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“Agradezco a esta zona que me dio la opción de convertirme en una mujer realizada”

Por La Prensa Austral lunes 10 de febrero del 2020

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Lucía Muñoz Espinoza y sus 35 años de medicina en Magallanes

Nacida en Valparaíso ancló definitivamente en tierras australes luego de titularse de médico cirujano y ejercer su labor en el servicio de salud pública

Lucía del Carmen Muñoz Espinoza ha ejercido su profesión de médico en Magallanes durante treinta y cinco años.

Nació el 4 de enero de 1958 en Valparaíso. Su padre Hernán Muñoz Rodríguez, ya fallecido, fue funcionario de la Armada de Chile, institución a la cual renunció para dedicarse a la relojería. Cuando Lucía tenía seis años su progenitor fue trasladado a Arica con su esposa Luisa Espinoza, y su segunda hija, Erika, educadora de párvulos, dedicada actualmente al turismo en la Quinta Región.

Luego de pedir su retiro de la marina, su papá se instala con un taller en Arica.

Una enfermedad de Luisa les hace regresar a Valparaíso y establecerse en el cerro Playa Ancha, donde Lucía pasa su niñez y juventud.

“Estudiamos con mi hermana desde kínder en la Escuela 18 de Playa Ancha, establecimiento educacional apadrinado por la Embajada de Venezuela. Al llegar a octavo año nos fuimos al Liceo Nº3 de Niñas del mismo sector”.

“Recuerdo que en esa fecha -nuestros padres se habían separado- vivíamos con nuestros abuelos maternos, José y Zulema. Prácticamente mi abuelo se transformó en mi verdadero padre. Por su parte, mi abuela, aunque era un tanto obstinada, nos escuchaba y era nuestro paño de lágrimas y con mi madre ausente por su trabajo, nos solucionaba todos nuestros problemas. Me dio mucha pena que muriera antes que yo tuviera la capacidad económica para retribuirle su atención fraternal y constante. En mis viajes por el mundo, siempre la llevo en mi corazón y le hablo como si realmente me acompañara”.

“La vida de ese entonces fue muy difícil, ya que nos faltaba de todo pero, a pesar de la escasez en que vivíamos, éramos muy felices. Mi abuelo, jubilado de los estibadores, falleció cuando yo tenía entre 11 y 12 años y mi abuela se dedicó a la labor de costurera llevando artículos para confeccionar en su hogar. Mientras tanto, mi madre trabajaba en una tienda como dependiente”.

“A la muerte de mi abuelo, mi ‘nona’ quedó a cargo de la casa, donde se vivió un verdadero matriarcado. Todas teníamos nuestras tareas y obligaciones. Con mi hermana éramos las encargadas del aseo”.

“Fue una época tan precaria que llegamos a no tener dinero para comprar algo para acompañar el pan, pero no recuerdo de haber estado triste por ello”.

“La casa de mi abuela Zulema se encontraba en la avenida del parque, -que todos conocían por ‘subida el membrillo’-, frente a un bosque de eucaliptos y hacia abajo se divisaba la caleta de pescadores se ese nombre”.

Sus estudios universitarios

La pensión bajísima de la anciana y el trabajo agobiante de su madre, determinaron que Lucía quisiera trabajar para colaborar al hogar. En sus vacaciones, mientras su hermana Erika le ayudaba a su mamá en la tienda, ella hacía tejidos, pintura en género, confección de vestidos, etc. con lo cual podía aportar económicamente al hogar.

“Ya cuando estaba en octavo año, un coordinador de otra escuela comenzó a incentivarme para que, aprovechando mis notas excelentes, pudiera ingresar a la universidad. Igualmente mi madre fue determinante al no aceptar que sólo me quedara con mis estudios de cuarto medio.

Cuando llegó la hora de dar la Prueba de Aptitud Académica, por haber estudiado en escuelita con número, iba con cierta desventaja más, afortunadamente, salí muy bien obteniendo un excelente puntaje a lo cual se agregó haber salido de la enseñanza media con una nota promedio 6,7”.

“Me gustaba el área de la salud y quería ser matrona, pero a insistencia de mi progenitora seguí medicina, siendo aceptada en la Universidad de Chile de Valparaíso. La manera de solventar mis estudios fue con préstamos y becas obtenidas en base a los bajos ingresos del hogar. En quinto año apareció el famoso crédito fiscal y debí endeudarme en sexto y séptimo para pagarlo una vez recibida de mi carrera”.

“Mi primer año fue horrible, porque un gran porcentaje de mis compañeros habían estudiado en colegios privados y todas las materias de ese año ellos ya las sabían, a lo que se agregaba que varios alumnos venían de otras carreras y se cambiaron a medicina y ya tenían un año de universidad”.

