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Bolívar Vera, pionero chileno entre suizos en Agua Fresca

Por La Prensa Austral viernes 28 de junio del 2019

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Por Mario Isidro Moreno

Dice la historia que en el año 1873 el gobernador de la Colonia de Magallanes, Oscar Viel, entró en conversaciones con el ciudadano suizo Alberto Conus, emigrado a la zona un año antes desde el cantón de Friburgo y que había solicitado una concesión de terreno junto a la bahía de Agua Fresca (bautizada así por el almirante inglés sir John Narborough, por haber encontrado en la desembocadura del río “agua corriente y rica”).

Habiéndose establecido allí el extranjero y, como parte de un convenio establecido con la primera autoridad de la Colonia, se ofreció al friburgués mediara para traer a la zona más colonos que ocuparan el sector que se denominó “Colonia Presidente Errázuriz”, destinándose 20 hijuelas para formar, según su idea, un nuevo pueblo en el litoral del estrecho de Magallanes.

Así lo comunicó el gobernador a la autoridad central: “…el terreno comprendido entre la playa i el camino que forma el frente de las hijuelas lo he aprovechado en delinear la población que figura en el plano, compuesta de manzanas regulares de una hectárea de extensión i divididas entre sí por calles de 20 metros de ancho. Cada manzana con 4 sitios”.

Es más, Viel, en reconocimiento a la gesta de los tripulantes de la goleta Ancud, había determinado bautizar con su nombre las calles: “Las diferentes denominaciones que tienen las calles y avenidas – proseguía en su informe al ministro de Colonización- las he dado queriendo recordar en este apartado lugar, nombres que serán siempre gratos a los chilenos i obra como un justo recuerdo de los primeros que tomaron posesión del Estrecho a nombre de la República».

El pueblo, como tal no prosperó, pero sí la Colonia Suiza, que tuvo una importancia relevante en la historia regional.

Otro capítulo del poblamiento del sector de Agua Fresca, nos entrega el revisar la vida de Bolívar Vera Bórquez, instalado años después en ese lugar, junto a sus padres y hermanos. “Nací en Punta Arenas el 1 de noviembre de 1937, hijo de Víctor Vera Ramírez y de Sofía Bórquez Pérez. Mi padre, oriundo de Valdivia, fue uno de los mejores sastres de Punta Arenas. Tenía su local en calle O’Higgins. Desde la ciudad del Calle-Calle traía sus ideas políticas y al llegar joven a esta ciudad se contactó de inmediato con correligionarios del Partido Radical, fundado en Magallanes por Armando Sanhueza Líbano”.

“Por el hecho de ser de esa colectividad política, el Presidente de Chile, don Pedro Aguirre Cerda, que determinó dividir algunos terrenos del sector Agua Fresca en 25 parcelas de 500 hectáreas, nos entregó una de ellas, trasladándonos allí la familia, mis padres, mis hermanos Gastón, Silvia y yo”.

“Nuestro progenitor dejó entonces su oficio de sastre y se dedicó por entero a su parcela”.

“En ese tiempo no había caminos hacia el sur y la huella llegaba sólo hasta el kilómetro 29, donde hoy está el Retén de Carabineros y nuestra parcela se ubicaba en el 41”.

“En el transporte Micalvi, de la Armada de Chile, trasladaron muchos de los elementos necesarios para construir, herramientas y además de alimentos básicos para subsistir, todo lo cual era transportado en bote hasta la playa”.

“En Agua Fresca había un hotel de propiedad de José Raijevic, y en el mismo establecimiento funcionaba una pulpería, hasta donde los parceleros llegaban a caballo a través del campo para adquirir lo necesario. Lo peligroso era que en algunas partes la huella pasaba por el sector de la playa, debiendo a veces esperar que la marea bajara para poder avanzar”.

“Con el tiempo, cuando el general Ramón Cañas Montalva hizo construir la ruta hacia Fuerte Bulnes pudimos movilizarnos mejor”.

“Un parcelero de apellido Traba, donó un trozo de terreno y en unos galpones de su propiedad, comenzó a funcionar la primera escuelita, a un kilómetro y medio de nuestro hogar, y allí concurríamos con mis hermanos y todos los hijos de nuestros vecinos, donde nos enseñaba las primeras letras doña Adela, nuestra querida profesora”.

“Fueron nuestros compañeros los Ulloa, Barría, Ampuero, Cvitanic, Muñoz, Traba, Cresp, Uyevic, Seguic, Vera, Cárdenas, Añazco, Alvarado, etc”.

