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“Setiembre” como diría mi abuelo

Por Juan Francisco Miranda jueves 6 de septiembre del 2018

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Septiembre mes de la patria, mes de la alegría y la tragedia en Chile. Es un mes donde en nuestro inconsciente colectivo está marcado como sinónimo de días de encuentro familiar, alegrías y nostalgia. Aunque el mes siga teniendo 30 días, se hace corto, o se pasa rápido, y si es junto a amistades, compañeros de trabajo o familia, más rápido se pasa y mucho mejor. Algo parecido a felicidad.

Si este año tiene un día más o menos, o si se caerá la productividad del país, o si nos merecemos tanto descanso, la verdad es que no importa mucho, pues son momentos para tender un cable a tierra y disfrutar la vida. Me gusta este mes, y aun más ver cómo el pueblo, ese que se manifiesta casi siempre silenciosamente, se conecta con su esencia, con su historia, con la niñez, y con la tradición.

En “setiembre”, como diría mi abuelo, todos somos rotos chilenos. Incluso los que viven en lugares más altos, o que se creen que viven más cerca del cielo. Todos celebramos la tradición de un país acostumbrado a las tragedias o desastres naturales, y también a desastres no tan naturales. En septiembre se quebró la democracia, se murieron Carrera, Balmaceda y Allende, y miles de chilenos perseguidos más por la fuerza que la razón. Pero también en este mes irrumpe la primavera.

Sin embargo, en este mes se ha dado una discusión absurda entre actores políticos respecto a la conmemoración de los 40 años de un paso histórico de la sociedad chilena, como lo fue el plebiscito del 5 de octubre de 1988. Mucho se ha escrito y mucho se ha dicho respecto de aquel maravilloso día en el que con la fuerza de la emoción y de la razón, mis padres, tíos y abuelos, junto a millones de chilenos votaron No a un nuevo periodo de 8 años con Augusto Pinochet como presidente.

Hay fechas que quedan marcadas en nuestra propia historia, en las cuales uno puede recordar exactamente dónde estaba o con quién uno estaba cuando ocurrió el hecho. El 5 de octubre es una de ellas, y eso no le pertenece a ningún partido político, coalición de partidos, grupo o personas. Nos pertenece a cada uno, pues uno elige desde qué lugar colocarse en el tránsito histórico y con quién hacerlo, y en ello sólo impera la matriz desde la cual uno se hace, crece y vive, y las propias experiencias de vida que lo van acompañando.

Salir de una dictadura brutal y feroz como la de Pinochet, y transitar a una democracia imperfecta como todas, es un proceso que sólo se debe reconocer y valorar al considerar los contextos en los cuales se desarrolló. Es fácil criticar después de varias décadas, es fácil sumarse al resentimiento, y es más fácil aun hacerlo desde la cómoda tribuna que te da el propio sistema al que se critica. Lo difícil es colocarse en aquel momento y preguntarse qué hubiese hecho yo en ese lugar o situación.

El triunfo ante el dictador tiene muchos dueños anónimos. Fue la mayoría silenciosa del mismo pueblo que en cada setiembre sale a celebrar el mes de la patria. Fue el mismo pueblo de miles de batallas dadas a diario por tener una vida digna el que ganó. El mismo pueblo de pensiones miserables fue el que en el silencio de las urnas, a la complicidad la vistió de solidaridad y de dignidad, a la paciencia la vistió de sabiduría ante la provocación, y el mismo pueblo el que combatió al miedo con esperanza. La revolución en cada uno se hizo sin violencia, sin armas, por un deseo tan simple y tan humano como el de querer la libertad, el bienestar y la paz. Esa historia a todos nos pertenece.