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“Changa”, un apodo para la historia: su vida, pasión y reposo

Por La Prensa Austral domingo 3 de julio del 2016

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"Changa" y su clásico saludo militar.

“Changa” es el sobrenombre de un personaje popular puntarenense que resuena con ecos melancólicos en las memorias de los antiguos magallánicos.

Para conocer su historia, lo visité en el Hogar de Cristo, cobijo que, lejos de ser para él una ergástula que lo priva de sus tradicionales deambuleos por las calles de la ciudad que lo vio nacer, se ha convertido en un remanso de paz para el descanso de este guerrero, un ser que luchó periódicamente por la subsistencia de cada día y que hoy tiene allí no sólo pan, techo y abrigo, sino amor y ternura.

Lo llevan a muchas actividades para que se distraiga junto a otros internos del Hogar y, al ser reconocido por la gente que lo ve de nuevo caminar por esas calles que eran suyas, lo saludan y se alegran que aún tenga esa chispa que lo caracterizó como un notorio protagonista de la vida puntarenense.

Pero, es difícil hurgar en una memoria que, desgastada por el tiempo, ha ido perdiendo los recuerdos; evocaciones que llegan como chispazos de luz a su mente y que lo hacen entristecer o sonreír, en la medida de la naturaleza de la remembranza.

Para poder construir la estructura de su historia, formé un armazón con sus declaraciones, y la cubrí con relatos de vecinos, amigos y/o conocidos que tuvieron una estrecha relación con “Changa”.

Del Cerro de la Cruz

Su nombre es José Germán Tabie Saldivia. Nació un día 19 de diciembre de 1942 en el Hospital Regional de Punta Arenas, pasando su niñez en el Cerro de la Cruz, junto a una familia que un día perdió en las páginas de su memoria.

-La casa donde yo vivía estaba ubicada en calle Arauco, entre Fagnano y Errázuriz-declara.

Ese sector le entregó las mejores pistas para resbalar un trineo que, muchas veces, sus amigos le facilitaban para que deslizara sus sueños de un futuro mejor.

-Yo jugaba con otros niños del barrio –me dice. Y entorna los ojos como queriendo rescatar esos momentos de alegría, de revolcarse en la escarcha y lanzarse bolas de nieve entre los chicos del sector.

-Pasé frío y tuve que acudir al licor para entrar en calor y me acostumbré un poco a beber.

-¿Estudiaste? – le pregunto, tratando de evitar el tema alcohólico.

-Si- fue su lacónica respuesta.

Sus estudios en el Instituto don Bosco fueron interrumpidos en una juventud que ya le exigió realizar actividades para solventar sus gastos ante la ausencia de un empleo fijo, por cuanto ya en esa época comenzó a volar como un ser libre, sin ataduras ni contratos, sin jaulas ni ligaduras, o sea una vida autónoma, exenta de diarias convenciones.

La canción “Changa” del compositor regional Rodolfo Maldonado, es un fiel retrato que nos ayuda en esta historia:

“El vivió en el Cerro de la Cruz su juventud, con alegría de soñar, con la libertad a flor de piel. Durmió con frío en un rincón bebiendo la lluvia de cristal. Miró la ciudad y más allá, en humilde corazón, el sureño con valor. Sueños de tambor perdurará en sus sueños y su ley. Volverás al tiempo del querer. Changa, Changa, vive en el sur; vive en las calles donde nació. Changa, Changa, busca su pan, busca los sueños y una canción. Y hoy que la vejez acarició, se duerme son su soledad en el destierro de su tren. El pensó que todo iba a cambiar, y las muletas ahí están, prendidas en su caminar. La lluvia y el viento volverán; la inocencia de su ser en un recuerdo quedarán. Sones de tambor perdurará, en sus juegos sin parar, en sus sueños y su ley; volverás al tiempo del querer”.

Un apodo para siempre

Su apodo lo obtuvo justamente al tener que ganarse la vida realizando “changas” que son pequeños trabajos que se efectúan en forma esporádica, sin contrato.

Logró tener de alguna forma un carrito de ruedas que empujaba por los barrios, recolectando botellas, cajas y cartones que después vendía.

Sergio Flores, comenta: andaba por las poblaciones y cerca de la costanera recogiendo neumáticos, ollas, variedad de cosas y a la gente que veía le preguntaba si tenían para él una changuita.

