Necrológicas

Campesino, maestro normalista, músico, víctima de la dictadura

Por La Prensa Austral sábado 16 de marzo del 2019

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Juan Alberto Teneb Arcos

Los versos de una canción que entonaba el grupo “Los Ponchos Rojos fueron burdos pretextos para que el profesor estuviera encadenado en un calabozo del campamento enapino de Cerro Sombrero

Por Mario Isidro Moreno

Muchos maestros normalistas, del antiguo cuño, con una vocación a toda prueba de enseñar y servir, sufrieron los embates de la tiranía en los aciagos días del golpe militar. Los versos de una canción que entonaba el grupo “Los Ponchos Rojos”: “No me retís al niño/si anduvo tirando piedras/lo que ahora es un juego/mañana será defensa”, fueron burdos pretextos para que el profesor normalista Juan Alberto Teneb Arcos, estuviera encadenado en un calabozo del campamento enapino de Cerro Sombrero.

Para conocer esta historia, retrocedemos al día 12 de mayo de 1946, fecha en que nace en Punta Arenas el protagonista de este relato.

“Soy hijo de Juan Teneb Ibarrola, de variadas profesiones: minero del carbón, zapatero remendón, que también fabricaba calzado y parcelero. Mi padre trabajó en la mina Esperanza, en lo alto del cerro, en el sector Lynch, donde tenía como mediero al viejito Douglas. Cada día iban a buscar el mineral en un cacharrito Ford T, el cual era preparado por el ‘Chicha’ un barretero que se encargaba de tener diariamente más de una tonelada del combustible para venderlo en la ciudad. Luego, se hizo cargo de una parcela de Floridor González, en el sector de Agua Fresca, en la reciente colonia que allí se había formado”.

“En el año 1955 nos fuimos la familia para Agua Fresca, con mi madre Marina Arcos Montiel y mis hermanos Sergio y Sonia”.

Teneb integrando un conjunto musical de profesores en Cerro Sombrero.

“Como faltaba personal para trabajar el campo y mi padre nunca había desempeñado esas faenas, sólo labores de zapatero y carbonero, se fue al muelle y en el arribo de una motonave procedente de Chiloé, contrató a Juan Carlos, un joven veinteañero, para que se desempeñara en el campo. Fue un verdadero acierto, porque ese cabrito sabía de todo, sembraba, trabajaba con los bueyes, ordeñaba y hasta hacía rajones de leña en el monte. Con el tiempo, se juntó con su padre que estaba en la Argentina el cual también se incorporó al quehacer de la parcela”.

“Estudiamos en la escuela hogar de Agua Fresca. Diariamente tomábamos un carro tirado por caballo para ir a la parcela de Rajcevic, donde ahora está la Hostería Agua Fresca, a buscar 50 litros de leche que saboreábamos los alumnos junto al pancito de casa horneado en la misma escuela”.

“Luego me trasladé a la Escuela 19 ubicada en el kilómetro 40 del sector, donde estaba el profesor Enrique Miranda. Era cerquita de nuestra vivienda ya que nosotros vivíamos en el kilómetro 48 y todos los días íbamos montados a caballo a clases. Por el camino pasábamos a buscar a los Vásquez. Entrábamos a las 10 de la mañana. Desensillábamos las cabalgaduras y poníamos a pastar a los equinos. Nos entreteníamos haciendo competencias de carreras a la chilena y éramos tan audaces que solíamos montar a los caballos baguales saltando a la carrera desde nuestras cabalgaduras”.

“También explotábamos un bosque cercano a la propiedad del vecino Marcos Seguic, para hacer maderas, vigas y rajones que nos compraba la Fuerza Aérea de Chile”.

“Desde Agua Fresca nos movilizábamos en el micro de Juanito Figueroa”.

“Lo que nunca pudimos descubrir era de dónde sacaba carne un hombre al que llamaban ‘el Tordo’, porque era muy moreno. Vivía en el cerro y sólo pedía de vez en cuando a sus patrones ‘una paletita de capón’, pero cada vez que alguien lo visitaba le ofrecía unos ‘bifes’. El no tenía vacunos pero de alguna manera se las ingeniaba para proveerse de los sabrosos ‘bistocos’”.

“Me aguantaron hasta quinto año en la escuela de Agua Fresca y el sexto ya tuve que hacerlo en mi escuelita del barrio Prat. Allí viví con mis abuelos paternos Juan Teneb y Tránsito Ibarrola”.

En la naciente población 18

“Mi padre construyó una casa en la naciente población 18 de Septiembre. Traía madera de Agua Fresca y cuando ya tuvo un par de piezas terminadas, la familia se radicó allí”.

“Recuerdo que en esa época todo era pura pampa. Nosotros estábamos más arriba de lo que es ahora la calle Eusebio Lillo y, más arriba aún, estaba mi tío Armando Arcos que era el cuidador de las hijuelas municipales. Creo que fue el primer poblador. Hay una fotografía que lo muestra bajando en su carretela por la avenida Independencia, con su cuñado Juan Sánchez. Este último tenía un rancho arriba en el campo y como no le gustaba venir a la ciudad le apodaban ‘el Caiquén’”.

Conjunto de niños en Cerro Sombrero.

“Mi padre acumulaba material en la esquina de lo que antes era Independencia esquina Martínez de Aldunate, donde hoy se encuentra el Banco Estado. Le ofrecieron ese sitio pero no lo aceptó porque arriba su casa estaba en una huella que tenía entrada de vehículo”.

“Con mis hermanos, para ir a la escuela de la 18 atravesábamos la pampa y pasadito de los Carabineros llegábamos a nuestro colegio”.