“Entonces, yo que estaba acostumbrada a obtener 6 y 7, comencé a sacar 4, lo que para mí fue muy feo, pero, gracias a Dios, pasé todos los años no reprobando ningún ramo”.

“Egresé con el título de médico cirujano y comencé a buscar trabajo de inmediato.

Estuve prestando servicios en un consultorio del Servicio de Salud a partir del mes de mayo de 1983”.

“Contraje matrimonio del cual nacieron dos hijas, Carolina, actualmente psicóloga con desempeño en Punta Arenas y María Sofía, ingeniera en administración de empresas en la ciudad de Viña del Mar”.

“En el año 1987 trasladan a mi esposo, oficial de la Armada de Chile, a la isla Dawson. Mi problema fue que en ese lugar no tenía trabajo y sólo podía dedicarme a las labores del hogar. Me di cuenta que vivir en esa isla no era para mí, por el martirio de haberme transformado, de la noche a la mañana, en un ama de casa con todo lo que conlleva esta actividad”.

“Yo tenía conocimiento que ese lugar había sido utilizado como campo de concentración para detenidos políticos y, al llegar allí, fue angustiante para mí el imaginar que esas personas tuvieron que soportar terribles condiciones de clima, confinamiento y soledad”.

“Cuando viajábamos por avión, luego de aterrizar para trasladarnos a Puerto Harris, había que pasar por el sitio donde estaban las barracas y uno se daba cuenta de la humedad del sector que estaba enclavado entre cerros que no le permitía ni siquiera recibir la luz del sol”.

“El mar y las playas de Dawson son muy lindos y existe el poblado de Puerto Harris en el cual vivimos con mi esposo, mis dos hijas y mi hermana que, ya titulada de educadora de párvulos, se desempeñaba en la escuela del lugar”.

“Disfruté mucho el invierno porque nunca había estado en un contacto tan directo y permanente con la nieve. Cuando no se podía salir, teníamos a nuestra disposición una red privada de televisión, donde podíamos ver las noticias del día anterior.

Mi madre estuvo conmigo un poco tiempo y eso me sirvió como bálsamo a mi estado, ya que no soportaba estar sin desarrollar mi profesión de médico”.

“Siete meses alcancé a permanecer allí, rodeada de mucha gente deprimida que no sostenían relaciones de amistad entre vecinos. En Puerto Harris había un consultorio que ya tenía un doctor. Por este motivo comencé a buscar la posibilidad de trabajar en Punta Arenas y la municipalidad me dio unas horas en el servicio de urgencias”.

“Mientras tanto, mi esposo quedó en isla Dawson con mis hijas y mi madre y pasó un tiempo en que no los vi. Para calmar mi inquietud familiar arrendé una casa y se vinieron mi mamá y mis retoñas a vivir conmigo. Pero mis problemas no acabaron allí porque cierto día mi marido me notifica que se había producido su traslado a Concepción. Para mí fue como un balde de agua fría o una gota que rebalsó el vaso y se produjo mi separación matrimonial quedándome en Punta Arenas”.

“Cuando me desempeñaba en el Hospital Regional, el colega Mario Mayanz me sugirió obtener la especialidad de anestesióloga. En esa época el doctor Gabriel González Lillo fue destinado a la Seremi de Salud y me entregaron las 22 horas que habían quedado vacantes”.

“Yo comencé con el doctor Hugo Aranda, jefe de los anestesiólogos. Para obtener la especialidad se podría optar a una beca para estudiar dos años o bien permanecer estable por cinco años en un servicio y estudiar sola y al cabo de ese tiempo postular a un examen tomado por Conacem. Opté por lo último y me autoformé con la ayuda de los colegas Marcos Olguín Contreras y Claudio Torres. Demoré en decidirme, pero al final di el examen en Santiago y recibí el título de anestesióloga en el año 2000”.

“Soy feliz con mi profesión y mis pacientes obtienen de mí, además del trato profesional, la empatía que les permite tener una gran confianza en que todo va a salir bien. Me encanta hablar con quienes se van a someter alguna intervención y darles la seguridad que los adelantos y los elementos modernos permiten que un 100% de las operaciones, logren el éxito esperado”.

“Magallanes logró despertar en mí el interés por la fotografía, una vez que mis hijas ya no vivían conmigo. Con el tiempo, las imágenes captadas en mis viajes por Chile y el mundo han sido profusamente galardonadas por páginas internacionales”.

“Soy absolutamente magallánica, llevo casi 40 años ejerciendo la medicina, en servicios de urgencias y como anestesióloga y agradezco a esta zona que me dio la opción de convertirme en una mujer realizada, (llegué con 29 años) y me regaló la única nieta, Leonor, que es el motivo de mi más profundo amor filial”.