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Spotligth

Por Marcos Buvinic domingo 24 de abril del 2016

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Acabo de ver la estupenda película “Spotlight” -en castellano fue titulada “En primera plana”-, recientemente ganadora del premio Oscar a la mejor película, que trata de la investigación llevada a cabo por periodistas del diario “Boston Globe” en los años 2001 y 2002, que destapó el escándalo de los abusos sexuales a menores cometidos durante años por un grupo de sacerdotes pedófilos, en Massachusetts, y que la jerarquía eclesial de Boston intentó ocultar con diversas y oscuras maniobras de encubrimiento.
La película es un estupendo y serio homenaje al buen periodismo de investigación que busca los hechos y los saca a luz, teniendo en cuenta el punto de vista y la situación de los que sufren, de los humillados, de los que no tienen voz. Es la trama de la compleja tarea de ubicarse al otro lado del poder -en este caso religioso, pero también puede ser el poder político, económico o judicial, o cualquier otro- para tratar de sacar a luz la verdad, y hacerlo cueste lo que cueste y caiga quien caiga, a pesar de las presiones que actúan para echar tierra a cualquier tipo de asuntos turbios, presiones que -desde la mirada del ciudadano común y corriente- habitualmente no se logran percibir.
Sería injusto meter a todos en el mismo saco y afirmar -como algunos pretenden- que la Iglesia es un nido de pedófilos, o que existe una red a nivel global para encubrir los abusos a menores. La política de “tolerancia cero” auspiciada por Benedicto XVI y que el Papa Francisco -junto a los responsables de Iglesias locales- intenta seguir llevando adelante es un signo de la ayuda que la Iglesia recibe de parte de todos aquellos que con seriedad buscan la verdad. En la Iglesia -en medio del inmenso dolor y la vergüenza por lo sucedido- también estamos ganando algo fundamental con todo esto: estamos aprendiendo a vivir humildemente en la verdad, porque la Iglesia no puede vivir sin la verdad.
Sin embargo, es preciso estar muy alerta frente a este tipo de situaciones de abusos en cualquier ámbito de la sociedad -en el caso de la película es el ámbito religioso, pero también puede ser a nivel familiar o político, en el sistema de educación o de salud, en las instituciones militares o deportivas, etc.- porque la reacción institucional tiende a ser la misma: cuando la víctima ha logrado rehacerse y se atreve a dar el paso de denunciar lo sucedido, los abusos son minimizados, las víctimas son ninguneadas y se trata que el caso no trascienda, apelando a que “los trapos sucios se lavan en casa” y al supuesto daño que la publicidad pueda hacer a la familia o a la institución en cuestión.
La película pone de relieve que, afortunadamente, también existen otras personas -periodistas, abogados, investigadores, sacerdotes, policías y jueces- que se empeñan en buscar la verdad. Porque, como ha repetido el Papa Francisco “la verdad es la verdad, y no puede ocultarse”. Siempre y en todo es preciso atreverse a buscar la verdad, poniendo un “foco de luz” para llegar a ella, y eso siempre requiere coraje y audacia, como lo tuvo en la realidad el equipo de periodistas que muestra la película.