Necrológicas
  • José Evaristo Guichapani Loncón

Se necesitan profetas

Por Marcos Buvinic domingo 11 de febrero del 2018

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Hace un par de años, escribí en este diario una columna acerca de un personaje que vuelvo a recordar. Se trata de una persona a quien los turistas que visitaban Washington llamaban “la vieja loca”, la cual llevaba muchos años acampando frente a la Casa Blanca protestando contra las armas nucleares. Claro, esos turistas no sabían que “la vieja loca” se llamaba Concepción Martín, que era española y que durante 35 años llevó a cabo una larga protesta acampando día y noche, allí, frente a la Casa Blanca en una “vigilia por la paz” contra las armas nucleares, desde el 1° de agosto de 1981. Concepción Martín -Connie, le decían- falleció hace dos años, cuando tenía 80 años de edad. 

Quienes la llamaban “la vieja loca”, ciertamente, ponían en duda su salud psíquica. Yo no sé si Connie habría pasado bien un examen psiquiátrico, no lo sé; pero sí está claro que ella sabía bien lo que es bueno y lo que es malo, no tenía necesidad que alguien le hiciese ver la importancia de la ética, tanto en la vida privada  como en la pública. Conocía al ser humano y las piruetas intelectuales de los que se engolosinan con el poder y viven de modo autocomplaciente. Durante su larga protesta, Connie fue vecina de cinco presidentes de los Estados Unidos, de quienes podía decir “son los mismos perros con distintos collares”, y aunque ella vivía una existencia incómoda -por decir lo menos-, su vida tenía un sentido que la hizo perseverar en sus demandas y así vivir y morir contenta.

En una cultura autocomplaciente y una sociedad injusta, más preocupada de la estética que de la ética, la vida y el testimonio de Connie -y de tantos otros- sacuden la inercia, la indiferencia y el autoengaño. Son los necesarios profetas cuya presencia alternativa es una crítica que abre a la esperanza de que otro mundo es posible, e invitan a pensar el futuro desde la libertad y, también, desde el amor de Dios que quiere derramarse en nuestro mundo.

Si bien los profetas surgen desde la experiencia religiosa como aquellos que muestran al pueblo creyente lo que significa una vida según el Espíritu de Dios y hacen presente la esperanza que deben buscar, también en la sociedad civil surgen -y son muy necesarios- los profetas que con su vida alternativa y su palabra crítica interpelan frente a las inercias de la injustica y urgen la necesidad de cambios frente a lo que nos parece “normal”, pero no es más que la negación de la esperanza que se quiere vivir.

Profetas como Connie, o como el Padre Hurtado -o tantos otros- son los que nos hacen presente que el futuro no es solamente la gestión de lo que hoy tenemos, sino que nos despiertan a los mejores sueños de cada persona y de cada comunidad mostrándonos que es posible una vida más humana, más según el Espíritu de Dios y, por lo mismo, más feliz. Por eso, no es casualidad que la fe cristiana proclame la presencia de Dios hecho hombre en el profeta Jesús, de quien decían en las aldeas de Galilea “un gran profeta ha aparecido entre nosotros”.

Un pueblo, una sociedad, o una Iglesia sin profetas van reduciendo su vida, su libertad y sus anhelos de felicidad a la gestión administrativa, a la astucia en los asuntos del poder, al oportunismo, a las costumbres establecidas, a una vida instalada en la autocomplacencia o en la búsqueda de beneficio individual, viviendo así prisioneros de los miedos y temores que paralizan la vida e impiden caminar hacia donde Dios quiere conducirnos. Una comunidad sin profetas es como un jardín seco que vive añorando la belleza de las flores que tuvo; así, en vez de soñar el futuro vive recordando -con cierta autocomplacencia- la belleza que se fue.

Hoy necesitamos urgentemente de profetas que con su presencia alternativa -y siempre algo incómoda- nos despierten a lo mejor de nosotros mismos y a lo que Dios nos invita a todos a vivir.