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De carbonero a empresario taxibusero

Por La Prensa Austral domingo 17 de septiembre del 2017

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Por casi treinta años este esforzado magallánico estuvo dedicado al transporte de pasajeros en la ciudad. Sin embargo, antes también incursionó en la distribución de carbón y leña. Hoy vive un tranquilo presente en su negocio de venta de lubricantes en el barrio 18 de Septiembre

El crecimiento poblacional en las principales localidades de la Región de Magallanes y Antártica Chilena, obligó a que ciertos emprendedores se las ingeniaran para movilizar a las personas que debían trasladarse dentro y fuera de la ciudad. Terminó de esa manera el uso de las caminatas para ir al colegio, a realizar trámites o viajar por la zona o a la República Argentina.

En la memoria de los magallánicos quedaron nombres de estos vehículos de transporte público: la Barcaza, la Galgo Azul, la Rojo y Blanco o la Popular.

Uno de estos pioneros, es Fritz Donicke King, recordado empresario que dedicó gran parte de su vida a esta actividad.

“Nací en Punta Arenas el 9 de julio de 1930. Hijo de Oscar Donicke y de Augusta King, el primero de ascendencia germánica y la segunda inglesa. Mi padre era marino y realizaba viajes por el mundo. Lo sorprende la Guerra Mundial y se queda en Punta Arenas donde toma pensión en casa de un matrimonio de cuya hija, Augusta, se enamora y contraen matrimonio dando al mundo nueve hijos”.

“Nuestra vida de niños fue deambular por distintos sectores de Punta Arenas. Cuando yo nací vivíamos en la calle Yugoslavia, luego nos cambiamos a Zenteno, también a Pérez de Arce e igualmente al Río de la Mano”.

“En nuestros entretenimientos de niño nos llevaban al barrio San Miguel, por cuanto en la parroquia había un cura alemán que tenía una excelente relación con los pequeños. Mis primeros estudios los hice en la Escuela Alemana, que funcionaba en el edificio que hoy ocupa el Hogar de Cristo. Estuve allí tres años y como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial el establecimiento educacional no continuó funcionando. Tuve que trasladarme a un pequeño colegio que funcionaba en calle Arauco”.

Trabajos iniciales

“En mi época de juventud, a los 14 años, mis primeros trabajos fueron en la frutería García ubicada en calle Bories y Ecuatoriana”.

“Cuando cumplía los 18 años, mi padre compró un camión para distribuir carbón desde una bodega que tenía en calle Bellavista esquina Señoret. En el vehículo, concurríamos hasta las minas de carbón para adquirir el combustible y revenderlo. Ibamos, por ejemplo, a la mina la Chinita, que poseía un andarivel con el cual se transportaba el mineral”.

“Teníamos una excelente clientela que recorríamos frecuentemente ya que, cada quince o veinte días, sabíamos quienes necesitarían nuestra visita para proveerlos de combustible. Hacíamos hasta seis viajes diarios desde la mina, además de vender también rajones de leña”.

“Del carbón pasé al petróleo, en el año 1953 ingresé a la Corfo (Corporación de Fomento) que en ese tiempo realizaba prospecciones petroleras en diferentes lugares de la región. Puntualmente me correspondió estar en Canelo donde luego de realizar las labores quedó allí como recuerdo una torre de puro fierro”.

“Yo era conductor, de tal manera que me correspondía realizar variadas labores. Chofer de camión, tractorero de caterpillar, etc. Corfo, recibió dos máquinas tornapool, brasileras. A los conductores nos hicieron una prueba de conducir estos aparatos por un kilómetro. Yo aprobé, a pesar de mi juventud. Estuve allí tres años”.

“En esa época contraje matrimonio con Lastenia Vidal Navarro, con la cual nos conocíamos desde niño. De esta unión nacieron seis hijos: Fritz, Miguel, Lastenia, Erno, Luis y Augusta, en 65 años de matrimonio”.

“Mi hermano adquirió un camión y, como el trabajo con ese tipo de vehículos prometía, me retiré de Corfo dedicándome exclusivamente a la distribución y venta de carbón y leña”.

“Pero, también estuve prestando servicios para la fábrica de la famosa bebida La Pradera, ubicada en Avenida Colón, distribuyendo las jabas de botellas en el comercio. A mi me correspondía el barrio Sur donde repartía hasta 50 cajones diarios. La empresa me ocupaba igualmente para montar en mi camión un estanque de mil litros que llenaba en la vertiente que se ubicaba en el sector donde hoy se levanta la población del mismo nombre y que se ocupaba para elaborar la exquisita bebida regional”.

“De vez en cuando, en el patio de la fábrica jugaban pichangas de básquetbol, el joven Lorenzo Marusic y sus vecinos Stanko y Francisco Karelovic”.

