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Revoluti

Por Diego Benavente viernes 23 de diciembre del 2016

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Está muy entretenida y florida la contienda presidencial, con la última carta que se sumó, el comunicador Nicolás Larraín, conocido por el programa de televisión CQC o Caiga Quien Caiga, algunos creen que de seguir así la cosa, este importante desafío nacional, en lugar de carrera presidencial, será más bien una “chacra presidencial”.
Una forma de reflejar el estado del arte del país y su clase gobernante, en distintas épocas, se hace posible al recordar las frases para el bronce, a que nos tienen acostumbrados cada cierto tiempo. Sin duda, dichos como el “bajar de los patines” a los estudiantes de las escuelas, de Eyzaguirre o la “retroexcavadora para remover los cimientos del modelo”, de Quintana y el “no hay un puto peso”, del CEO de Codelco Nelson Pizarro, son herederos del “no se mueve ninguna hoja sin que yo lo sepa”, de Pinochet y del “no soy el presidente de todos los chilenos”, de Allende.
Este fenómeno enredoso de la política actual no sólo se está dando en el país, ya se ha visto recientemente con el triunfo del cómico Beppe Grillo en Italia, así como en el Reino Unido lo fue el Brexit o con Trump, en los Estados Unidos, quien de frentón le puso color a una elección de por sí fome. Desde Chile, tres canales de TV enviaron equipos completos a cubrir una elección, incluso desde distintas ciudades de EE.UU., nunca antes se había visto, ni siquiera con Obama con todo lo que aquello significaba en su oportunidad, con la irrupción por primera vez de un presidente de color.
Según lo expresa Henry Kissinger, en un matutino capitalino “el fenómeno Trump es en gran parte una reacción de la clase media norteamericana a los ataques a sus valores por parte de las comunidades intelectuales y académicas de Estados Unidos. Hay otras razones, pero esta es la más significativa”. Sin duda el pueblo norteamericano profundo, se aburrió de las elites y salió a manifestarse.
Sobre lo que acontece en nuestro país, hace muy poco, Elisa Ibáñez, directora ejecutiva de Antenna, una organización de arte y filantropía, comentaba en un suplemento dominical, que “el foco general puesto en dos elites, política y económica, está dejando fuera al resto y tienen prácticamente secuestrada la discusión: hemos instalado sus temas como los únicos relevantes, rezagando a la ciencia, el arte, la cultura, la espiritualidad y la naturaleza”. Ninguna sociedad puede progresar con una visión tan poco diversa y enfocada exclusivamente en lo político y económico.
El mundo regionalista debe ver en esto una gran oportunidad para recoger y aprender de estas experiencias que han ocurrido en distintas latitudes, donde por un lado las capas medias protagonizan el escenario político y por otro, reconocer el olvido y discriminación que sufren los electores que habitan en el país profundo. Poner foco en una clase media renovada que ya no es la de antes, así como saber interpretar lo que los territorios olvidados anhelan, es sin lugar a dudas un gran desafío para la política regionalista.
El cambio es un estado permanente y no es posible dormirse en los laureles. Concluyendo, si las cosas siguen igual, nadie podrá quejarse si la gente se rebela y vota a alguien muy distinto de lo tradicional en la próxima contienda presidencial, el caldo por lo que se huele, parece estar ya recocido.