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PSU: ¿el sillón de don Otto?

Por Eduardo Pino viernes 29 de diciembre del 2017

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Cuenta la leyenda que don Otto llegó más temprano de lo acostumbrado a su casa. Cuando abrió la puerta sorprendió a su mujer abrazada y besándose con otro hombre en el sillón. Furioso por la situación, don Otto tomó drásticas medidas para no volver a experimentar nunca más esa terrible escena: vendió el sillón. Más allá de lo gracioso o no que nos parezca este típico y repetido chiste alemán, nos deja claramente establecida la deficiente atribución que se puede llegar a realizar acerca del origen de un problema.
Los resultados de la PSU una vez más vienen a cuestionar la pertinencia de su aplicación, la validez de sus resultados y especialmente la equidad que se busca implementar en la selección universitaria.
Quienes se encuentran sobre los 30 años rindieron la fenecida PAA, que como su nombre lo expresaba, evaluaba Aptitudes, entendidas como capacidades o habilidades. En otras palabras, sabías o no sabías. Quienes especialmente la rendimos en los 80s y primera parte de los 90s, esta PAA simbolizaba un hito que generaba un alto grado de ansiedad. Eran otros tiempos, sin la vasta oferta de Universidades Privadas o múltiples sedes que tenemos hoy en día. Esto le confería a esta prueba un estatus de “veredicto absoluto” acerca del futuro vocacional, debiendo prepararla exclusivamente un año más para optar a la posibilidad de ingresar al mundo universitario. Los rituales de levantarse temprano para esperar en el kiosko del barrio los diarios oficiales, contrastan románticamente con la instantaneidad actual de conocer los resultados en la palma de la mano.
El 2004 cambió de nombre esta prueba, para prometer que con su nueva cara las brechas entre estratos sociales iban a disminuir, pues ahora se iban a privilegiar el dominio de habilidades cognitivas en equilibrio con la adquisición de conocimientos. Más de una década ha pasado y las críticas al sistema de admisión a la Educación Superior siguen siendo las mismas, o muy parecidas.
Mientras algunas voces culpan directamente al instrumento evaluativo de los resultados, como el Colegio de Profesores que lo calificó como “un sesgo clasista brutal, sesgo centralista y sesgo de género”, o la Confech que expresó: “todos los años es lo mismo, quienes pueden pagar colegios particulares y buenos preuniversitarios tienen mejores resultados (…) La PSU es un mecanismo segregador, que no predice el rendimiento de los estudiantes en la universidad”; otros sectores como el Consejo de Rectores declaró: “La prueba termina mostrando las diferencias que hay en el sistema educacional y también suele producirse el error en dirigir la atención en la prueba, más que en el sistema escolar”.
Lo cierto es que hoy existen alternativas interesantes que varias Universidades Estatales ofrecen a estudiantes vulnerables, con el fin de nivelar sus competencias y conocimientos, para que con esfuerzo, dedicación y persistencia logren algo mucho más relevante que un puntaje en una prueba de selección nacional: puedan mantenerse y rendir adecuadamente en el régimen universitario. Nuestra Universidad de Magallanes muestra interesantes experiencias en este sentido, con los programas Pace y Propedéutico. Durante la Enseñanza Media los estudiantes refuerzan sus conocimientos para proyectar una vocación en la Educación Superior, más allá del puntaje que obtengan en la PSU. Los resultados de estas experiencias a nivel nacional y regional han sido positivos, demostrando que un alumno motivado y constante en sus esfuerzos académicos, ojalá acompañado por una familia y un liceo que le apoye, puede lograr sus sueños de convertirse en un profesional.
Experiencias como éstas, además de una necesaria revisión y articulación de la PSU con las políticas públicas, parecen ser medidas efectivas que ayudarán a la tan esperada justicia social. Eliminar la PSU sólo porque arroja malos resultados, parece ser sólo una versión moderna, aunque nada de graciosa, del sillón de don Otto.