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Por Jorge Abasolo lunes 3 de diciembre del 2018

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Ese viejo cascarrabias, escéptico y fogoso polemista -pero pleno de talento- llamado Giovanni Papini sentenció una vez una frase que me golpeó para siempre: “Más convencen cifras que argumentos”.

Digo esto porque me acabo de enterar de que el 70 por ciento de las palabras que emplea nuestra juventud para relacionarse, son informales.

¿Cachai la onda?

Para entenderse en los congresos internacionales de juventudes, los muchachos chilenos deben tener más problemas que un pelícano con paperas.

Y es que frases como “el día del níspero”, “arriba de la pelota”, “sonar como arpa vieja” o “sacarse los balazos” sólo se entienden en este enjuto y terremoteado país.

A esto debemos agregar palabras que nos han llegado de otras latitudes y que las hemos incorporado con pasmosa facilidad. Es el caso de la famosa gamba (lenguaje financiero). Cuando algo es extraño, envilecido o digno de sospecha, decimos que es una “cuestión trucha”. Gamba y trucho provienen del lunfardo argentino, y en la medida que el transporte favoreció el turismo, las palabras de la plebe, del linyera o el mundo flaite se fueron imbricando.

Huelga decir que hay expresiones que son utilizadas en otros países, o mejor dicho, pertenecen al mundo panhispánico. Les pongo algunos ejemplos: “echar leña al fuego”. Esto lo entienden desde el Perú hasta Venezuela. Otra expresión no criolla y entendible en toda la América hispánica es aquella que reza: “pagar el pato”, o “morder el polvo”. Puede emplearlas con toda confianza cuando ande fuera de Chile…pero sin salir de la Hispanoamérica.

Los argentinos nos “pegaron” -entre otras- la palabra “pibe”. Pero, además compartimos también expresiones como “pisar el palito”.

Lo aprendimos con la entrega de la Patagonia y lo refrendamos muy bien cuando se quedaron con la Laguna del Desierto.

Ahora, si usted viaja a Uruguay, puede emplear con absoluto desenfado expresiones como “dorar la píldora” o “a la que te criaste”. Si se dirige a un hotel muy cansado, puede decirle al conserje con toda confianza que desea “dormir a pata suelta”.

Son expresiones muy clásicas en Montevideo y al interior de ese país.

Según el filósofo Nietzsche, el lenguaje no hace otra cosa que designar las relaciones de las cosas con nosotros y no con el mundo en sí. “Más claro echarle agua”, ya que estamos en el tema.

Si seguimos la lógica de Nietzsche, podemos inferir que las palabras son metáforas de metáforas. Es más: son el resultado de estímulos nerviosos convertidos en una imagen (primer salto), que más tarde es transformada en un sonido articulado (segundo salto)

¿Qué decir entonces de frases como “dar el ancho”, “tener años de circo” o “a todo chancho” que caracterizan el habla cotidiana? En su defensa podemos decir que constituyen la creatividad en grado superlativo, que le da distinción…y hasta una singularidad que sólo se entiende en su hábitat (en este caso, léase Chile).