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Una bomba en Fátima hace 35 años

Por Marcos Buvinic domingo 6 de octubre del 2019

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Hace 35 años, en la madrugada del 6 de octubre de 1984, el barrio 18 de Septiembre de nuestra ciudad despertó convulsionado por una explosión nunca antes oída y un cuadro dantesco: una bomba de alto poder explosivo había volado la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima.

La increíble imagen de la Parroquia destruida no se borra de la memoria de los vecinos de la población. La impresión de ver ese templo, que había sido construido con esfuerzo de muchos, convertido en escombros, era poca al lado de la presencia de restos humanos repartidos en una cuadra a la redonda. Con el clarear del día pudimos recoger los restos de una persona; luego se supo que era un teniente del Ejército que con otras tres personas habían puesto la bomba, y -al parecer- explotó antes de tiempo y se llevó la vida de uno de los terroristas.

En la memoria de los vecinos antiguos de la población y de la comunidad de la Parroquia de Fátima se mantiene vivo el recuerdo de lo sucedido y de lo vivido en ese tiempo: el recuerdo del temor y la angustia de lo que podía pasar, la confusión de que cómo era posible que se atentara de ese modo contra una iglesia, la sorpresa de algunos de cómo era posible que los militares hicieran algo así, las preguntas acerca del grado de desprecio de la vida humana a que se había llegado.

A pesar de los esfuerzos por conservar la memoria de lo vivido, para las nuevas generaciones es casi una anécdota de algo que alguna vez sucedió en la Parroquia y en la población, por eso es una preocupación de muchos conservar y transmitir la memoria de lo vivido, pues no podemos olvidar que los pueblos que no conservan su memoria histórica corren el riesgo de repetir sus errores y sus dolores.

En muchos permanece abierta la pregunta de cuál es la lógica en la que la destrucción violenta de una Casa de Oración del Pueblo de Dios se transforma en un objetivo militar, y todo esto en una población periférica de una pequeña y aislada ciudad del país. La respuesta se encuentra en todas las acciones terroristas difundidas por todo el mundo; su lógica es una demencial voluntad de dominio de los demás a través de la violencia y del miedo que paralice cualquier reacción y silencie cualquier forma de oposición. Es una lógica de poder y violencia terrorista tan vieja como el ser humano.

Muchas veces hay personas que me preguntan qué es lo que ha quedado de todo eso que sucedió. Más allá de los efectos políticos y represivos que hubo en esos años, luego del bombazo en la Parroquia, me queda la pregunta acerca de qué es lo que hemos aprendido con todo lo vivido en esos años.

En la comunidad eclesial está vivo el compromiso en la defensa de la dignidad de todos los hijos de Dios: la comunidad parroquial tiene incorporado a su vida que la defensa y promoción de los derechos humanos es parte de un camino de evangelización. La Iglesia siempre ha tenido claro que la coherencia en los compromisos evangélicos implica un precio que hay que estar dispuestos a pagar en el seguimiento del Señor Jesús.

La pregunta acerca de lo aprendido se hace acuciante cuando en las calles de nuestra ciudad me topo con personas que -en esos años- sin aplaudir lo sucedido, lo justificaban con disimulo y decían “pero qué querían, si de Fátima salió el ´Puntarenazo´”, o “eso les pasó por andar provocando a los militares con los derechos humanos”. No se trata de seguir cobrando cuentas a esas personas, pero me pregunto si con el pasar de los años habrán aprendido algo, o seguirán dispuestos a justificar la demencia terrorista, ¿se reconocerán a sí mismos, en su conciencia, como cómplices intelectuales de actos terroristas?

Desde el punto de vista judicial, el caso de la bomba que destruyó la Parroquia de Fátima fue cerrado en el año 2007: fueron procesados por conductas terroristas un general y dos suboficiales en retiro, pero fueron sobreseídos por prescripción del delito; por su parte, el Ejército hizo un “mea culpa” y realizó signos reparatorios. Es decir, formalmente es un caso cerrado, pero no es así desde el punto de vista ético, pues hay dos preguntas que quedan abiertas para que las sigamos respondiendo ahora y también lo hagan las nuevas generaciones: ¿cuáles son los mecanismos ideológicos, institucionales y psicológicos que hacen posible estas demenciales conductas terroristas?, y ¿qué hemos aprendido con todo esto?