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Todos somos migrantes

Por Marcos Buvinic domingo 7 de agosto del 2016

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En las últimas semanas se ha puesto en el tapete un tema subterráneo que tiene que ver con nuestra identidad patagónica, con nuestra historia, con los valores que sostienen nuestra convivencia social, y con la situación que viven entre nosotros los nuevos migrantes, quienes -en ocasiones- tienen que soportar actitudes racistas de parte de algunos habitantes de nuestra ciudad, o sufrir -en otras ocasiones- diversas formas de exclusión y sospechas, o -cuando menos- cargar con los desprecios de quienes habitan esta ciudad que pretende ser acogedora.

¿Será que somos racistas los magallánicos?, ¿será que “se nos olvidó” que todos los que habitamos en la Patagonia -menos los miembros de los pueblos originarios- somos migrantes o descendientes de migrantes que llegaron a estas tierras atraídos por las posibilidades de trabajo y un mejor porvenir para ellos y sus familias?

Estas tierras patagónicas y la comunidad que en ella se ha ido formando ha sido acogedora con todos y a todos ha ofrecido las posibilidades de trabajo, de desarrollo personal, socioeconómico y cultural, dando origen a una sociedad variopinta que ha aprendido a convivir enriquecida con el aporte de la cultura y los valores de cada grupo de migrantes que ha llegado. Así es como llegaron los primeros, los migrantes venidos de diversos países de la Europa azotada por las guerras y la pobreza, también los venidos desde Chiloé, y los muchos “nortinos” que ahora ya se sienten patagónicos. 

Todos los que vivimos en la Patagonia somos migrantes, o somos hijos, nietos o bisnietos de migrantes que llegaron llenos de esperanzas e ilusiones con sus manos e inteligencia dispuestos al trabajo y -habitualmente- con casi nada de dinero en sus bolsillos. Somos una comunidad que se siente orgullosa de esta historia de trabajo, esfuerzo y superación, que ha tejido una hermosa red de relaciones y un modo de convivencia marcado por la cordialidad, la acogida y la ayuda mutua. 

¿Será que ahora hay algunos que se sienten dueños de Punta Arenas y con el derecho de excluir a los nuevos migrantes provenientes de Colombia o República Dominicana, otros peruanos, ecuatorianos, o de otros países?, ¿será que ahora tendremos que asumir el vergonzoso baldón de ser una ciudad racista con los que no tienen el mismo color de piel?, ¿será que -como dice el refrán- la vaca se olvidó que fue ternera?

En todo este asunto está en juego la vida, la dignidad y los derechos humanos de los nuevos migrantes y sus familias, también está en juego la calidad de los valores que animan y sostienen nuestra cultura magallánica; está en juego la fidelidad a nuestra historia y el debido respeto a nuestros mayores y sus esfuerzos como migrantes. También, para los que somos cristianos está en juego nuestra respuesta de fe al Señor Jesús que se identifica con todos los migrantes y nos dice “Yo era forastero y me acogiste”.