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¿Realismo o sentido común?

En las últimas semanas han surgido una serie de declaraciones a raíz del sinceramiento de parte de la Presidenta y su gobierno en cuanto al cumplimiento de sus compromisos de campana y del programa. Desde voces exigentes y rimbombantes que desconocen el contexto económico por el que atraviesa el país (con crecimiento levemente superior al 2% y baja sostenida en el precio del cobre), y que no entienden de prioridades, hasta voces igualmente rimbombantes que señalan que el país está en caída libre. Ambas posiciones extremas chocan con el sentido común, porque en mi opinión ni se está cayendo al precipicio, ni se está manteniendo el statu quo. Se avanza, quizás más lentamente, pero vamos avanzando.
[…]

Por Juan Francisco Miranda jueves 16 de julio del 2015

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En las últimas semanas han surgido una serie de declaraciones a raíz del sinceramiento de parte de la Presidenta y su gobierno en cuanto al cumplimiento de sus compromisos de campana y del programa. Desde voces exigentes y rimbombantes que desconocen el contexto económico por el que atraviesa el país (con crecimiento levemente superior al 2% y baja sostenida en el precio del cobre), y que no entienden de prioridades, hasta voces igualmente rimbombantes que señalan que el país está en caída libre. Ambas posiciones extremas chocan con el sentido común, porque en mi opinión ni se está cayendo al precipicio, ni se está manteniendo el statu quo. Se avanza, quizás más lentamente, pero vamos avanzando.

Creo que la sinceridad siempre es bienvenida y necesaria, sobre todo cuando para cumplir con las expectativas de millones de chilenos se debe reformar bases de un sistema capitalista que privilegia lo individual y personal por sobre los intereses colectivos o comunes. Incluso algunos movimientos políticos o sociales privilegian sus legítimos intereses por sobre los intereses de otros chilenos en condiciones de vida peores y que no tienen ni la orgánica ni la energía para defender sus demandas (enfermos y adultos mayores por ejemplo).

Un ejemplo lo constituye el movimiento estudiantil, cuyas consignas todos valoramos, y adherimos, incluso manteniendo el objetivo final. Pero así como en la vida cuando se planifica y por las condiciones que impone la propia vida, ciertos anhelos o deseos se tienen que postergar, hoy con recursos escasos debemos pasar de la gratuidad universal a una gradualidad. Por ello, me resulta incomprensible que en condiciones económicas inciertas, se pretenda exigir que se cumpla un principio dejando de lado otro principio (en mi opinión más importante). Específicamente me refiero al principio de gratuidad universal en la educación que hoy colisiona con el principio de tener una opción preferente por los más pobres y focalizar los recursos.

La vida cotidiana impone tomar posiciones y definir prioridades. Es lo que está haciendo el gobierno, y bien en mi opinión, pues gobernar requiere tomar posiciones aunque sean dolorosas.

Para la mayoría de los chilenos, que no acceden a la educación superior, o para los que acceden a la educación superior privada y sin fines de lucro, debe resultar frustrante que se les pague la educación al 100% de los estudiantes que acceden a las universidades del consejo de rectores Cruch (que también tiene universidades privadas), y que en su mayoría proviene de establecimientos particulares o particulares subvencionados. La universalidad de la gratuidad en este caso no va en directo beneficio de quienes más lo necesitan.

Por ello sostengo que hay prioridades incluso en los principios que fundamentan un programa de gobierno, y con mayor razón en la ejecución de dicho programa. Igual de importante, incluso más, es priorizar políticas públicas que mejoren la salud, y las pensiones, y que se generen trabajos de calidad y bien remunerados.

En estos días sobran las frases populistas y demagógicas, y faltan los silencios constructivos. Falta mucho para el fin del mundo, y tampoco se está en el inicio de los tiempos. Creo que la autocrítica del Presidenta es bienvenida, necesaria, y para mí un poco tardía, pero ya está. Ahora faltan muchas otras autocríticas, en especial de aquellos que han dañado la fe pública, la imagen de las instituciones, y la confianza del pueblo.

¡Priorizar no es renunciar!