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Campesino, músico y empresario del rubro marítimo

Por La Prensa Austral domingo 11 de junio del 2017

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Pedro Sánchez Barría, “Amigo, padre, abuelo”

Mario Isidro Moreno

Una tarde, casi noche, 19,20 horas del 13 de julio de 1948, el sector de calle Serrano, entre Armando Sanhueza y Avenida España, se alertó con los vagidos de un recién nacido que había venido al mundo en medio del invierno magallánico que había cubierto con nieve el empedrado de esa arteria del barrio Sur. Ayudaron al parto las manos expertas de Ema Osorio y, horas más tarde el alumbramiento fue chequeado por el médico Exequiel Barroso.

Los datos los obtiene Pedro Sánchez Barría, de su madre, Lidia Barría Mansilla, antigua maestra, natural de Valdivia, la cual entregó 45 años a la educación, cuando ya está llegando a la centuria y que, a pesar de sus años, tiene una memoria privilegiada.

Su padre Fernando Sánchez de Vivar, natural de Achao, donde se desempeñaba como acólito de la iglesia del pueblo, se vino a la Patagonia a realizar faenas de campo, comenzando con la labor de “guaterito” en las esquilas.

Así lo expresa Pedro Sánchez en la letra de una de sus canciones más famosas: “Tu piel curtida por el viento de los campos/manos ajadas por el duro trabajo/a las espigas de forraje de oro blanco, esa es tu vida padre. Tú que fuiste pionero de esta tierra/cuando la vida era dura y hechicera/ entre malezas y coirones fuiste abriendo esa senda clara”.

A calle Serrano Nº467, hogar de los Sánchez Barría, llegaron cuatro hermanos, de los cuales sobrevivieron dos: Luis y Pedro.

“Fuimos criados por una madre educadora que, aunque muy querendona, fue capaz de corregir nuestro crecer si iba por mal camino. El árbol comienza desde la raíz y si su tronco se tuerce hay que encarrilarlo. La gente dice, -antes los niños eran más correctos-, claro que sí, porque quién enderezaba los clavos chuecos era la madre que estaba a cargo de sus hijos hasta los cinco años. Hoy, a los niños a poco de nacer, los llevan a guarderías o jardines para que “los demás los eduquen” y su mamá se desentiende de esos pequeños”.

“Yo fui a la Escuela 8, en calle Briceño esquina Señoret. Era una escuelita tan precaria que por broma decían que junto con matricularte te exigían un gato para espantar las ratas que pululaban en el edificio. Recuerdo que había un auxiliar que hacía el fuego en la mañana muy temprano para que las salas estuvieran tibias a la llegada de los alumnos. Desde segundo año ya se daba la responsabilidad a los niños con la misión de ser “semaneros”, una de cuyas obligaciones era dejar en la tarde reunidas las astillas con las cuales se encendía los calentadores media hora antes del inicio de las clases”.

“Era nuestro director el señor Villalobos. A las 10 de la mañana, en el recreo largo se nos ofrecía en los comedores un vaso de leche que había que beberlo, sin alternativa de manifestar su desagrado por ese tipo de bebida. Obligación de tomarla. Era época que no se hablaba de los “derechos humanos” inventados por la sociedad actual y que, según mi apreciación esto debe aplicarse a los “humanos derechos”, al resto fila”.

“Se enseñaba “puntualidad”. El que llegaba tarde se encontraba con la puerta cerrada y no importaba el frío que hiciera. Con los flujos nasales colgando y las orejas rojas había que esperar que al señor director se le ocurriera compadecerse y abriera la puerta, con la sentencia de “nunca más lo vuelvan a hacer”. Grandes hombres aprendieron la exactitud, la honestidad y la educación, con estos métodos de los reglazos en las manos y los tirones de patillas. Nadie egresaba traumado”.

“Pasé a la Escuela 2 y terminé en la Escuela 7, de calle Chiloé, entre Independencia y Boliviana. En esta última había en medio del patio un gran árbol al que subió mi amigo y compañero de curso Juan Carlos Riquelme y se sacó la contumelia. Hoy, está en Canadá a cargo del sistema de reciclaje de basura. Mi fase escolar secundaria finalizó en la Escuela de Hombres, de Avenida Colón”.

