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Violencia y conciencia

Por Marcos Buvinic domingo 3 de noviembre del 2019

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En las últimas dos semanas nuestro país cambió, o mejor dicho, salió a flote el Chile real que estaba escondido bajo una fachada de bienestar, una apariencia de normalidad, un maquillaje de consumismo que ocultaba una pestilente injusticia.

Apareció, de un modo que nadie pudiese negarlo, el país de las injusticias y de las frustraciones. El país de las pensiones miserables para los adultos mayores, el país de un sistema de salud que hace agua por todos lados, el país que no logra dar educación de calidad a sus niños y jóvenes, el país de la impotencia ante la impunidad de los corruptos y de los poderosos. Como decíamos en la columna del domingo pasado, es el país donde habiéndose sembrado injusticia y desigualdad en la distribución de bienes y oportunidades, se cosecha la rabia e ira contenida de tantas frustraciones y esperanzas truncadas.

Todo esto se manifestó en las manifestaciones multitudinarias, pacíficas, con rostros descubiertos y mucha creatividad, en las que muchos -y muy distintos entre sí- han hecho sentir su descontento y la necesidad de cambios profundos en nuestro país. Pero, también se manifestó la explosión violenta de la rabia largamente contenida y las frustraciones acumuladas.

Una explosión de rabia y descontrol, ¿quién no lo ha tenido en la vida? Hasta puede ser comprensible -en ciertas ocasiones- una explosión de ira que deja salir la presión acumulada. Pero… cuando la violencia y su estela de destrucción se prologa y se cultiva como práctica social, hay algo muy profundo que está fallando.

Todos hemos sido testigos de una violencia desatada en su modo más absurdo: la destrucción por la destrucción; vandalismo, robos, saqueos y destrucción de bienes y servicios de toda la sociedad, sin tener en cuenta a nada ni a nadie, sin reconocer los derechos de nadie, y si más explicación que la fuerza descontrolada de los violentos. Pero, también, es muy importante comprender -y hay muchos a quienes les cuesta esto- que la injusticia también es una forma de violencia, y más todavía cuando esa injusticia se encuentra normalizada e institucionalizada legalmente.

Es preciso ser muy claros en que la violencia -en cualquiera de sus formas- es una violación a los derechos humanos de toda persona: la violencia de la injusticia legalizada, la violencia de la destrucción irracional, la violencia represiva, la violencia de las palabras…

La pregunta de muchos es ¿quién detendrá la violencia? También, todos sabemos que la violencia se detiene con conciencia. Así es, con conciencia de la dignidad de cada persona, con conciencia del respeto y de la justicia que cada uno merece, con conciencia de que la destrucción nos perjudica a todos, con conciencia de que no debo hacer a otros lo que no quiero hagan conmigo, y que sí debo hacer a otros lo que quiero que hagan conmigo.

Esa conciencia que detiene la violencia no nace sola, sino que se forma y se educa; siendo la familia su primer lugar de formación. Por eso, estos tiempos y estos días son especialmente significativos para dialogar acerca de los diversos tipos de violencia, y para mirar cómo estamos formando en nuestras familias la conciencia que detiene la violencia.