-Cuando quedé cojo, el carro me servía para afirmarme y poder caminar bien. A veces traía el carro lleno de cosas que encontraba. Era muy fiel mi carrito-dice con ternura.

Muchos, dicen hacerlo visto en el muelle, realizando “pololitos” (sinónimo de changas). Pero nunca dejó de tener una actividad, siempre era servicial para quién le pidiera realizar algún favor, con lo cual obtenía su recompensa.

Apego por Carabineros

Su labor dominical, lo llevaba muy temprano a la Primera Comisaría de Carabineros de Punta Arenas, en calle Waldo Seguel.

Recuerda Luis Montiel Toledo, ex funcionario policial:

-Antes de las 8 de la mañana, llegaba “Changa” a la Unidad y pedía los cables de contención para ir a instalarlos en la Plaza Muñoz Gamero, en el izamiento del pabellón nacional. También se encargaba de colocar los conos para evitar que los vehículos se estacionaran en el sector donde se realizaba el desfile. Creyéndose un policía de verdad, hubo muchas veces que dirigió el tránsito en las inmediaciones del principal paseo puntarenense. Tenía una especial atracción hacia lo militar y cuando se izaba la bandera, se ponía en posición firme y saludaba con mano en visera. Se lo podía ver en el muelle como marino o también como soldado.

En la época de gloria de Los Cruzados Verdes, acompañaba al grupo en sus actuaciones y un día, inspirados en este personaje, con mi colega Germán Fabio Ulloa, compusimos una canción que en parte decía:

“Ahí viene mi Changa/la ciudad te quiere/parte del paisaje/como lo es la nieve/soldado en el cerro/marino en el muelle/también policía/ en la plaza alegre”.

Al recordarle esa época, “Changa” expresa:

-Hacían muy ricas comidas en el casino del personal de la Comisaría. Los días domingo hasta con postre. Después de la plaza iba yo a almorzar allí. Los cocineros eran “Cucharone” y “Cortito” Mansilla.

Un policía más

Un día, un amigo carabinero le regaló una casaca y una gorra usada. Fue el obsequio más preciado y luciendo esas prendas se jactaba de ser un policía más de la ciudad.

El suboficial en retiro Lorenzo Cárdenas, me cuenta: -tomaba desayuno y yo le ordenaba al personal que lo llevaran al baño y lo ducharan como corresponde. Algunos carabineros le regalaban ropa interior y otras especies personales. Se ponía contento, pero le costaba meterse al agua, así que los funcionarios lo agarraban y a la fuerza lo duchaban. Después de la ceremonia en la plaza, regresaba junto al personal y se presentaba a la Guardia; se cuadraba, y con la mano en la visera decía: – ¡Sin novedad! Era otro funcionario más. No era atrevido. El personal soltero lo invitaba a almorzar junto a ellos. Era muy querido.

Algo que sólo algunos panificadores sabían, era que “Changa”, además, se había ganado otro apodo en ese rubro: “Ay ay ay, mi pie”.

Claudio Oyarzún, antiguo panificador de la panadería Imperial, me dice:

-Siempre pasaba a solicitar un par de panes y yo por supuesto que se los obsequiaba. También iba a la panadería de los Calcutta en calle Errázuriz. Colaboraba con algunos menesteres. Un día que estaba en el sector de amasado, le cayó en una extremidad una gruesa tabla en la cual se dejaban las marraquetas para ponerlas al horno. Al sentir el dolor exclamó: ¡ay ay ay, mi pie! Quedando de ese día con ese mote para sus amigos panaderos.

Caridad del prójimo

Un par de oportunidades fue atropellado por vehículos y quedó rengo para caminar. Ello, le imposibilitó de continuar realizando algunas actividades, por lo cual se dedicó a solicitar la caridad de sus semejantes, instalándose en algunos lugares estratégicos de la ciudad.

Uno de sus lugares predilectos, era afuera de la Cordonería Suiza, de calle Errázuriz 654. María Isabel, cajera del establecimiento, comenta:

-Cuando terminaba el día, “Changuita” llevaba todas las monedas que había recolectado y yo se las cambiaba por billetes. Se iba muy feliz porque tenía para comer y comprarse su bebida predilecta: la cerveza.

