Necrológicas

Objeción de conciencia y aborto

Por Gloria Vilicic Peña jueves 21 de junio del 2018
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Ni discernir a favor de una madre que decide abortar sería malo, ni objetar un aborto a favor de un niño por nacer sería bueno, reza el credo de lo “políticamente correcto”. En esta discusión en torno a las actuales causales de aborto y la objeción de conciencia de algunos profesionales de la salud, las mujeres que decidieron no abortar y los niños que iban a nacer y nadie quiso, van quedando fuera del foco de este debate. La convicción que se ha ido instalando en el colectivo es que un niño gestado en una violación, si nace, está condenado a  sobrevivir en un mundo adverso.

Algunos autores aseveran que una política a favor del aborto libre influye significativamente en la baja de las tasas de criminalidad de un país. La eugenesia social pareciera también mezclarse en esta discusión sobre la legitimidad del aborto a todo evento y la falta de legitimidad del niño no deseado y por nacer. ¿Es el aborto en circunstancias extremas y extraordinarias como el peligro de muerte de la madre, la inviabilidad fetal de carácter letal, embarazo por violación u otra causal aceptable legal, ética y/o personalmente? Detrás de esta discusión actual en Chile subyacen dos cuestiones éticas, por cuanto son personales, de profunda convicciones morales, por cuanto nuestros actos afectan a otros.

Primeramente me pregunto si puede y debe un profesional de la salud oponerse a una decisión del Estado, cuando esta decisión vulnera sus más profundas y personales creencias sobre la vida? En segundo lugar me pregunto si el Estado debe y puede obligar a un profesional de la salud a realizar actos que son aceptados por la sociedad, pero rechazados por este profesional por motivos éticos filosóficos y/o religiosos? ¿Son los  profesionales que se niegan a realizar un aborto a mujeres violadas discriminadores de estas mujeres, quebrantadores de la ley? ¿Son las mujeres embarazadas como resultado de una violación seres éticamente reprochables, por anteponer egoístamente su situación social y psicológica por sobre la vida de un niño por nacer? ¿Y en qué categoría ética se sitúan las mujeres y hombres que abogan por el aborto libre?

La realidad en Chile tiene matices que nos hacen olvidar que aún en la situación más vejatoria que puede sufrir una mujer, como es la violación, el niño gestado en esta situación no es el culpable, sino también una víctima. Al revisar las estadísticas del Minsal sobre los abortos en Chile, encontramos en el análisis de sus detalles, a veces al diablo y a veces también a Dios. Son 37 las mujeres en el país que, desde que rige la ley de aborto, han quedado embarazadas producto de violaciones y han optado por interrumpir la gestación. Y cerca de la mitad del grupo, 15 casos en total, son jóvenes menores de 18 años que han recurrido a la tercera causal de la normativa. Los datos del Minsal muestran que además hubo 27 mujeres que, pese a presentar alguna de las tres condiciones para interrumpir sus embarazos, decidieron continuar con ellos: ocho en la primera causal, 17 en la segunda y dos en la tercera. Poco o nada se difunde en los medios de comunicación sobre los programas de acompañamiento que incluye apoyo psicosocial y psiquiátrico a las mujeres que por alguna de las tres causales están pensando abortar, pero aún no se han decido. Los resultados de este programa, cuando existe en el recinto hospitalario, son que sobre el 80% de las mujeres acogidas, acompañadas y escuchadas deciden finalmente no abortar. La ley señala que  a estas mujeres, además, se les debe ofrecer protección y representación judicial, apoyo social y económico, entre otros. Qué duda cabe, es preocupante el alto porcentaje de niñas que “sufren” (Sic!) de un embarazo por causa de una violación. ¿En qué sociedad vivimos, donde nuestras niñas son víctimas de la violencia sexual?. ¿En qué sociedad vivimos, dónde estas niñas por falta de educación sexual o temor a sus familias no denuncian este delito y no concurren a tiempo a algún consultorio a pedir ayuda?

Los sistemas de protección social, educacional y familiar para estas niñas no están funcionando. El aborto a niños gestados en una violación tensiona al máximo nuestros principios éticos, filosóficos y religiosos. Para los profesionales de la salud el debate en torno al aborto es de larga data y se remonta al siglo V a.C. Ya en el juramento hipocrático los médicos adhirieron siglos atrás a la defensa por la vida y abjuraron no apoyar y fomentar el aborto: “A nadie daré una droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer supositorios destructores; mantendré mi vida y mi arte alejado de la culpa”. ¿Objetores de conciencia, seguidores de Hipócrates, defensores de la vida? Como sea, no podemos ni como mujeres, ni como sociedad dejar solas a esas mujeres y niñas que producto de una violación llevan en su vientre la vida de un niño inocente. Cada uno según sus convicciones debe concurrir en su ayuda.