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Productividad y costos de los servicios públicos

Por Gloria Vilicic Peña jueves 15 de febrero del 2018

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La productividad es un concepto abstracto, difícil de comprender  para el común de los ciudadanos  y no siempre fácil de medir. Pero en general se refiere, más o menos, a nuestra habilidad para generar bienes y servicios más eficientes a medida que pasa el tiempo: a obtener más excedentes a partir de un mismo estímulo. Y en ese sentido la productividad es un pilar básico de la prosperidad a largo plazo de un país. Algunos sectores políticos en Chile tienen, sin embargo, serios problemas cognitivos para explicar las causas de la productividad del país, en especial cuando ésta es arrastrada hacia abajo por el rendimiento deficiente del sector estatal. La izquierda neo colectivista del Frente Amplio y la Nueva Mayoría entienden que el “ESTADO”, escrito con mayúscula, es el único que puede prestar  servicios “públicos“ desinteresada y generosamente a los ciudadanos del país, sin tener que preguntarse por la “productividad“ y los “costos“ de los mismos. Los servicios ofrecidos por las empresas privadas, en cambio, están motivados por el lucro y su productividad se mide, en un mercado competitivo, por la relación de costo-precio-innovación que genera su aumento, estancamiento o declive.  La productividad de los servicios estatales y públicos es, sin embargo, más difícil de aumentar, por un fenómeno que los economistas William Baumol y Williams Bowen describieron allá por el año 1966 como  la “enfermedad de costos de Baumol” . Este fenómeno surge generalmente en las industrias de servicios, las cuales tienden a ser difíciles de automatizar, difíciles de estandarizar y dependientes de personas en particular. El aumento de la productividad de los servicios públicos en Chile ha sido posible en los últimos 20 años sólo con el aumento de la contratación de más mano de obra. Ni los médicos ni los profesores pueden atender a sus pacientes o alumnos mucho más rápido que hace treinta años y, si pudieran, quizá ni siquiera sería correcto que lo hicieran. El aumento de la demanda por estos servicios ha llevado entonces a un crecimiento sostenido en la contratación estatal de personal.

En  Chile de cada cinco empleos asalariados que se crean cuatro son generados por el Estado, lo cual incrementó la participación del gasto público casi cuatro veces  en el PIB   en los últimos 15 años llegando a un 25% y desacelerando la productividad nacional a menos de 1% anual en el mismo periodo .  La responsabilidad del Estado en la caída de la productividad, constató el 2017 la Comision Nacional de  Productividad , se debe a  frenos estratégicos como los relacionados con el desaprovechamiento del capital humano debido a un sistema de formación y capacitación deficientes,  fallas de mercado, como la existencia de regulaciones inadecuadas o excesivas, mercados poco competitivos y falta de crédito de largo plazo, especialmente para empresas nuevas o de menor tamaño; y, por sobre todo, frenos institucionales, como la ausencia de un Estado moderno. El Estado crece en tamaño y costos, pero no así su eficiencia. Un debate serio sobre los servicios públicos  debería, a mi parecer, contener al menos tres puntos: primero, los problemas de la productividad de los servicios públicos, sean estos administrados por el Estado o por privados, y su financiamiento a través de los impuestos, debe ser un punto inexcusable y de largo plazo; segundo, el costo de la incapacidad del Estado de mantener la productividad del sector público cerca de la tendencia de crecimiento de largo plazo en Chile; y tercero, la enfermedad de costos de Baumol y la enorme presión alcista de largo plazo que pone sobre el porcentaje impositivo respecto al Pib. Esto hace imposible esquivar la pregunta sobre si el Estado podrá seguir proveyendo, a largo plazo, los servicios “públicos“ que hoy provee. El Estado no maneja la economía, pero los gobiernos de turno sí inciden en ella y en la calidad de vida de cada uno de nosotros. El comportamiento de la productividad es importante porque la evidencia sobre una relación positiva entre productividad y bienestar es contundente. Los países que alcanzan mayores niveles de productividad exhiben también niveles de producto per cápita más altos, los que están asociados con mayores niveles de calidad de vida; mayores salarios y mejores oportunidades laborales; más recursos disponibles para bienes y servicios más variados y de mayor calidad; más tiempo libre para las personas; más y mejor salud y educación; más bienes públicos; y, finalmente, un entorno menos contaminado y más sustentable. La enfermedad de costos de Baumol nos sigue recordando que es imprescindible discutir sobre la eficiencia de los servicios públicos. Sólo la izquierda neocolectivista sigue evadiendo, ignorando o desconociendo la relación entre los servicios publicos, los costos asociados a éstos y  productividad nacional.