (o escribir) con propiedad, pero a la vez con modestia de estas cosas (quizás podemos hablar de muchas cosas más, pero no es materia de esta crónica).
Sin embargo, para nosotros la historia no siempre fue “Low Cost”. Viajar en avión era una iniciativa de costos respetables además de ser casi un evento social. En la gloriosa década de 1960 nos embarcábamos con nuestro mejor traje para -después de 6 horas de vuelo en los nobles cuadrimotores DC6 B- aterrizar (generalmente de noche) en el antiguo aeropuerto de Los Cerrillos en Santiago. Corrían los tiempos cuando los vuelos se disfrutaban de principio a fin, los aviones eran verdaderos restaurantes en medio de las nubes, se comía, fumaba y tomaba de lo mejor sin restricciones, más que las del propio aguante físico. A diez mil metros de altura conocimos los “petit bouches”, esas pequeñas masitas de hoja rellenas con distintos ingredientes y los omelette a la hora del desayuno cuando los vuelos salían temprano.
Muchos se subían al avión con más de algo puesto en el cuerpo, todo ello en el restaurant del aeropuerto, que también tenía su prestigio y donde un bife a lo pobre o un “pichuncho” (combinado de pisco y vermouth, servido en copa pequeña) nada tenían que envidiar a los mejores locales del centro de la ciudad, a tal punto que uno de los paseos dominicales recurrentes de los magallánicos era la típica “vuelta” al terminal aéreo para tomar once, en ese salón del segundo piso decorado con las cerámicas diseñadas y producidas en el instituto de la Patagonia y en los tiempos que el camino “nuevo” aún era de tierra.
Otra cosa eran los vuelos a Río Gallegos, ¿viajó usted alguna vez a la capital de Santa Cruz en avión?: había frecuencias de Aerolíneas Argentinas y Aerolíneas Austral en aeronaves “grandes” (el DC6) y el aeropuerto estaba en la entrada sur de la ciudad, cerca del autódromo “José Muñiz”.
¿Y se acuerda de los vuelos nocturnos Río Gallegos-Buenos Aires?. Fue en la década de 1980, cuando salía más barato darse la vuelta por allá que ir directamente a Santiago. Me viene a la memoria un viaje de esos años, precisamente en el momento del descenso en Capital Federal, cuando escuchamos la voz del comandante: “Muy buenos días señores pasajeros, en nombre de la tripulación de este Boeing 727 de Aerolíneas Argentinas les damos la bienvenida a Buenos Aires, estamos próximos a aterrizar en Aeroparque Jorge Newberry; por el costado izquierdo del avión podemos divisar…” -nosotros pensábamos que nos diría: el obelisco, la Avenida 9 de julio o cualquier otra referencia de la capital porteña- pero nos sorprendió gratamente cuando remató: “…podemos divisar el Monumental de Nuñez, el estadio de River Plate, donde Argentina se coronó campeón mundial en 1978”. A continuación, un aplauso cerrado -al que nos sumamos con mis padres- hizo más emotiva la llegada. Hay cosas que sólo pasan en Argentina, y otras que sólo pasan en los aviones argentinos.
Y ya que estamos en el vecino país; cuando las condiciones climáticas lo exigían, los aviones bajaban (entre otros lugares) en Bariloche, un lujo de marca mayor financiado por la línea aérea en una ciudad de ensueño.
Esas y otras remembranzas nos trae a los magallánicos la aviación comercial. No siempre tuvimos la suerte de optar al “Low Cost”, pero gracias a los aviones supimos que en Chile también se fabricaba fruta en conserva, que existían los trenes, las playas para tomar el sol, y la televisión…y que había otras marcas de condimentos, no sólo la Mc Cormick.