Necrológicas

Todos enfermos y trabajadores de la salud

Por Marcos Buvinic domingo 13 de septiembre del 2020

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¿Supiste que fulano está enfermo con el virus? Es una pregunta que se repite en estos días, en medio de la pandemia que no nos abandona. A pesar del deseo de todos, del trabajo abnegado del personal sanitario y de los “paso a paso” del desconfinamiento, el coronavirus sigue haciendo de las suyas atrapando personas y familias enteras, y arrebatando vidas. Vivimos este tiempo acompañando a los enfermos, cuidándonos mutuamente, agradeciendo el trabajo del personal sanitario, y acompañando el dolor de los que viven la partida de algún ser querido.

Este martes, 15 de septiembre, se conmemora el Día del Enfermo, que proviene del calendario de la Iglesia Católica que en ese día recuerda a la Virgen María bajo el título de Nuestra Señora de los Dolores, es la Madre de Jesús que permanece al pie de la cruz en que Jesús es ejecutado. Este día es una ocasión para renovar la conciencia de que la enfermedad será siempre compañera de nuestra vida, no sólo durante la pandemia, pues somos criaturas precarias y frágiles, limitadas y finitas, y la salud y la enfermedad son dimensiones permanentes del ciclo vital.

La enfermedad, sobre todo cuando es grave, pone en crisis toda nuestra vida y nos pone ante preguntas importantes para cada persona. Aunque la enfermedad se localice en tal o cual órgano o sistema de nuestra persona, nadie se enferma por partes, sino que nos afecta en la totalidad de nuestro ser. La enfermedad toca las dimensiones físicas, emocionales, racionales y espirituales de cada persona, pero también toca esos mismos aspectos en el entorno del enfermo y pone en acción los mecanismos sociales del sistema de salud. Es decir, la enfermedad es integral, no sólo en lo personal, sino también en lo comunitario y social.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) comprende la salud como un estado de bienestar físico, psíquico y social. Es decir, no sólo hay enfermedades que nos afectan en el plano biológico, sino también en el plano psíquico, moral, social y espiritual. No sólo hay personas enfermas, también puede haber familias enfermas, comunidades enfermas y sociedades enfermas. Algo de todo esto es lo que hemos experimentado en la violencia intrafamiliar, en la corrupción y en crisis de las instituciones, en la crisis eclesial, en el estallido social y, ahora, en la crisis sanitaria del coronavirus. La conclusión es evidente, todos estamos enfermos y vivimos en una sociedad enferma; pero también, esto significa que todos somos responsables de la salud de todos, todos somos trabajadores de la salud en el autocuidado y en el empeño por cuidar a otros, en el cuidado de la salud mental de todos, en la tarea de cuidar nuestro entorno -la Casa Común-, en la búsqueda de una sociedad más justa, más fraterna, más buena para todos, especialmente para los que sufren más duramente los efectos de una sociedad enferma por ser injusta, desigual y violenta.

En el caso de la pandemia que vivimos, a veces no podemos hacer nada para que regrese la deseada salud, pero sí mucho para mostrar nuestro afecto y cercanía. A veces basta con estar allí, junto al enfermo o al lado de la familia, con una palabra de afecto o con la sonrisa de siempre. Otros enfermos nos dirán, simplemente, que le tomemos la mano, que recemos juntos; a veces lo pedirán con sus ojos cansados, ansiosos por ver un rostro amigo. Otros no dirán nada, respirando con esfuerzo y apretando nuestra mano, fijando sus ojos en los nuestros buscando un cariño cercano.

Todos necesitamos aprender a estar junto a los enfermos, y quizás sin darnos cuenta, serán ellos los que nos ayuden a ser menos irritables y más pacientes, más atentos a escuchar y más sencillos. Tal vez nos harán comprender muchas cosas importantes de la vida, y que la vida de este mundo no es todo. Es un aprendizaje que podemos hacer mirando al Señor Jesús, que está siempre cerca de los enfermos y que restaura a cada persona en su integridad como hijo de Dios, en este mundo o en la eternidad.

También, llenos de gratitud, en muchos ha crecido una mirada nueva al personal de la salud, los que están haciendo su trabajo con generosidad y corriendo riesgos por el bien de todos y de cada enfermo. ¡Gracias!

Todos somos -en sentido amplio- trabajadores de la salud en el autocuidado y en la cercanía a los enfermos, en el cuidado de la salud mental de todos, en el cuidado del entorno que es nuestra Casa Común, y en el tarea de ir cambiando las estructuras de una sociedad enferma por las que permitan una vida más humana y digna para todos los hijos amados de Dios.