Necrológicas
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Perder un hijo: un duelo más allá del entendimiento humano

A propósito de la última película del director Matías Bize y su protagonista Benjamín Vicuña, “La memoria del agua” presenta una de las situaciones más traumáticas que puede vivir un ser humano a lo largo de su vida: la pérdida de un hijo.
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Por Eduardo Pino viernes 11 de septiembre del 2015

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A propósito de la última película del director Matías Bize y su protagonista Benjamín Vicuña, “La memoria del agua” presenta una de las situaciones más traumáticas que puede vivir un ser humano a lo largo de su vida: la pérdida de un hijo.
Es común que nuestra aproximación a la muerte no resulte cotidiana, a menos que nuestro trabajo se relacione continuamente con este fenómeno (profesionales de la salud, policías, servicios relacionados con la  tanatología, etc.), por lo que desde nuestra cultura occidental tratamos de evadirla, no pensar en ella y asociarla a etapas postreras de nuestra existencia. Una de las razones que muchos profesionales jóvenes no se interesen en trabajar con ancianos es la inevitable asociación que hacen con la finitud de la vida.
Por eso es que nos llama la atención cuando una persona joven muere, ya que le agregamos el apellido de “prematura”, lo que resulta interesante si consideramos que esta desgracia puede pasar en cualquier momento de nuestra existencia.
La “muerte” es definida como el cese de nuestras funciones biológicas, el “duelo” como el conjunto de reacciones fisiológicas, cognitivas, afectivas e incluso sociales ante una pérdida significativa; mientras que el “luto” se enmarca en los convencionalismos culturales con que enfrentamos la muerte de seres significativos. Todo esto es para contextualizar que si bien se busca unificar conceptos y criterios, la vivencia del duelo ante una muerte de un ser importante será tan única como dolorosa para quien debe enfrentarla.
He querido introducir el tema de esta forma debido a que algunas investigaciones refieren que dentro de los duelos más complejos que debemos asumir a lo largo de nuestra existencia se encuentra el perder a un hijo. Más allá de lo difícil que es cuantificar el dolor espiritual, los relatos de los padres y madres que han pasado por este trance expresan su total desolación y falta de sentido ante esta terrible vivencia. La mayoría expresa que el dolor nunca se supera y sólo se aprende a vivir con él a cuestas. Uno de los pensamientos más recurrentes, especialmente cuando son niños o adolescentes es pensar una y otra vez cómo habría sido su vida futura, cómo se habrían proyectado con ellos en los desafíos y vivencias que iban a experimentar, además de buscar en forma persistente algo que mitigue esa sensación de injusticia que roba una felicidad  extraviada para siempre. Este ejercicio reflexivo, lleno de tristeza y persistentemente recursivo, resulta inevitable, consumiendo muchas horas y lágrimas.
Un funcionamiento esperado es que cuando un hecho o situación nos causa tanto daño, tendamos a buscar un responsable, a quien culpabilizar para lograr algún tipo de reparación. En los casos en que hay un agresor identificado que ha causado el deceso de este hijo, los deudos concuerdan que aunque una condena judicial tiende a conformar en parte sus pensamientos, el dolor no logra mitigarse, ni menos olvidarse. En los casos que el mismo hijo ha tenido responsabilidad debido a conductas temerarias, muchos padres se responsabilizan en una actitud muy autopunitiva, aunque no hayan tenido una injerencia relevante. En los casos en que sólo la mala suerte o el azar fue determinante, la búsqueda atribucional resulta compleja e inexplicable, para muchas veces revelarse y alejarse de una creencia divina, o en otras para construir un necesario refugio espiritual en ella.
En estos días que hemos recibido terribles imágenes de pequeños niños desamparados, heridos o muertos debido al conflicto sirio, simbolizados en la fotografía del cuerpo inerte de Aylan Kurdi en una playa de Turquía; además de familias completas de refugiados que mendigan una oportunidad para sobrevivir; creo que acercarnos al tema de perder a los hijos nos puede ayudar a sensibilizarnos ante el dolor ajeno, pero sobre todo, a valorar lo que tenemos para comprender que el sentido de la vida se encuentra lejos de obtener todo lo que queremos, para realmente cuidar y dedicarnos a quienes tenemos a nuestro lado.