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Manuel Ascencio Vidal, destacado dirigente social, fundador del Club Deportivo Estrella Austral

Por La Prensa Austral sábado 8 de febrero del 2020

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Manuel Ascencio Vidal

Son muchas las organizaciones sociales que funcionan en nuestra Región de Magallanes y Antártica Chilena, con el sueño de mejorar el mundo en que vivimos, dando voz a la comunidad y a grupos que no cuentan de poder político o económico.

Detrás de éstas, se encuentra un actor indispensable para que puedan surgir y funcionar correctamente: el dirigente social. Este es quien orienta, motiva y une a los miembros de la organización para que pueda cumplir sus objetivos. Trabajo duro que requiere de una serie de habilidades que van desde la forma de relacionarse con los otros, hasta la capacidad para superar problemas constantes. Estos líderes saben que las transformaciones importantes las hace el grupo, por eso, deben tener una comunicación efectiva y constante con los distintos miembros para orientarlos, otorgarles información y motivarlos a actuar se hace indispensable.

Los dirigentes deben participar en conjunto con todos los miembros de la comunidad, identificándose como uno más del grupo y caracterizándose por ser abiertos y elegidos libremente por el resto, ser perseverantes y tener una firme actitud frente a la autoridad.

Uno de ellos fue el octogenario Manuel Roberto Ascencio Vidal, quién se desempeñó activamente como presidente de la Junta de Vecinos Nº19, sector 1.

Ancuditano de nacimiento, -llegó al mundo en el año 1939-, desde muy temprana edad se trasladó junto a su familia a Puerto Montt y, más tarde a Punta Arenas.

“Mi padre, Gabriel Ascencio Navarro, militar oriundo de Maullín, era funcionario del Regimiento Pudeto, de Ancud y al dividirse en dos, una parte de la unidad militar se vino a Punta Arenas, como Regimiento Pudeto y la otra quedó en Puerto Montt, como Regimiento Sangra, a cuya dotación perteneció mi papá. Entonces nos establecimos con mi madre Candelaria Vidal Reyes, ancuditana, en la capital de la provincia de Llanquihue”.

“Fuimos cinco hermanos cuatro mujeres y un solo varón, yo. De ahí que fuera criado muy consentido. No teníamos mayores complicaciones económicas porque mi padre obtuvo su retiro con una buena jubilación y, además, mis hermanas mayores trabajaban y colaboraban con el hogar. Yo era el único que estaba en casa, disfrutando de los placeres de la vida”.

“Vivíamos en el sector Las Animas Fortuoso. El origen de este nombre se atribuye al asesinato, a inicios del siglo XX, de Fortuoso Soto, habitante de Puerto Montt, el que habría sido golpeado hasta la muerte. Existen diversas leyendas que intentan explicar la causa de la golpiza, pero el hecho de haber resultado en una muerte trágica dio pie a la realización de las primeras mandas y sus consecuentes muestras de agradecimiento en el lugar de su muerte. Esto generó posteriormente una mayor atención de los visitantes del lugar, aumentando el número de recordatorios producto de los milagros que se le comenzaron a atribuir. Corresponde actualmente a la intersección de las calles Fortuoso (antiguamente Calle del Anima) y Las Quemas en el barrio Bellavista de la ciudad”.

“Yo estudié en el colegio de los curas de Angelmó, conocido por el nombre de ‘colegio de los ratones’, debido a que los escolares éramos todos muy niños”.

“Tuve una niñez demasiado regalada, ya que mi vida era sólo jugar. Era tanto mi ‘regaloneo’ que con 17 años de edad, aún me tenían que llevar el desayuno a la cama”.

“Esta misma razón hizo que mi padre tratara de evitar que yo hiciera el servicio militar y, ya jubilado, fue al regimiento para realizar los trámites a fin de que saliera eximido de esta obligación”.

“Pero, deseoso de aventuras, me embarqué en la motonave Navarino, entreverado con unos jóvenes que habían sido llamados para su conscripción en el Regimiento Pudeto de Punta Arenas”.

“Yo tenía una tía en esta ciudad, Yolanda Ascencio y luego de estar un tiempo en la unidad militar, me dieron de baja por la muerte de mi padre a fin de que fuera a sus funerales en Puerto Montt y realizara los trámites de montepío para su viuda”.

“Luego de esto, regresé a Magallanes y un compañero me tentó y me fui a trabajar al otro lado de la frontera, época especial en que se recibía muy buena paga, cuando el peso argentino realmente valía”.

“Trabajé en la estancia Indiana, de Río Grande, por temporadas. En la época invernal me venía a Punta Arenas”.

“En Río Grande me cambié de trabajo para desempeñarme en un aserradero donde me ofrecieron mejor paga que en la estancia.

Creo que en Argentina comencé a saber lo que era realmente trabajar. En el campo ganadero me pusieron inicialmente a atender una quinta y el capataz me dice: -ché pibe, arrancále el pasto a las zanahorias”.

“Yo, para ser sincero, conocía las zanahorias cuando las compraba mi madre, pero nunca las había visto en un huerto. Por ello, comencé a remover todo el pasto y cuando vino mi jefe y comprueba lo que había hecho, exclama: -Ché Ascencio ¿Qué estás haciendo? Sacaste el pasto con zanahorias y todo”.

