Necrológicas

Querido ladrón

Por Marcos Buvinic domingo 17 de julio del 2016

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A propósito de tantas e indignantes pillerías y arreglines de otros tantos corruptos, recordé un artículo que había leído hace años, en que la víctima de un robo dirigía una carta al ladrón -le llamaba “querido ladrón”- haciéndole ver que tras el botín material que había obtenido estaba destruyendo los pilares de la convivencia humana. Revolví papeles hasta que encontré el artículo del escritor español José Luis Martín Descalzo, y me permitiré reproducir en esta columna algunos párrafos de su carta al “querido ladrón” que, tras su botín, corroe la convivencia social.
“Tú buscas -supongo- joyas, oro, dinero. Te hubieras ahorrado el trabajo de romperme el marco de la puerta de haberme conocido. Habrías sabido que el oro y las joyas me parecen las dos cosas más estúpidas del mundo. Y que, en cuanto al dinero, tengo una demoníaca habilidad para gastarlo más de prisa de lo que lo gano. No encontraste lo que no podías hallar. Y, sin embargo… me quitaste algo de mucho más valor que los diamantes. Te explicaré.
Yo he defendido siempre que la confianza es parte sustancial de la vida de los hombres; que sería preferible no vivir a hacerlo con el alma acorazada. Si no me fío de los que me rodean, y circundo mi vida y mi corazón de hilo espinado, no hago daño a quienes se acercan a mí, me lo hago a mí mismo. Un corazón desconfiado envejece de prisa. Un corazón cerrado a cal y canto está más muerto que si realmente muriese.
Durante los días siguientes al robo me seguí sintiendo extraño. Llegaba a casa con un amargo latir del corazón, imaginándome de nuevo la puerta violentada, entrando a ella con miedo a encontrarte dentro, navaja o pistola en mano. Corta sería mi confianza; capitulé al sexto día, convencido, no sé por qué demonio, de que sólo una puerta blindada devolvería la paz a mi corazón traumatizado.
Y ahí están, cerrojos, barras, planchas de acero, llaves y más llaves, todo un armamento defensivo. Ahora me siento mucho más tranquilo. Pero mucho menos hombre. Mucho menos fraterno. Y no me duele el dinero que, gracias a tu hazaña, he debido gastar. Me duele saber que ha aumentado el número de los que desconfían, de los que viven con el alma repleta de mastines”.
Hasta aquí las palabras que pedí prestadas a José Luis Martín Descalzo, recordando que la confiabilidad y la credibilidad son los pilares que sostienen relaciones humanas sanas. Cuando se mata la credibilidad entre personas e instituciones, se está abriendo la puerta para que las relaciones en la sociedad ocurran desde la violencia o la amenaza, desde el engaño y las palabras dobles, desde la atribución de intenciones o la sospecha de turbios propósitos, y todo se intenta -vanamente- de resolver a través de reiteradas judicializaciones, querellas y sumarios que no llegan a ninguna parte ni devuelven la confianza defraudada.
La fe pública está dañada y no será fácil recuperarla, sin embargo hacer verdad en los asuntos públicos es el mejor esfuerzo que podemos hacer todos los ciudadanos, pues la confianza y la credibilidad son condición indispensable para que toda persona, toda institución o el país, pueda mirar su futuro con esperanza.