Llevándolo al terreno “bebestible”, le pregunto a mi entrevistado que licor le gustaba.

-Más que nada la cerveza. Esa bebida de la mañana me ayudaba a componer la caña. La compraba en un almacén vecino que tenía por nombre Cerro de la Cruz, y cuyo dueño era Luchín. Dicen que murió. ¿Es verdad?

Faby Gantier aporta sus recuerdos de este personaje, diciendo que lo vio siempre como muy “castrense”, es decir “tirado a lo militar” y además religioso. En lo primero siempre lo vio desfilar con paso regular y mano a la visera de su gorra. Y, cuando iba a misa al Santuario María Auxiliadora, saludaba cuadrándose militarmente a la Virgen.

-No fui deportista pero me gustaba el box- me confidencia “Changa”. Iba siempre a las peleas y me colaba gratis porque mi amigo Adolfo Nancuante me dejaba entrar al gimnasio de la Confederación Deportiva.

Anécdota boxeril

Juan Carlos Nancuante, narra una anécdota al respecto:

-“El iba mucho al boxeo. Una de tantas veces, mi viejo lo hizo pasar por atrás del gimnasio cubierto. Había un camarín desocupado y dejándolo allí le dijo –espérame aquí que abra la portería. Cuando comenzó la jornada boxeril, mi papá lo fue a buscar pero no lo encontró. Se había ido a la zona del “gallinero” -la galería- y se metió en una de las casetas de transmisión de las radioemisoras. Allí lo encontró mi viejo al buscarlo bien cuando terminaron las peleas. Changa estaba durmiendo “como mazo” al lado de una cajita de tintolio. -¡Menos mal que no se cayó desde esa altura, sino otra historia estaríamos contando!

Dos informaciones dan cuenta que, a pesar de su humildad y mansedumbre, había ocasiones en que “Changa” no aguantaba “pelos en el lomo”.

Sergio Flores comenta: -recuerdo que en su juventud vivió muchos años en un lugar denominado “Los Pinos” en el sector sur playa, al lado de donde está el Lonsdale. Iba a comer al Clínico, en las Heras. Aparecía siempre por el sector de la Fitz Roy, donde los chicos lo molestábamos para que nos corriera a piedrazo limpio.

“Changa” versus “Tarzán”

Por su parte, Mauricio Guichapani, agrega: -recuerdo una pelea de “Changa” con “Tarzán”. Había un bar que se llamaba Nuevo Ritmo que quedaba en Ignacio Carrera Pinto al llegar a la Avenida España, cuando esta última arteria aún no se abría como avenida. Allí se juntaron a tomar “Changa” y “Tarzán”, este último era un vendedor de pescado que andaba con una carretilla de madera. Al calor de los tragos se enojaron y se ofrecieron combos y salieron a pelear a la calle, y como los dos eran chiquititos y maceteados se empujaban y se caían, todos los miraban y nadie se metía, al cabo de un rato se levantaban entraban al bar y seguían tomando. Era lo usual. Siempre más o menos en la mitad de la juerga lo hacían, quizás para demostrar lo valientes y fuertes que eran porque los dos eran bastante bajitos. La gente lo disfrutaba mucho.

En el año 1999, un día de invierno, 3 de julio, comenzó a ir al Hogar de Cristo.

Mario Molina, voluntario del Hogar de Cristo, aporta:

-“Changuita” comenzó a concurrir al Hogar como usuario, haciendo uso primero del Comedor fraterno” y luego a la hospedería, donde llegaba a dormir como a las diez de la noche. Era una persona muy tranquila y no molestaba a nadie. Con el tiempo quedó como “residente” definitivo en el albergue. Allí, lo visitan sólo sus amigos y algunos conocidos que al saber que está en ese lugar, lo pasan a saludar llevándole algún “engañito”.

Citamos nuevamente los versos de Rodolfo Maldonado:

“Changa: Hoy que la vejez acarició, se duerme son su soledad en el destierro de su tren. El pensó que todo iba a cambiar, y las muletas ahí están, prendidas en su caminar. La lluvia y el viento volverán; la inocencia de su ser en un recuerdo quedarán. Sones de tambor perdurará, en sus juegos sin parar, en sus sueños y su ley; volverás al tiempo del querer”.