“Ese fue mi bautizo de fuego. Yo nunca había trabajado, ni nadie nunca me había enseñado a hacer nada. No sabía pelar una papa ni freír un huevo”.

“Al cabo de siete años me vine definitivamente a Chile”.

“Entretanto, conozco a Enedina Maldonado Villarroel, con la cual contraigo matrimonio y llevamos 55 años casados. Tuvimos tres hijos, uno falleció y nos quedan Nancy del Carmen y María Angélica, ambas casadas las cuales nos han dado nietos y bisnietos”.

“Como aún no teníamos casa, vivimos de allegados donde una cuñada. Posteriormente adquirimos un sitio por intermedio del Serviu y con mis propias manos construí nuestra vivienda”.

Sus actividades de dirigente

Las relaciones con sus cercanos del barrio, impulsaron a Manuel Ascencio a establecer contactos y se apoderó de él un afán de organizar a sus vecinos.

“En el año 1962, participé en la organización del Club Deportivo Estrella Roja. Bautizamos así a la entidad deportiva, en honor al Club Estrella Roja, de Yugoslavia, que había venido a participar en un cuadrangular realizado en Santiago de Chile.

Pero, con el pasar de los años, tuvimos un pequeño gran problema con este nombre. Cuando llegó la época del golpe militar, el asunto de la estrella roja era muy mal mirado y nos comenzaron a presionar para cambiarle el nombre al club. Nos doblaron la mano y tuvimos que rebautizarlo como Estrella Austral, pero, el escudo institucional conservó la estrella roja, asimismo las camisetas, porque no éramos una entidad solvente que pudiera adquirir nuevos equipos para sus jugadores”.

“Se participaba en los eventos como integrantes de las ligas de barrio, como todos los clubes del sector 18 de Septiembre. Recuerdo a los clubes Pedro Aguirre Cerda, 18 de Septiembre, Camilo Henríquez, Andino, San Felipe e Independencia”.

“Existía rivalidad entre los equipos, especialmente en las barras y en muchas ocasiones los encuentros se transformaron en peleas de box, donde hasta los árbitros recibían lo suyo”.

“Existían también los ‘parches’ o ‘galletas’, en que los equipos se reforzaban con excelentes jugadores de otros sectores de la ciudad.

A mí me gustaba de cabro chico andar metido en cualquier cosa, pero siempre con el respeto enseñado por mis padres y el afán de servir al necesitado”.

“Ello lo apliqué cuando, siendo aún directivo principal del Club Deportivo Estrella Austral, ingresé a la junta vecinal Nº19, sector 1, y postulando al cargo de presidente salí elegido por mayoría de votos”.

Su interés por emprender acciones en beneficio de los pobladores, lo llevaron de inmediato a realizar interesantes proyectos comunitarios.

“Presenté un proyecto para destinar 300 sitios a familias sin casa, en los terrenos donde hoy se encuentra el Centro Penitenciario. A la vez se estimaba la construcción de un estanque para dotar de agua potable al sector, donde el líquido no llegaba con la suficiente presión. Es lamentable que ello no haya resultado”.

“Comencé a trabajar en agrupaciones que tenían necesidad de casa, presentando la documentación respectiva en el Serviu a fin de solucionarle el problema de no tener donde vivir”.

“Al mismo tiempo, comprendí la necesidad de corregir la situación que se presentaba con la pasarela en muy mal estado, que existía en la prolongación de la calle Eusebio Lillo, y que constituía un verdadero peligro para los transeúntes”. Finalmente, se logró la construcción de una calle pavimentada que pasa sobre el antiguo cauce del río de la Mano y une el sector Pablo Neruda con la población Domingo Espiñeira, favoreciendo a las poblaciones aledañas Cerro Primavera, Nelda Panicucci, Lomas del Canelo y 18 de Septiembre”.

“Una linda pelea dimos cuando se quiso cambiar el nombre a la calle Junta de Gobierno, porque el nombre lo asimilaban, erróneamente, con la Junta Militar de 1973, en circunstancias que se bautizó así a dicha arteria por la Primera Junta Nacional de Gobierno. Los de la idea querían cambiar el nombre por Padre Alberto Hurtado o Marcelino Aguila, el primer nombre por el sacerdote chileno y el segundo por el niño extraviado y hallado muerto en el Andino a comienzo de los años 90. Finalmente se conservó el nombre original”.

Manuel Ascencio siempre estuvo al servicio de sus semejantes. En el mes de octubre de 1994, se produjo un incendio en un inmueble ubicado en calle Maipú. Acertaba que iba por ese sector como pasajero de un colectivo y no trepidó en bajarse del vehículo para salvar de las llamas que consumían la vivienda, al matrimonio compuesto por Carlos Navarro, inválido y a su esposa Olga Pérez.

Con ocasión de conmemorarse el sexagésimo segundo aniversario de la fundación de la población 18 de Septiembre un total de 16 de los pobladores más antiguos del hoy barrio fueron galardonados por su aporte a ese importante núcleo urbano, premio acordado por el Consejo Municipal y el Comité pro adelanto del sector. Uno de los vecinos distinguidos fue Manuel Ascencio Vidal.

“Hoy, a mis ochenta años, vivo tranquilo en mi hogar con mi familia, pero siempre participando en las actividades vecinales, ya no como dirigente, pero siempre dispuesto a colaborar con las necesidades poblacionales”.