 

Tiempos de estancia y los

“chochos” del río Tres Brazos

 

 

Pedro Sánchez Barría, recuerda con nostalgia su época campesina.

“Mis padres tenían un campo en el sector de La Discordia: la estancia Lidia. Había que levantarse a las cinco de la mañana para asistir a la escuela, transportados en un vehículo que en invierno se le trababan los frenos debido a la escarcha, por lo cual había que viajar a dedo, caminando a veces con la nieve hasta la rodilla”.

“Un poco mayor, pero aún sin edad para obtener documentos de conducir, manejaba un vehículo de la estancia, pero al llegar a la ciudad los carabineros me detenían. Varias veces tuvo que rescatarme la tía Ema Osorio, que me trajo al mundo”.

“Recuerdo que mi madre adoraba las flores y durante mucho tiempo plantó lupinos o “chochos”, como también son conocidos, y esparció muchas semillas logrando mezclas de variados colores en el sector de nuestro campo. Con el tiempo, 30 años, eso se fue desplegando llevado por el viento hacia el mar, por la orilla del río Tres Brazos que se deslizaba por un cañadón, logrando crear un paisaje multicolor desde la estancia por ocho kilómetros hacia la playa del estrecho”.

“Eran épocas en que se realizaban paseos familiares hacia la Discordia. La gente, mientras se cocinaba el asado, premunida de un tenedor, se tendía de panza al piso en los faldeos de los cerros para darse un atracón de las más exquisitas frutillas silvestres. En el mes de febrero era la locura de los calafates. Hoy día, lamentablemente, todo ha desaparecido”.

“En esa época yo le ayudaba a mi padre en sus recorridos de los buses correo. En verano, tiempos de esquila había que realizar tres viajes en el día. El primero como a las tres de la mañana. Regresaba como a las siete y, a esa hora, conducía yo. Tuvo primero una micrito pequeña Chevrolet, para diez personas, y luego una Mercedes para 16 pasajeros que se colmaba de cacharperos hasta la parrilla del vehículo”.

“Se hacían viajes rurales hacia el norte, hasta el kilómetro 90, camino a Gallegos Chico. Mi primera parada era en el hotel Retiro, de Tres Puentes, donde yo me tomaba un vaso de leche con chocolate y mis pasajeros un vino con harina. Segunda parada Cabeza del Mar, en el hotel de los Prieto, luego en los hoteles Cruceros, y Dinamarquero, para llegar cerca del mediodía a la estancia Oazy Harbour. Regresaba cargado de corderos que enviaban a su casa los trabajadores y había que repartirlos a sus familias. También se realizaban viajes hacia la estancia Punta Delgada”.

 

 

Cómo llega a la música

 

 

Pedro Sánchez es un exitoso músico, ganador en 1990 del Festival Folclórico en la Patagonia, con su tema “Amigo, Padre, Abuelo”. Habla de sus inicios.

“Comencé a estudiar piano a los cinco años con la señora Elena Yubero, junto a toda la familia y, al final, terminamos aprendiendo mi padre y yo, con el consiguiente sacrificio para mi progenitor que debía desplazar sus manos y dedos curtidos por el trabajo rural, por las teclas del instrumento, que ocupaba un lugar especial al lado del fogón de la estancia y que él utilizaba para interpretar sus temas favoritos luego de recorrer los campos”.

