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¿Queremos ciudades de luces o de sombras ?

En el siglo XVII, la seguridad era pésima en París de 1666, ciudad oscura y peligrosa, lo que lleva a Luis XIV, joven e impulsivo rey de veintiocho años, y a su ministro Colbert, a crear el cargo de Prefecto de la capital francesa. Buscaron entonces un hombre de toga y espada, culto pero ejecutivo, capaz de planificar reformas en la seguridad, pero también de reaccionar frente a inundaciones y pestes. La elección de Gabriel Nicolás de La Reynie fue muy acertada porque en treinta años transformó París en una ciudad modelo ante el resto de Europa y el mundo entero, lo que nunca había sido hasta entonces.
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Por José Luis Saavedra jueves 23 de julio del 2015

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En el siglo XVII, la seguridad era pésima en París de 1666, ciudad oscura y peligrosa, lo que lleva a Luis XIV, joven e impulsivo rey de veintiocho años, y a su ministro Colbert, a crear el cargo de Prefecto de la capital francesa. Buscaron entonces un hombre de toga y espada, culto pero ejecutivo, capaz de planificar reformas en la seguridad, pero también de reaccionar frente a inundaciones y pestes. La elección de Gabriel Nicolás de La Reynie fue muy acertada porque en treinta años transformó París en una ciudad modelo ante el resto de Europa y el mundo entero, lo que nunca había sido hasta entonces.

Hombre brillante, La Reynie determinará su primer enemigo es la suciedad, el desorden. Que es imposible manejar una ciudad donde las calles son barriales, en la que la gente arroja la basura por las ventanas, en donde las calzadas son un caos que impide el tránsito de carruajes y jinetes.

Por lo tanto, censó cada casa determinando su ubicación con exactitud, creó una comisión por barrio para mantener actualizada esa información, estableció la obligación de los habitantes de lavar y barrer la vía pública frente a sus casas, aplicó un impuesto territorial para cada propiedad y estableció el pago de multas para quienes arrojaran basura o no limpiaran la vía pública. Con esos recursos pudo comenzar a pavimentar las calles, lo que de inmediato cambió la imagen de la ciudad. El caos del tráfico céntrico también se prestaba para desórdenes y robos, para lo cual se preocupó de crear puentes sobre el Sena que facilitaran el flujo de los vehículos. También aumentó la dotación policial y sus patrullajes, convencido de que es más barato desincentivar desmanes que enfrentar desórdenes ya en proceso, por la cual creó un cuerpo de espías e informantes capaces de detectar posibles sediciones, asaltos o lo que fuera, para lo cual reguló el funcionamiento de las casas de juegos, como los lugares donde podían generarse desórdenes, sistema de control que rigió la vida nocturna de París hasta 1946, fecha muy reciente.

Es imposible detallar aquí todas las medidas preventivas, pero, por ejemplo, estableció la obligatoriedad del permiso para celebrar asambleas, el control de pesos y medidas en los mercados, el del precio de los alimentos, todas situaciones que a diario generaban reyertas. Su medida más célebre, la que deslumbró a Europa, fue la instalación de dos mil setecientas treinta y seis luminarias en 1667, lo que celebró Luis XIV con una moneda conmemorativa con la frase Securitas et nitro- Seguridad y Luz. Testimonio del efecto tranquilizador que produjo su aparición, es que al año siguiente esta medida es imitada en Londres, al subsiguiente en Amsterdam y así sucesivamente en otras capitales europeas y el resto del mundo. En treinta años, transformó París en la ciudad mejor administrada de Europa y en ese lapso esta llegó a adquirir el apelativo de Ciudad Luz. En el presente siglo XXI, falta más Nicolás de La Reynie y menos actuales autoridades negligentes. Falta ciudades de luz, en vez de estar en las sombras. Falta más seguridad, orden y tranquilidad, en vez de caos, suciedad y desórdenes. Falta autoridad ejecutiva.