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Recordando al Dr. Domenech.

Por Marino Muñoz Aguero domingo 3 de junio del 2018

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Cuando pensamos en nuestra infancia, cual más cual menos, tiene el recuerdo del médico de la familia que llegaba con sus implementos, presto a enfrentar la contingencia del caso que generalmente se solucionaba con su sola presencia.

Si hubiera que personificar a alguno de estos médicos, al menos para mí, sería el catalán Oriol Domenech Llavallol (1923, Barcelona, España) que extrajo las amígdalas de gran parte de la población de la Patagonia chileno-argentina que hoy ronda entre los 55 y 65 años de edad; era palabra y bisturí autorizado en la materia y por esa razón, su fama literalmente traspasaba fronteras. Atendía en Río Gallegos, acá en Punta Arenas se corría la voz que era simpático (las mamás lo encontraban muy “dije”) y lo mejor era que los niños salían caminando de la operación. Se comentaba que recetaba helados y helados argentinos que no son cualquier cosa, los mejores helados del mundo, ¿viste? (de Crema de cielo, Kinotos al whisky o Dulce de leche, entre otros sabores).

Una oferta de tres días tomando helados y “gaseosas” y leyendo la revista infantil “Billiken” y la de deportes “El Gráfico” en Río Gallegos tentaban a cualquiera, ir a Gallegos a los cinco años de edad era como ir a París. Para algunos, entre ellos quien escribe esta nota, ir a Gallegos sigue siendo – incluso hasta la fecha – mejor que ir a París.

Y partimos con mi mamá; nos fuimos en un cuadrimotor DC 6B de Aerolíneas Austral, pues en ese tiempo había vuelos de esta compañía y de Aerolíneas Argentinas entre Punta Arenas y Río Gallegos en aviones “grandes”. Domenech nos recibió cordialmente en su consulta (una pieza de su casa, la primera a mano derecha de un largo pasillo) y de inmediato para mi regocijo, le señaló a mi mamá que tenía que comprar importantes cantidades de helado. Al otro día fue la operación; con anestesia local y en un sillón tipo dentista (de los antiguos). Salí caminando de la consulta y llegué caminando al Hotel “Punta Arenas”, que estaba muy cerca, en el mismo lugar donde hoy funciona; calle Federico Spurr a pasos de Av. Néstor Kirchner (Ex Roca). Iba feliz pensando en los helados, y aun no puedo olvidar la palidez en el rostro de mi madre, como si ella hubiera perdido la cantidad de sangre que yo dejé en el trámite.

En esos tres días de reposo en el Hotel fui atendido a cuerpo de rey: tomando helados, escuchando Radio Lu 14 y mirando revistas. Estuvimos dos días más en Río Gallegos, entre otras actividades me llevaron a conocer los trenes, pues en ese entonces el Ferrocarril del Carbón (que viene de Río Turbio) llegaba hasta la ciudad. Fuimos también a la embotelladora de Orange Crush que estaba en la esquina de Zapiola y Rivadavia, habida consideración de la visita a las jugueterías. Infaltable como siempre – toda una tradición – fue el paso por “La Anónima”, para comprar mantecol, calugas cremalines y los cigarrillos “Jockey Club” que nos encargó mi padre.

Al regreso, en mi pequeña maleta junto a los juguetes, traje una revista “Billiken”, que incluía un álbum del fútbol, del cual me llamó la atención la página de Racing Club de Avellaneda, que pasaba por uno de los mejores momentos de su historia dirigido por Juan José Pizzutti. Era el “Equipo de José” con sus principales figuras: Perfumo, “Coco” Basile, Maschio, “Panadero” Díaz y “Chango” Cárdenas.

Pero la historia con el Doctor Domenech no termina ahí, él llevaba un registro de sus pacientes de otras ciudades y los visitaba, una tarde apareció con su maletín y sus buenos modales en nuestra casa de la Población Fitz Roy. Luego de la revisión de rutina y el alta respectiva, compartió la mesa familiar y contó algo de su vida. Había llegado a Argentina con pasaporte falso huyendo del franquismo, estuvo preso y fue sometido a consejos de guerra. En 1952 buscando el lugar más extremo posible para refugiarse, vivió durante nueve meses en la Antártica, transformándose en el primer hombre en llegar a la cima del Monte Plymouth en la isla Greenwich. Otra de sus aventuras fue aquella, cuando para salir con vida en medio de una tormenta, le puso una pistola en la sien al comandante de la base, obligándolo a emprender la marcha minutos antes que se partiera en dos la masa de hielo en la que se encontraban. Posteriormente volvió a Europa, se casó y regresó a Argentina, trabajó en Tierra del Fuego y Río Gallegos, tuvo cuatro hijos. Se fue definitivamente de Argentina en 1970, uno de sus hijos (Ivo) se quedó en la Patagonia y es el propietario del café La Senyera en El Chaltén.      

Oriol Domenech, aun vive a sus 95 años en Barcelona (enviudó en 2013) donde se ha dedicado a la política (es independentista) y sigue ejerciendo su oficio. En 1993 a los 70 años de edad, estuvo tres meses en Bosnia ofreciendo su ayuda profesional y en 2004 escribió: “He operado en condiciones terribles, haciendo de otorrino, de cirujano general e incluso asistiendo partos. A menudo la sonrisa en la cama de un enfermo operado hacía más que muchos medicamentos, y esto es importante que lo tengan en cuenta los futuros profesionales médicos. No debemos olvidar que el paciente no sólo espera conocimientos médicos sino también sensibilidad humana” (http://www.testimoniosparalahistoria.com/entrevista/dr-oriol-domenec-llavallol/ ).

El Doctor Domenech, nos dejó en la Patagonia una gran lección de humanidad y sencillez. En lo que a mí respecta, esta lección viene indisolublemente asociada a ese hermoso viaje a Río Gallegos, cuando me hice hincha de Racing, sin tener claro hasta la fecha porqué, pues a pesar de su arrastre, la “Academia” no se destaca precisamente por sus logros deportivos, siempre anda de tumbo en tumbo y estuvo a punto de desaparecer (mi hija dice que Racing es el Santiago Wanderers en versión argentina, por algo lo dice, creo yo).