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Diana Alvarez Maynard, kinesióloga: “El trabajo es mi mejor remedio”

Por La Prensa Austral domingo 16 de agosto del 2015
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Fue la Teletón, el programa maratónico de televisión concebido por Mario Kreutzberger, que motivó a Diana Alvarez a estudiar la carrera de Kinesiología para dedicarse a la rehabilitación infantil. Descubrió su vocación cuando estaba terminando la escuela media, y pudo comenzar su sueño partiendo hacia Temuco, para obtener su título de grado en la Universidad de la Frontera.

Agradecida de la vida, cuenta con mucha emoción, algunas anécdotas y recuerdos de su regreso a Punta Arenas, y la oportunidad de trabajo que se convirtió en un motor para su vida, cuando en 1987 la convocaron para trabajar en el incipiente Centro de Rehabilitación Club de Leones Cruz del Sur, hoy convertido en uno de los más importantes de Latinoamérica.

Vivió todas las etapas de este espacio destinado a la salud de miles de niños y jóvenes que llegan con distintas patologías, y que profesionales como Diana, los acompañan durante gran parte de la vida, dependiendo el diagnóstico y los tipos de tratamientos. “Carla Gallardo, es alguien que siempre tengo en mi mente, porque tenía tan sólo 2 meses cuando llegó con una lesión en la columna, con exposición de la médula, y evolucionó muy bien, ahora tiene unos veinticinco años y ya no necesita asistencia permanente. Está a punto de casarse, trabaja cuidando niños, logró hacer su vida y da satisfacción verla crecer, ya que uno tuvo alguna incidencia en su vida”, comenta. En sus años de profesión recuerda distintas ocasiones en que varios niños a quien ella atendió la han invitado a sus licenciaturas, o hasta el acto de graduación en la universidad. En ese punto reflexiona sobre la importancia de sentir pasión por el trabajo que uno hace, ya que de esa manera se realiza con convicción, responsabilidad y amor.

“En un carnaval de invierno construimos entre todos (personal y pacientes) un carro alegórico y nos disfrazamos de leones, también armamos una murga y bailamos todos juntos, esa vez ganamos el primer lugar”, recuerda. Esas experiencias refuerzan el vínculo con los niños y los apoderados, logrando un equipo sólido que facilita la continuidad en los tratamientos. Además permite ponerle matices de color, al esfuerzo y el sacrificio que también requiere el trabajo, o a momentos más duros cuando se enfrentan a pacientes irreversibles.

Un giro profesional

En el año 2004 cuando estaba a cargo de la dirección del Centro de Rehabilitación con sede en Puerto Natales, le diagnosticaron fibromialgia, una enfermedad que provoca intensos dolores musculares en todo el cuerpo y fatiga. Como consecuencia, vino aparejada una depresión ya que le angustiaba la sensación de impotencia al no poder continuar con los ejercicios físicos que demandaba su trabajo. Así es que fue derivada casi exclusivamente a las actividades que realizaban con los pacientes en la piscina terapéutica, debido a que al estar en contacto con el agua, el dolor disminuía. Continuó durante ocho años, hasta que los síntomas empeoraron y la dirección del Centro de Rehabilitación le ofreció un cargo administrativo, que ella aceptó como un nuevo desafío en su vida. “Desde hace tres años que estoy en el área de coordinación de usuarios, tengo cuatro personas a cargo y hemos obtenido muy buenos resultados, ya que aquí se ponen en juego no solo temas administrativos, sino derivaciones, y cuestiones técnicas que de alguna manera reúnen toda la experiencia anterior”, explica Diana, mientras golpean la puerta de su oficina para realizar distintas consultas de admisión.

“Yo estudié para esto y tuve la suerte de dedicarme a esto, realmente me he sentido realizada en mi vida profesional. Tener la posibilidad de ver a lo largo de todos estos años como hemos ido mejorando tanto en infraestructura como desde el punto de vista técnico es muy emocionante”, dice la kinesióloga y remarca que el Centro de Rehabilitación ha ido creciendo siempre en una curva ascendente, gracias también al compromiso de la gente, el aporte de la sociedad y los vínculos permanentes con profesionales de otros países.

“Cuando veía la Teletón me la pasaba llorando, por un lado sabía que quería trabajar en esto, porque necesitaba intervenir para ayudar a los niños, pero por otro creía que no iba a tener el coraje para afrontar patologías duras, difíciles”, pero con el tiempo y la experiencia fue logrando un equilibrio entre esa sensibilidad que le permitió sentir empatía con sus pacientes, escucharlos, y hasta darles un consejo a los apoderados que a veces atraviesan muchas situaciones angustiantes. Comprender que se trata de pequeños con capacidades diferentes y que los profesionales de la salud tienen en sus manos la posibilidad de ayudar a que tengan una vida más independiente.

“No ha sido nada fácil, sin embargo hay mucho por agradecer, en primer lugar mis tres hijos maravillosos, por los que viviría cada obstáculo mil veces con tal de tenerlos, igual agradezco mis nietos que son un sueño, mis padres que están sanos y vigentes , agradecer todos los minutos de mi vida por estar siempre en la buenas y en las malas a mi lado y apoyándome, los amo y no siempre se los digo, agradezco igual a mis jefes que han confiado en mí, me han apoyado en mi enfermedad acomodándome en distintos cargos y planteándome desafíos y responsabilidades, las cuales han hecho que crezca como profesional y persona. En fin soy una agradecida de la vida”, esboza Diana, esta vez con los ojos húmedos, con una mezcla de emociones, por todo el cariño que ha recibido, y también por esa lucha interna con su propia enfermedad, que le enseñó desde su propia perspectiva, como afrontar el dolor, y cuál es el camino para encontrar las fuerzas, y seguir adelante.

 

 

El resurgimiento de una antigua historia de amor

 

 

 

 

Había algo en la mirada de Diana Alvarez diferente a la primera vez que se encontró con la reportera que escribe, una chispa que se encendió en sus ojos claros, pequeños pero muy expresivos. La sonrisa al final de la charla explotó en una carcajada de alegría, al contar que gracias a las redes sociales se encontró con su primer amor, una historia que había comenzado a los 16 años de edad, y que por distintas razones de la vida, cada uno continuó su camino en distintas ciudades.

Hoy luego de haber atravesado en lo personal una vida de maltrato psicológico junto a ex pareja, padre de sus tres hijos, (detalles en los que prefiere no entrar) Diana logró dar vuelta la página para empezar de nuevo. Se siente con la premura de una adolescente al esperar un llamado, la respuesta de un email, o los encuentros cada vez que uno u otro pueden viajar para comenzar a planificar una vida juntos. Sus hijos Carlos (30), Constanza (27) y Javiera (17), y sus nietitos Martín y Eloisa de 6 años y nueve meses respectivamente son su mayor felicidad, y ellos a su vez están contentos de verla a ella acompañada sintiendo que la vida está para vivirla, teniendo un rol activo con grandes aportes a la comunidad, e intentando ser feliz.