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Un inmenso montón de porquería

Por Marcos Buvinic domingo 9 de septiembre del 2018

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La crisis medioambiental que afecta a Quintero es otra manifestación del descuido con que tratamos nuestra casa común; descuido en que confluyen diversos factores: el inadecuado tratamiento de residuos industriales, la desmesurada concentración de industrias altamente contaminantes, la falta de una adecuada regulación medioambiental y la ausencia de fiscalización estatal, la falta de efectivos planes de concientización y educación de la población, y… el lavado de manos de quienes pueden tener directa responsabilidad en la liberación de los agentes contaminantes, que se desentienden del fondo del problema argumentando que debe haber “zonas de sacrificio” ambiental.

Para los habitantes de Quintero, su hábitat, su mar y su aire se han convertido en un inmenso montón de porquería, tal como lo señaló el Papa Francisco en su carta sobre el cuidado de la casa común (Carta “Laudato Si”, 2015), cuando dice que “la tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería” (n° 21).

Lo que los habitantes de esta casa común esperamos es que haya un crecimiento en la conciencia de todos acerca del cuidado de nuestro hábitat, pero eso no se produce por sí solo, sino que requiere de adecuados programas de educación de toda la población, requiere de leyes que regulen adecuadamente las diversas actividades productivas y sus efectos contaminantes, y requiere de una activa fiscalización por parte de los organismos estatales involucrados.   

Pero, con la crisis medioambiental se manifiesta otra crisis, tan seria como la anterior; se trata de una crisis social que afecta a todas las comunidades que deben vivir sometidos a condiciones contaminantes que afectan la salud de las personas, el conjunto de la calidad de vida, el desarrollo de otras actividades laborales, y el progresivo deterioro del hábitat. 

Esta crisis social afecta a las comunidades pobres, a comunas y ciudades pobres que son elegidas o designadas como “zonas de sacrificio” ambiental, debiendo asumir la carga contaminante de desechos productivos o desechos de otros grupos humanos. La situación de Quintero, es la que viven los habitantes de otras comunas como Til Til, Freirina y Huasco, Coronel y otros lugares. La injusticia que se hace a los habitantes de estas comunes pobres, transformándolas en “zonas de sacrificio” es -también- parte del inmenso montón de porquería.

Con una efectiva regulación en materias de medio ambiente y una permanente fiscalización, no tendría por qué haber “zonas de sacrificio”, y en caso de que algo de ello hubiese, tendría que haber alguna adecuada compensación a sus habitantes. Pero, más aún, ¿por qué no hay “zonas de sacrificio” en las comunas, ciudades o barrios de más altos ingresos? Claro, porque el dinero hoy también compra un hábitat limpio y seguro, y eso también es parte del inmenso montón de porquería. También, en nuestra ciudad de Punta Arenas, los micro-basurales proliferan en los sectores más pobres de la ciudad, no en el centro o en los sectores de más altos ingresos.

El desafío del cuidado de la casa común es un desafío integral, es el desafío de una ecología humana, que une estrechamente la cuestión social y la cuestión ecológica. Así lo señala el Papa Francisco en su carta del año 2015 sobre el cuidado de la casa común: “cuando se habla de medio ambiente, se indica particularmente la relación que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. […] Las razones por las cuales un lugar se contamina exigen un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad. […] No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza”. (n° 139)

Sólo si tomamos en serio el cuidado de la casa común y de sus habitantes podremos dejar de vivir en un inmenso depósito de porquería, y ofrecer a todos los habitantes de nuestro país una “copia feliz del Edén”.