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Suprema confusión que duele

Por Juan Francisco Miranda jueves 9 de agosto del 2018

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Hay heridas que duran mucho tiempo. Hay duelos que cuesta cerrar o simplemente no se cierran porque no se trata sólo del paso del tiempo. Hay dolores y tragedias que cada cierto tiempo afloran y se visibilizan, y en el caso de un país aparecen en forma de una cicatriz profunda y latente. Basta que ocurra algo que toque ligeramente la herida para que el dolor vuelva a aparecer. Es el caso del fallo de la Corta Suprema de hace unos días dejó en libertad a criminales condenados por crímenes de lesa humanidad a través de validar un indulto.

Las heridas de un país no cicatrizan sólo con el paso del tiempo, pues se requiere que además se imponga la verdad, y con ello la justicia. No se trata de quedarse pegado en el rencor o revanchismo como muchos trivializan la oscura noche de una de las dictaduras más brutales de Latinoamérica. Se trata de reconocer que sin verdad no hay justicia, y que sin justicia es imposible cerrar las heridas.

Para quienes tienen memoria frágil o selectiva, cuesta ser empático, pues en estos tiempos cuesta imaginar que haya sido real todo lo que ocurrió en la misma tierra que tantas veces cada uno de nosotros ha pisado. En una sociedad donde en redes sociales se puede decir lo que se quiera, cuesta imaginar la censura, el toque de queda, y aún más el hecho de que alguien irrumpa en tu hogar, tome detenido a algún familiar al que nunca más volverás a ver o incluso encontrar. Parece de películas, pero ocurrió. Por eso duele y se vuelven a abrir las heridas cuando un dirigente político se saca fotos con personas que muestran poleras con imágenes de un helicóptero lanzando al mar a personas detenidas por pensar políticamente diferente. Duele cuando un crimen tan horrendo como asesinar a una mujer embarazada por la espalda se busque minimizar en base al estado de salud del criminal preso que por edad avanzada se deja en libertad.

Duele ver la indignante diferencia de justicia que se imparte entre ricos y pobres, que se refleja siempre cuando los delitos de cuello y corbata quedan en libertad condicionada o cursos de ética, en contraste con delitos como vender discos pirateados o robar gallinas. Pero duele aún más ver que hay cárceles hoteles como Punta Peuco para criminales y asesinos, que además gozan de pensiones abismantemente superiores a la de sus víctimas, y que a pesar de tiempo aún no dicen todo lo que seguramente deben saber. En algunos casos de militares en retiro ni siquiera se les ha degradado como señal a la sociedad y a la propia institución, de que hay límites que nunca más deberán ser sobrepasados independientemente de las jinetas, estrellas o botones.

Hace rato que cuesta entender a la justicia que se imparte en cada sociedad y aún más en nuestro tan desigual y desequilibrado Chile. Pues no sólo se trata de la medida o condena y su proporcionalidad con el delito o crimen, sino que también se trata de la señal que se quiere dar para el presente y principalmente hacia el futuro.

Hay que avanzar, pero hay que hacerlo con sentido de nunca más. Por ello, aunque parezca poco empático, en los casos de crímenes de lesa humanidad, así como no prescriben, no debiese existir la posibilidad de indulto, sea del lado que sea el victimario o criminal. Lo que hizo la Corte Suprema no sólo confunde sino que también duele.