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Osvaldo Bayer, gran historiador de la Patagonia

Por Marino Muñoz Aguero domingo 1 de abril del 2018

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Por Marino Muñoz Agüero

La principal contribución de Osvaldo Bayer (sin desmerecer el conjunto de su obra) fue la investigación que inició a fines de la década de 1960 relativa a la matanza de 1500 obreros en el entonces territorio de Santa Cruz, Argentina en la década de 1920.
“No cabe la menor duda: si los estancieros no se hubieran movido en Buenos Aires, la matanza no habría ocurrido. Pero decir que los culpables fueron solamente los latifundistas que confundieron al gobierno y al Ejercito es sostener una incongruencia como si manifestáramos que la culpa de la matanza de los judíos en el Tercer Reich la tuvieron Krupp y los grandes industriales alemanes, y lavaríamos de responsabilidad a Hitler y a toda la organización represiva nazi” (Bayer, “La Patagonia Rebelde, tomo III, 1995, pag. 20). Después de siete años de investigación, Bayer concluye que la responsabilidad última, recae en la incapacidad e indefinición del Presidente Yrigoyen – o en su debilidad ante los estancieros – y en el excesivo rigor del Teniente Coronel Héctor Benigno Varela cuya misión era controlar la situación por encomendación del mandatario.
No hay una sola línea en la obra que aluda a que los estancieros (y específicamente Mauricio Braun) habrían pedido ahogar en sangre el movimiento. Esto restaría pertinencia a lo señalado por el historiador magallánico Mateo Martinic (citado en nuestra crónica del pasado domingo) quien identificaría a Bayer como el responsable de endosar a Braun la trama y ejecución de una siniestra conspiración, con el objetivo de reprimir brutalmente a los obreros. Frente a dichas afirmaciones, Martinic acusa al historiador argentino de falta de objetividad y ecuanimidad y de denostar a Braun (Martinic, “Menéndez y Braun, prohombres patagónicos”, 2001, pag. 335).
No nos parece atingente además la observación de Martinic pues antes, en 1973 y 1981 (Anales del Instituto de la Patagonia) alabó sin reservas tanto a Bayer como a su obra, no cuestionando la investigación, ni los juicios derivados, del mismo modo en que lo hace posteriormente en 2012 en su dura reseña del texto “Los Chilotes de la Patagonia Rebelde” de Luis Mansilla Pérez. Nos queda entonces la incógnita, acerca de cuál es la postura definitiva de Martinic respecto de Bayer quien, eso si, muestra a Braun como el paradigma del estanciero y derivado de aquello, se encarga de marcar muy bien la diferencia entre quienes – a su juicio – son los explotadores y quienes los explotados, pero de ahí a sindicarlo como un siniestro conspirador, hay mucho trecho.
Efectivamente Braun, como señala Martinic, intentó evitar el conflicto mayor, por lo que no encontramos justo que los dardos de la historia se concentren sólo en él y los Menéndez Behety, algo así como: “mientras ellos sean señalados con el dedo, el resto puede dormir tranquilo”, Bayer deja claro que no eran los únicos terratenientes de la Patagonia, y abunda en detalles de las acciones de otros estancieros y administradores, incluyendo en sus libros fotografías de algunos de éstos junto a Varela.
Por otra parte, el historiador argentino rechaza las interpretaciones que apuntan a que tanto Yrigoyen como Varela estaban al servicio de los “explotadores extranjeros” (Bayer, op.cit.) y va más allá: “Decir que Varela era un agente encubierto de los poderosos es cometer una injusticia, Es un argumento válido sólo para aquellos que se basan en rígidas reglas ideológicas olvidando todo lo incuestionablemente humano que rodea a cada acontecimiento. Estamos seguros de que Varela no recibió ni un cobre, ni un metro de tierra por su misión. Cuando fue muerto su familia quedó en la precariedad, llevada con dignidad” (Bayer, op.cit. pag.23). Agreguemos que Varela fue asesinado en Buenos Aires en 1923 por el anarquista Karl Gustav Wilckens.
Hubiese sido esperable conocer estos sucesos de parte de un historiador regional o nacional por algunas simples razones; gran parte de los fusilados fueron chilenos y de ellos su mayoría chilotes, luego, porque acontecieron aquí, “al otro lado del alambre”, por ejemplo, en lugares que no distan más allá de 50 kilómetros de Puerto Natales y mucho menos aún de la línea fronteriza, y en último término, porque era algo que se sabía y algunos de sus protagonistas estaban vivos y residían, ya sea en Magallanes, Chiloé o localidades cercanas de la Patagonia argentina.
Tuvo que ser Osvaldo Bayer quien nos contara la historia en contraposición a la versión oficial argentina hasta entonces vigente (oficial aclaremos, no oficialista) y llenara un vacío en nuestra historiografía regional y nacional. Ahí está su obra “Los Vengadores de la Patagonia Trágica” (posteriormente intitulado “La Patagonia Rebelde”). Es un texto impecable, serio, documentado, sin grietas en cuanto a la reconstrucción historiográfica; somos los lectores quienes debemos sacar nuestras conclusiones más allá de los juicos que el autor desliza, juicios que podremos o no compartir.
Bayer cierra su investigación clamando por los vencidos y su lugar en la historia y la memoria: “Nunca llegó la mano piadosa de algún fraile descalzo a ponerle a ninguno de ellos siquiera una cruz de palo. Ni un padrenuestro murmurado rápidamente para que Dios los perdone por la debilidad de pedir por los feos, los pobretes, la piojería”. “Pero a José Menéndez y a Mauricio Braun los recuerda perennemente la capilla del Patrocinio de San José, en el solar de Ayacucho 1064, en pleno Barrio Norte de Buenos Aires” (Bayer, “La Patagonia Rebelde”, e-book, 2015, pags. 1337 y 1338).
Nota: en 1945, con motivo de las bodas de oro de Mauricio Braun y Josefina Menéndez, ella dona la propiedad familiar y ofrece financiar la construcción de la capilla del Patrocinio de San José (en recuerdo de su padre). En la ocasión, la misa fue oficiada por el sacerdote e historiador salesiano, Padre Raul Entraigas. El matrimonio había sido consagrado en 1895 en Punta Arenas, por Monseñor José Fagnano, previo a ello Braun, judío ruso, hubo de convertirse al catolicismo.