En la locomoción colectiva

“Con el tiempo, le compré un micro Dodge Wayne, al recordado as del volante magallánico Esteban “Carasucia” Capkovic. Era cliente mío y lo proveía de carbón y leña. Cierto día me percaté de este vehículo que tenía abandonado en el patio de su casa ofreciéndole comprarla, a lo que accedió. Entonces cambié de rubro y me dediqué a taxibusero”.

“En ese tiempo había cuatro líneas. La de mejor resultado era la 3 que hacía recorrido desde calle Pérez de Arce hasta el barrio Yugoslavo. La línea 4 iba hacia otros sectores”.

“Inicialmente, hubo muchos trabajadores de Enap que remataron vehículos que la empresa daba de baja, dedicándose al transporte”.

“Recuerdo con nostalgia la época del Escudo. Yo andaba con una bolsa llena de monedas y billetes chicos que prácticamente no valían nada”.

“Tuve luego un micro Fiat Borgani. Llegué a tener cuatro. En aquellos años había dos agrupaciones, una de taxibuses y otra de microbuses. La primera estaba constituida por las recordadas liebres y la segunda por vehículos mayores. Las micros funcionaban con letras y los taxibuses con número”.

“En mi memoria aflora el recuerdo que desde la República Argentina se trajeron alrededor de treinta micros Mercedes Benz 1114”.

“Mi hermano Oscar Donicke comenzó con las micros, pero luego ambos éramos empresarios de la locomoción colectiva”.

“Siempre estuvimos dispuestos a colaborar con la comunidad, facilitando nuestros vehículos para el transporte de delegaciones, estudiantes, paseos, etc”.

Tiempos de cuasi guerra

“En el año 1974 se compran las micros argentinas Mercedes Benz 1114, y se consideró que en ese momento la ciudad de Punta Arenas tuvo la mejor locomoción de Chile”.

“Estas se transportaron por tierra en una caravana por sector trasandino y como ya estaba instalado el conflicto entre ambas naciones, nos revisaban bastante en la frontera, curiosos del por qué necesitábamos tanta movilización. Cuatro días demoramos desde Santiago a Punta Arenas. Eran tres grupos de diez microbuses. Lo difícil fue transitar por el famoso ‘Cañadón de la Mosca’, conocido también como ‘Cuesta de la Mosca’”.

“Cada dueño traía su vehículo y enfrentaban de a uno el peligroso paso. Era de noche, había una especie de pantano y estaba la ruta nevada. Teníamos duda de transitar y nos lamentábamos de no haber elegido venirnos por Neuquén, que es más largo el trayecto pero menos riesgoso. Uno se atrevió en la mosca y quedó empantanado. Un camión cargado de madera lo remolcó hasta sacarlo de allí. Y pudimos pasar todos. Había curvas en que para poder tomarla había que retroceder y avanzar de a poco para enfrentarla y no caer al precipicio”.

“En 1978 el Ejército contrata nuestras micros para el transporte de tropas a la frontera. Primero recibíamos a los uniformados en el aeropuerto y los trasladábamos a los regimientos y, desde allí, los transportábamos hasta la frontera”.

“Estuve casi treinta años dedicado a la locomoción colectiva”.

“El problema se produjo cuando, a Punta Arenas, que tenía el mejor parque de Chile, llegaron los colectivos, eligiendo la comunidad este tipo de movilización por su rapidez en sus desplazamientos. El otro problema fue el dólar que ante su gran aumento endeudó a gran parte de los empresarios”.

“El asunto de los Movigas, es irrisorio. Nunca me he podido explicar cómo se les ocurrió traer vehículos usados desde la capital que no duraron mucho tiempo en servicio estando la mayoría con desperfectos y no pueden prestar servicios”.

“Tuve durante mi vida muchas actividades, pero las que más me realizaron fue la labor de camionero y por supuesto en la locomoción colectiva”.

“Con mi mujer compartimos el gusto por el negocio. Mientras ella instaló un almacén de menestras, yo coloqué un lubricentro donde tengo una clientela formada especialmente por antiguos colegas con los cuales se produce una amena conversación relacionada con el rubro y afloran los recuerdos de la época hermosa que nos tocó vivir”.

“Fuimos también una de las primeras familias en llegar a este sector del barrio 18 de septiembre, en el año 1959, cuando todo esto era pampa y un pantano”.

“Me desempeñé como el primer presidente del Centro de Padres y Apoderados de la Escuela La Milagrosa. Las cuatro salas iniciales del colegio eran insuficientes para el número de alumnos, de tal manera que, gracias al esfuerzo de los vecinos levantamos un nuevo colegio. Pusimos al servicio de la obra nuestros camiones para acarrear los materiales de construcción, ayudando a que las Monjas de la Caridad, tuvieran un establecimiento educacional digno del barrio”.

“Saboreo cada día la historia de mi existencia y anhelo que mi vida pueda servir de ejemplo a mis herederos, especialmente mis catorce nietos y mis trece bisnietos, que son la prolongación de mi sangre magallánica”.