“Egresé de mi enseñanza media en el Liceo de Hombres e hice dos postulaciones: una a la Escuela Normal de Victoria y otra a la Empresa Nacional del Petróleo. Me llamaron para ingresar a la Enap al mismo tiempo que llegó un telegrama donde era notificado que había sido aceptado en la Escuela Normal. Ahí tomé la decisión de mi vida: quería ser profesor”.

“Mi estadía de dos años en ese lugar fue placentero, más aún cuando con otros compañeros magallánicos formamos un trío de canto y ganamos un festival. Yo tenía el alma de músico de muy niño y mi primera presentación fue en la Escuela 15, cantando ‘Muy buenas noches señorita luna’ un tema muy en boga en ese tiempo”.

Juan Teneb (círculo) con un grupo musical integrado, entre otros, por Alberto Pagels.

“Debo decir que mi padre también influyó en mi gusto musical. Me cantaba siempre una canción que había aprendido de unos muchachos que, a inicios de los años 20, huyendo de la represión social de Argentina, uno chileno y otro trasandino, en el viaje a caballo a Punta Arenas compusieron un vals que titularon ‘Cortando Caminos’ y que cantaban en los cabarets de la época, y cuya letra dice: “El cielo es un poncho, llenito de estrellas/la noche, la pena que envuelve mi alma/mi matungo, el zaino, que busca la huella/de aquella chirusa que robó mi calma/Recorre mi fiebre distintos caminos/la añoro, la busco por los cuatro vientos/mi dulce esperanza la tronchó el destino/enredando el lazo de mi pensamiento/Como el buey que tira picaneado y triste/va rumiando el peso de su vida esclava/mientras la coyunda lo clava en el yugo/ el cansancio bruto lo muestra en sus babas/Y así voy rumbiando mientras corto campos/las ansias más locas de encontrarla un día/a ver si de golpe se apaga en su boca/esa risa loca que tanto mentía/Que triste es canejo sentir la lechuza/que grazna su orgullo de muerte o de ruina/más triste es canejo cuando la lechuza/ de dolor al gaucho le clava su espina/Y así por la senda cubierta de abrojos/yo voy tranco a tranco ahogando un resuello/esta pena mía que me duele tanto/la llevo en la frente, atada en el cuello”.

Actualmente Juan Teneb integra el conjunto Camusu Aike.

“Gabriel Santana y Rubén Cheuquelaf fueron mis compañeros musicales en la Escuela Normal, con el nombre de Los de la Patagonia pero, con otro colega puntarenense Pedro Sánchez, que llevó en ese tiempo su primer órgano electrónico, formamos una orquesta con la cual amenizábamos todas las fiestas de la localidad y alrededores; Curacautín, Pailahueque y otros pueblitos nos contrataban para los bailables de los fines de semana”.

“Una vez en Punta Arenas, en el año 1968 comencé a hacer algunos reemplazos e ingreso al conjunto folclórico del Magisterio, que se estaba iniciando. Eramos un grupo numeroso de profesores que mostrábamos la zona norte, central, campesina y Chiloé. Entre otros, pertenecían al conjunto Rubén Cárdenas Montaña y ‘Pajarito’ Velásquez. A través de este último, conseguí ir a hacer clases en la escuela de Cerro Sombrero pagado por la Empresa Nacional del Petróleo”.

De Cerro Sombrero al exilio

“Estuve en la escuela de Cerro Sombrero entre los años 1969 a 1973. Allí formamos un conjunto folclórico de profesores y también un grupo de niños cantores. Yo, igualmente cantaba como solista en los actos”.

“Vino el golpe militar y un día me manda llamar un coronel para que vaya a su presencia. Al llegar me dice:

-Hay una acusación que usted, señor profesor, ha cantado en varios actos la canción que dice: “No me retís al niño”.

-Efectivamente, la he cantado muchas veces.

-Llévenselo detenido de inmediato. Y si intenta huir, le disparan nomás.

“Hace seis años que estoy jubilado y vivo de los recuerdos de mis alumnos con los cuales me encuentro de vez en cuando. Doy gracias por ser magallánico, tierra que no la cambio por ninguna que he tenido la oportunidad de conocer”, señala Juan Teneb. Foto Rodrigo Maturana L.

“Me pasearon esposado por todo el pueblo de Cerro Sombrero y luego me dejaron en un sótano hasta que me desterraron a San Rafael, una localidad cercana a Talca. Unos pesitos que había ahorrado en Cerro Sombrero los tuve que gastar en pasajes y partir. Vivía en Talca y debía tomar el micro todos los días para ir a San Rafael, además de ir a firmar a la comisaría. Un día viernes en que se realizó un Consejo de profesores, la reunión demoró más de la cuenta y no pude llegar a firmar antes de las siete de la tarde, plazo fatal para hacerlo. Preso de nuevo”.

“En unas vacaciones de verano regreso a Punta Arenas y me quedo acá y volví a los reemplazos”.

“Contraigo matrimonio con Laura Campos, con la cual tenemos tres hijas: Liliana, Zaida y Cecilia. Además tenemos ocho nietos que nos alegran la vida y nos acompañan a veces en el campo donde sembramos, tenemos algunas gallinitas y unos animalitos para entretenernos”.

“Hace seis años que estoy jubilado y vivo de los recuerdos de mis alumnos con los cuales me encuentro de vez en cuando, especialmente muchos relacionados con la música. Por ejemplo Mario y Manuel Contreras y su hijo Javier”.

“Integro actualmente el conjunto Camusu Aike, con el cual hemos recorrido la región y también actuado en la Biblioteca Nacional y en la sala América de Santiago”.

“Volví al campo a nuestra parcela de San Juan, donde analizo los años de mi vida y doy gracias por ser magallánico, tierra que no la cambio por ninguna que he tenido la oportunidad de conocer”.