“Llegó a ese colegio Pascuala, una niña kawésqar, hija del indio Juan. Este hombre y su familia visitaban mucho mi casa donde mi padre les regalaba leche y quesos, a cambio de mariscos y pescados que él nos obsequiaba. Eran sí, muy respetuosos y cuidadosos en su comportamiento. Nunca traspasaron la alambrada que rodeaba nuestra vivienda, a pesar que mi madre los invitaba. Dejaban su bote (kájef) en la playa, donde viajaba toda la familia, y allí mismo armaban su toldo con pieles curtidas de animales marinos”.

“Mi papá convenció a la niña, que ya tenía alrededor de 17 años, para que ingresara a la escuela y lo que allí aprendiera lo enseñara a su padre a fin de que no lo engañaran con las cuentas”.

“Construimos un molino de viento para tener energía eléctrica y cuando pudimos adquirir un motor le convidábamos luz hasta a los vecinos”.

“Cuando terminamos cuarto año preparatorias mi madre se trasladó con nosotros a la ciudad y vivimos en pensión, pero los fines de semana nos trasladábamos a la parcela y el lunes a primera hora, en un autito que ya mi padre tenía, regresábamos a la ciudad”.

“Ingresé luego, como interno, a la Escuela Industrial, donde al cabo de unos años me titulé como mecánico tornero y de automóviles. A los tres primeros puestos se les premiaba ingresándolos a la Empresa Nacional del Petróleo. Uno de ellos fui yo, pero deseché la posibilidad cuando convinimos con mi padre que no podía ir con sólo 13 años a trabajar a esa empresa y a cambio de ello me ofreció regalarme un camión para que lo trabajara en la parcela”.

Su casamiento

Ante el fallecimiento de su padre y habiendo quedado su mamá a cargo del campo, con el vehículo de transporte, ya de su propiedad, Bolívar Vera se dedicó a explotar la madera, vendiéndole a la Corporación de la Reforma Agraria más de cincuenta mil piquetes para los asentamientos campesinos.

Adquirió además animales, especialmente vacas lecheras para aumentar la producción de queso y acumular economías para el futuro.

“Pensando en el futuro, conocí a Rosemarie Miranda. Su padre, Rubelindo Miranda Valle, ex carabinero, junto con Gallegos, que tenía un taller de baterías en Punta Arenas, arrendaron una parcela a Floridor González y se radicó allí con su familia. Cuando trasladaban los enseres tuvieron un problema con su camión y acudieron a mí para su reparación. Le hice el trabajo y me invitaron a tomar once con panqueques. Las exquisitas tortas las había hecho su hija Rosemarie, por lo cual, caballerosamente, celebré su buena mano”.

“Un día domingo, el bus correo de Juan Figueroa, que hacía viajes hacia Agua Fresca, me llevó una carta. Abrí la misiva que decía ‘Te invito hoy a comer panqueques a mi casa. Saludos, Rosemarie’”.

“Fui a su invitación y en recompensa a su atención la llevé a conocer Fuerte Bulnes. Nos casamos en el año 1962. Tuvimos dos hijos, Marcelo, ingeniero de la Petrox en Concepción y Fabián, que se dedica a la locomoción colectiva”.

“Problemas familiares en el campo de Agua Fresca, determinaron que vendiera todos mis animales a un interesado, con el cual determinamos un precio muy razonable que a la larga me entregó otra recompensa”.

“Con el dinero adquirí una casa y necesitaba comprar o arrendar un bus para trabajarlo en recorridos de la ciudad. Pero el dinero no me alcanzó, más apareció un angel de la guarda, -el señor que me compró los animales a un valor bastante bajo- y me dice: -Quiero que me acompañes a realizar un trámite. Así lo hice y llegamos a la Agencia Dodge, donde me comunica: -Este bus te lo compré. Es tuyo. Es una recompensa a tu gesto de haberme tratado muy bien en la adquisición de tus animales. Yo no tengo hijos y esto es como si se lo hubiese adquirido a un hijo”.

“Trabajé mucho tiempo con esa máquina y, hace diez años, antes que mi esposa falleciera, la vendí y adquirí un par de colectivos, los que también con el tiempo liquidé y hoy sólo vivo de mis rentas”.

“A mis 82 años, vivo sólo en mi hogar. Tengo a mi hijo Fabián, puertas afuera. El es el administrador del refrigerador de la casa. Lo llena y lo desocupa. Cocina mis comidas y me atiende luego de sus horas de trabajo”.

“Sólo me resta agradecer a Dios que me tenga vivo y sano, con una salud a toda prueba”.