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Trump: la hora del diagnóstico

Por Abraham Santibáñez sábado 13 de enero del 2018

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Desde que llegó a la Casa Blanca hace justo un año (el 20 de enero) muchos expertos en política internacional han estado preguntándose cuando se iniciaría el juicio político (“impeachment”) contra Donald Trump. Después del demoledor libro de Michael Woff (“Fire and Fury: Inside the Trump White House”), los cuestionamientos subieron de tono- También cambió el enfoque. El impulso crítico se aminoró luego que el principal entrevistado del libro, el ex asesor Steve Bannon, inicialmente hombre de confianza de Trump, pusiera marcha atrás en sus dichos.
Es evidente, sin embargo, que se ha producido un cambio brutal en el escenario.
Algunos diarios europeos se han explayado en torno al tema de una eventual enfermedad sicológica del Presidente norteamericano. “La sombra de la locura se cierne sobre Trump”, tituló El País. La nota, de Carla Mascia, hizo una síntesis implacable: “El retrato que hace el periodista (Wolff) del magnate (Trump) es el de un jefe de Estado ignorante, megalómano, agresivo con sus colaboradores -que lo consideran un auténtico “idiota”- , convencido de que alimentarse con hamburguesas de Mc Donald le evitará ser envenenado. En otras palabras, una persona cuya capacidad para gobernar la primera potencia mundial es, sin duda, cuestionable”.
Desde luego no todos comparten esta apocalíptica visión. Pero, incluso quienes rechazan un diagnóstico mediático de este tipo, han debido hacerse cargo del debate.
El diario The New York Times consideró que era necesario pronunciarse editorialmente en torno a una pregunta poco habitual “¿Is Mr. Trump Nuts?”. (En su sentido original “nuts” se traduce como “nuez”, pero cualquier angloparlante entenderá la frase de manera directa: “¿Está loco -chalado, chiflado, majareta- Trump?”).
El comentario apunta a que el problema no es una eventual incapacidad mental, sino su conducta: “los presidentes no deben desafiar a los líderes de naciones hostiles con sobrenombres despectivos ni hacer alarde el tamaño de sus “botones nucleares”, no deben publicar videos que los muestren atacando violentamente a sus adversarios políticos. No deben despedir al director del FBI para frenar una investigación acerca de la posible colusión de su campaña con un gobierno extranjero para alterar los resultados electorales. Y, por cierto, no deben hablar con los periodistas para insistir que son mentalmente estables”.
Esta conducta, señala el comentario, “puede demostrar algún desorden mental, o a lo mejor no. ¿Quién sabe? Trump no ha sido sometido a ninguna evaluación mental que se sepa. Pero sí se le diagnosticara una enfermedad mental, ¿qué nos diría que no conozcamos? Hay mucha gente con desórdenes o incapacidades en los más altos niveles de la sociedad. Al revés, si al señor Trump no se le encontrara enfermedad alguna, no estaría menos capacitado para el cargo que lo que está ahora”.
Es la misma conclusión de El País: Trump es “un hombre peligroso que, lejos de ser un genio, está socavando la función presidencial y aislando cada vez más a Estados Unidos en la escena internacional”.
Duro dictamen, en suma, que sólo servirá para empeorar el nivel del debate.