Necrológicas

Revolucionarios de Facebook

Por Juan Francisco Miranda jueves 11 de agosto del 2016

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En plena época donde el individualismo está esparcido por tantos lugares, molesta e indigna ver cuando se trata a la propiedad pública como si fuera propiedad privada. Que un bien sea público se entiende que es de todos y al mismo tiempo de ninguno. Que nadie tiene mayor propiedad respecto a otro ante este bien, y por lo tanto, el daño de dicho bien público es un atentado repudiable, y que sólo muestra la prepotencia de quien con la excusa de la libertad termina siendo un pequeño dictador.
¿Cuántos se han adueñado de ríos, lagunas, playas y lagos? ¿Cuántos se han adueñado de paredes, monumentos y plazoletas? El problema es profundo, moral y mental, pues al igual que aquel que hace cercos hasta las aguas, están también quienes rayan en forma de protesta espacios que son de todos. Es la prepotencia la que se inspira en el individualismo. El sentirse único y no ser parte de un todo, es no respetar la comunidad, lo comunitario (lo que es de todos, de aquellos de antes y de los que vendrán después). Ejemplos del legado de esos prepotentes individualistas hay en los infantiles rayados en escuelas o universidades (con la excusa de una revolución que dura hasta el viernes, o con discursos inconsecuentes que en público exigen mejorar la calidad de la educación pero en privado piden bajar las exigencias académicas). También los hay en aquellos que se adueñaron de la explotación de recursos naturales pagando chauchas o simplemente no pagando con la excusa de crear empleos. Ocurre en el caso del agua, donde los grandes derechos de agua son de pocos, llegando al extremo que son más importantes que el derecho de una comunidad a abastecerse del vital elemento.
La sociedad consumista e individualista impera y está generando crisis en diversas áreas, pues no ha sido capaz de resolver problemas comunes como el de las pensiones, el de la salud, del medio ambiente y ahora de la confianza. La desconfianza está instalada, y es el gran problema, pues sin confianza, sin fe en las personas no hay fe pública. Las consecuencias la vivimos a diario, en lo cotidiano, y duelen al igual que el silencio de quienes luchan ante este tipo de imperio. No se trata de empezar de cero, como algunos populistas de distinta edad quieren hacernos creer a través de sus frases y lemas vacóos y sin propuesta. Se trata de construir lugares comunes, con principios comunes mínimos, basados en el respeto de ellos y el cuidado de los mismos. Lamentablemente hemos visto cómo algunos que exigen respeto se les ha olvidado respetar, a algunos que exigen ser escuchados se les ha olvidado de escuchar, y a algunos que exigen por todo se les ha olvida aportar. Es la ley del embudo la que impera, es la época de exigir derechos y abandonar deberes. Es la época de pedir y exigir sin aportar o con lo mínimo. No sólo fue el siglo veinte la época del cambalache, hoy sigue más vigente que el propio tango.
Ante este panorama trágico, se hace necesario y urgente el llamado al respeto y diálogo. Que se compartan y discutan posiciones y no se acepten imposiciones. Que quienes tienen el poder transitorio de la representación actúen con responsabilidad, porque incluso la mejor opinión es debatible, y el mejor discurso puede quedar obsoleto en el tiempo. Es tiempo de entender que la excepción no puede ser la regla, y que el espacio común nos pertenece a todos y a ninguno. Es tiempo de entender que las redes sociales no son el pueblo, que la revolución no se hace en caracteres sino que parte de una evolución interior, y que necesitamos menos revolucionarios de facebook y más buenos ciudadanos en las calles, menos lemas y más propuestas, menos crítica y más construccionismo, y más respeto por lo que es de todos y de ninguno.