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Cementerio inglés

Por La Prensa Austral sábado 6 de mayo del 2017

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En el kilómetro 56,7 de la Ruta 9 Sur

Próxima al río San Juan, y al sur de la península Brunswick está la tumba del capitán Stokes, comandante del Beagle, con este epitafio: “El señor Pringle Stokes, comandante del Beagle, navío de la Real Marina de su Majestad, muerto en 1826”

Por Silvestre Fugellie,

Artículo publicado en 1997

Los trabajos hidrográficos en los mares interiores y aun exteriores del estrecho de Magallanes, ocasionaban a los marinos de la expedición científica y geográfica del comandante Felipe Parker-King una ausencia dilatada de su patria. Las naves que integraron esta misión fueron la Adventure, buque insignia, y la Beagle, comandada por el capitán Pringle Stokes. La travesía se había iniciado en el mes de mayo de 1826.

Próxima al río San Juan, a la altura del kilómetro 56,7, y al sur de la península Brunswick está la tumba del capitán Stokes con este epitafio: “El señor Pringle Stokes, comandante del Beagle, navío de la Real Marina de su Majestad, muerto en 1826”.

El capitán Stokes pasaba por un estado depresivo crítico a causa de su enfermedad y de la prolongada ausencia de su patria. Tal situación afectiva minaba su fortaleza y agravaba su salud. En un momento de nostalgia y desesperación se descerrajó un tiro en la cabeza quedando gravemente herido y, a pesar de los esmeros y cuidados del médico de la expedición y los propios del capitán Parker-King, falleció el 12 de agosto de 1828.

El cuadrángulo donde se ubica la sepultura es conocido históricamente como: “El cementerio de los ingleses”. Allí fue colocada una cruz de madera que, azotada por vendavales y ventiscas corrientes en el contorno, comenzó a deteriorarse y a perder las inscripciones. Más adelante el cementerio fue reparado por la Armada nacional.

Mientras la enfermedad agudizaba la resistencia física del capitán y le postraba en la litera, sus pensamientos y añoranzas de la Inglaterra y hogar queridos afluían a su mente con la secuencia de un batanear incesante, mermándole la resistencia. Y tal vez fue en uno de estos paroxismos cuando percutó el arma suicida y dio término a tanta angustia y tanta soledad en las abandonadas y frías aguas del laberinto magallánico.

Más de un siglo después, por la década del cuarenta, algunos curiosos alcanzaron hasta el extraño fosal -casi sin huellas identificables- en busca de restos indígenas pero, ignorantes de la finalidad de aquel pequeño santuario, cavaron la tierra y hallaron una calavera que, curiosamente, tenía una perforación en el espacio frental. Cuando constataron su error regresaron el cráneo a la sepultura.

Durante una de nuestras tertulias del pasado conversamos sobre el tema con el escritor Osvaldo Wegmann. El conocía el hecho y era un acérrimo aficionado a la arqueología. Por lo que me contó quedé convencido de que aquel hallazgo de los aprendices a arqueólogos correspondía a la venerable cabeza del viejo capitán Stokes, la que reposaba eternamente en ese lugar tan lejano de su mundo y de su hogar.

El trabajo científico de las expediciones británicas está históricamente ligado a la geografía del gran canal magallánico. A consecuencia de largas ausencias y duras tareas se producían desgracias fatales, las que motivaban a destinar un lugar de sepultura para los marinos ingleses fallecidos: “Allí, la arcilla opaca de los cementerios, marineros… ¡allí habéis enterrado al capitán!”, como decía el bíblico León Felipe.