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Pichanga de barrio

Por Juan Francisco Miranda jueves 12 de julio del 2018

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Todos quienes jugamos cuando niños a la pelota en el barrio, en la cuadra, en el recreo o en la población seguramente compartirán conmigo vivencias comunes, que de alguna u otra manera moldearon generaciones, y que al mismo tiempo fueron moldeando nuestra propia sociedad y porqué no decirlo nuestra propia vida. Hoy se juega distinto, o no se juega, más bien se compite, o se comparte menos.

¿Qué es fútbol? sino una proyección de la vida misma, donde son más comunes las derrotas o los triunfos morales, pero donde afortunadamente siempre hay una revancha, un nuevo partido, un nuevo campeonato, y una nueva ilusión. De eso se trata el fútbol y la vida. De ponerse de pie aunque se haya perdido por goleada. Ya que, ¿quién podría decir que nunca ha perdido un partido por goleada?

En tiempos de infancia para armar una pichanga sólo había que tener una pelota, pues los arcos se marcaban con piedras, y la dimensión de la cancha no era otra que el espacio donde se desarrollaban las jugadas (calles o pasajes, veredas, patios y jardines), pues la cancha siempre estaba pareja para ambos equipos. Los equipos los armaban los mejores, quienes eran reconocidos por todos incluso por el que era dueño de la pelota, quienes alternadamente iban escogiendo de mejor a menos bueno (porque todos son buenos). La idea siempre era armar equipos equilibrados, ya que mejor se pasaba teniendo una pichanga con equipos parejos. Entre gambetas y atajadas mundiales, el partido se hacía eterno y sólo terminaba con el último gol gana todo, o  cuando la pelota caía en el patio de la vecina a la que no le gustaba el fútbol. En realidad no importaba ganar, importaba jugar y pasarlo bien, que no es otra cosa que el anhelo de una buena vida donde la felicidad está hecha de detalles simples como haber participado de una buena jugada.

También los amigos se hacían fácilmente en torno a una pichanga, pues no había tanta maldita e indiscreta pregunta para buscar afinidades. La pregunta era única y simple: ¿quieres jugar? No importaba saber si tu familia era de izquierda o de derecha, cristiana o atea, con plata o pobre, si ibas en colegio particular o público. Sólo importaba saber si te gustaba defender o atacar, porque a nadie le gustaba quedarse en el arco salvo para descansar.

Así pasaban horas, días y años. Felices y sudados, alegres y confiados. Hoy aquella pichanga de barrio uno la puede ver con un poco de esfuerzo e imaginación en un trabajo, proyecto de vida, o simplemente en una manera o forma de vivir. Lo que no cambia es el sentido colectivo del juego, aunque hay que decir que no siempre está pareja la cancha, y en Chile además muchas veces la cancha tiene dueño y la pelota no es de uno.

Qué bien nos haría volver a ser niños y aplicar en nuestras vidas las mismas reglas de juego de antaño: diviértase porque lo importante no es ganar; sea generoso comparta el juego; no se lleve la pelota para la casa porque terminará jugando solo y eso no lo hará feliz; haga amigos incluso con sus adversarios porque no se trata de vida  o muerte y en el otro partido puede que terminen jugando juntos; tóquela no sea comilón pues en la próxima jugada quizás no le llegue el pase; comprométase y moje la camiseta pues el partido es hoy; y por sobre todas las anteriores, sea solidario y juegue en equipo porque es la única manera de ser feliz siempre.