“Yo quería seguir medicina y terminé estudiando música en la Universidad de Chile de la capital, tomando la pensión en una residencial muy modesta, de acuerdo a nuestro alcance económico. Busqué un lugar donde tocar el piano con el fin de obtener algunos pesos y finalmente lo encontré en el Hotel Carrera, establecimiento que poseía un instrumento de excelente calidad, que me fue facilitado y comencé a tocar mañana y tarde a la hora del cóctel, corriéndose la voz que el lugar tenía música ambiental en vivo. Comenzaron a llegar a mi algunos papelitos solicitando determinados temas, fueron tantos, que inventé un sistema para atraer el público, respondiendo el mensaje con la frase “venga mañana y lo interpreto”, así al día siguiente teníamos nuevos clientes. Una de estas respuestas la recibió por casualidad el gerente del hotel que había solicitado un tema, debiendo explicarle cual era mi intención. Le encantó la idea y me ofreció trabajo preguntándome cuales eran mis exigencias económicas. Le solicité una suite, con alimentación y un estacionamiento en el hotel. Aceptó mi propuesta y un día me dice: -¿es suyo el Mercedes Benz que está en su estacionamiento? Le tuve que confesar que yo le arrendaba el lugar al Consulado de EE.UU. y el dinero lo invertía en “matutear” para mis gastos. Un convenio establecido con la representación americana era que, cuando yo viajara a Punta Arenas, debían enviarme el vehículo con chofer para trasladarme al y desde el aeropuerto. Yo, me sentía “pobre pero con tufo a pavo”, una persona importante al cual lo dejaban y retiraban en el sector vip del terminal sin que la aduana se molestara en revisar lo que traía de Punta Arenas: lápices Parker, y “bluyines” Lee y Rangler grito y plata en Santiago”.

“En mi época de músico grabé con Alan y sus Bates, haciendo pistas para grandes artistas de Sony Music, como Leonardo Favio e integrando lo grupos musicales de alto nivel de la época”.

“Me vine a Punta Arenas a dictar clases de música en un sinnúmero de establecimientos educacionales, teniendo cientos de alumnos que recuerdo con cariño”.

 

 

 

Empresario y su relación con el mar

 

 

Su desempeño en el área marítima, que le ha dado grandes dividendos, fue una casualidad del destino.

“Postulé y me gané una beca para hacer un curso de perfeccionamiento para Supervisor General en Educación y viajé a Brasil. En mi viaje de regreso a Chile hubo un incidente en el aeropuerto de Río de Janeiro, por un aterrizaje de emergencia de un avión en cuya bodega se había abierto una lancha salvavidas, que al sacarla el personal, me fijé que tenía unas letras que decían “Diamond M Magallanes”. Al volver a Punta Arenas pasé un día por las oficinas de esta empresa, ubicadas en calle O’Higgins para decirles lo que vi en el país carioca, donde despedazaron la lancha de esa Compañía. El gerente me consultó si yo sabía algo de ingeniería industrial y yo, previendo un futuro, le respondí que no sabía nada pero si recibía un buen sueldo yo estudiaba. Le impacté tanto al empresario que me envió a Houston, Texas, EE.UU. a hacer cursos de Seguridad Industrial para especializarme en balsas de plataformas petroleras. Ahí me cambió la vida”.

“Una vez arriba del caballo, fue fácil hacerlo trotar para llegar a galopar. Tuve la suerte de poder seguir en este rubro y la parte seguridad marítima la cubrí por completo en la región; incluso las lanchas salvavidas que había en las plataformas petroleras americanas eran mías. Me hice importador y traía todos los elementos desde el extranjero. Así nació mi empresa Servinaut”.

Le consulto que al ser un magallánico que se desempeñó como campesino, músico, maestro y empresario, con cuál de las actividades se queda, y me responde:

“Lejos maestro. Aclaro la diferencia entre un maestro y un profesor. El primero hace clases porque le gusta y el profesor es el que espera el fin de mes para recibir el sueldo”.

“Les digo a los magallánicos que, cualquier labor que emprendan la hagan con cariño. A veces no importa que no todos tengan títulos, porque pueden ser buenos para desempeñar infinidad de labores para lo cual tienen capacidad. En la vida, hay que ser feliz y para serlo, hay que hacer lo que a uno le gusta y triunfará. Pongo de ejemplo a mi amigo de Canadá Juan Carlos Riquelme, al que le di un consejo: “Mire compadre, usted puede ser “limpiaguáters”, pero sea el mejor”. Hoy es el mejor recolector de basura de Toronto. Un verdadero Rey de la Basura, propietario de una empresa con 50 camiones”.

“No hay que tratar de ser ambicioso en exceso. Hay que disfrutar lo que tienes y obtener lo que quieres, con porfía, hasta lograr el virtuosismo en lo que estás haciendo”.